«Ser adolescente en tiempos de Coronavirus» (Beatriz Janin)

La adolescencia se caracteriza por ser un momento de separación de los padres y armado de una historia propia.

Los vínculos con los pares y con otros externos al núcleo familiar son imprescindibles para poder transitar ese pasaje sin grandes dificultades.

Los sufrimientos compartidos, las identificaciones, los ideales, todo se va tramando en esos vínculos, claves para el despegue.

En este momento, en el que la idea es que nadie se mueva de su casa, que permanezcamos aislados, tenemos que pensar qué implica esto para los adolescentes, cómo tolerar la ausencia de “la calle”, de la vida social, de los lugares que frecuentan, de los espacios que se inventan como diferentes a los de sus padres.

Convivir permanentemente con los progenitores, sin poder estar con otros que impliquen la opción de tramitar las situaciones que se generan, no estar con los grupos de amigos centrado en los avatares de las amistades, los amores, la escuela, las peleas con los adultos y sus propias inquietudes y deseos, puede resultar insoportable y transformar la convivencia cotidiana en un infierno.

A la vez, los padres de los adolescentes se desesperan porque no soportan que estén todo el día en pijama, que se conecten con otros por las redes y miren series como única actividad, que no les hablen aunque estén todos en la misma casa.

Es frecuente que cuando los adolescentes toman conciencia de lo que ocurre, entren en pánico. El cuerpo es siempre en la adolescencia una especie de extraño y suelen fluctuar entre la omnipotencia absoluta, con la desmentida de la situación y la sensación de fragilidad y de muerte inminente.

¿Cómo acompañarlos? ¿Cómo comprender que es fundamental que sostengan las redes con amigues (de manera virtual), que muestran la angustia del modo en que pueden y que ellos también están saturados de información que les cuesta procesar? ¿Cómo dar lugar a los temores por su vida y por la de la gente que los rodea?

Quizás haya que tener en cuenta de que cuando toman conciencia de esto se desesperan y es posible que se enojen. Quizás sea un momento para abrir canales de escucha más que para exigir cumplimiento de tareas… Y de darse cuenta de la fragilidad que sienten niños y adolescentes en medio de la tormenta.