Desayunos apapachantes. Un dispositivo abierto al descubrimiento
Etimológicamente Apapacho deriva del término Nahuatl Papatzoe que significa apretar la fruta con la mano. En México, Apapachar significa abrazar o acariciar con el alma.
Introducción
En el siguiente trabajo nos proponemos ofrecer una perspectiva, que venimos construyendo a lo largo de varios años, sobre el encuentro con niñas, niños y adolescentes (NNA) en contextos institucionales. Esta construcción, no es una elaboración individual. Además de ser compartida por ambxs, podríamos decir que es un enfoque al que adhieren muchxs compañerxs con lxs que convivimos en diversas instituciones, en algunos ámbitos formales o académicos, e incluso en espacios informales de diálogo, de pensamiento y de intercambio de saberes.
Podríamos decir sin equivocarnos además, que esta forma de pensar la tarea y las instituciones se ve plasmada en el trabajo cotidiano en una institución en particular; en el programa Casa de los niños, las niñas y lxs adolescentes (CNNyA) como espacio fundante y carretera principal de territorios que abrieron a otros caminos que fuimos recorriendo. El programa pertenece al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que desde el año 1990 lleva adelante su propuesta de abordaje con infancias y adolescencias en 4 barrios de la ciudad: Barracas, La Boca, Bajo Flores y Villa Lugano.
Se trata de un enfoque que se sustenta en algunos pilares que desarrollaremos a continuación. Podríamos definirlo con más precisión como una ética, una ética del encuentro con NNA de la cual nos ocuparemos de describir algunos de los puntos de apoyo donde se asienta. Desarrollaremos una idea, harto estudiada por algunos autores a los que evocaremos, respecto a la presencia de lxs adultxs en la vida de lxs NNA. Intentaremos profundizar con pasajes de nuestra práctica, para que emerjan así floridos atributos que la nutran.
Para completar este recorte, seguramente arbitrario, seguramente discrecional, y definitivamente orientado por nuestros deseos, nos veremos obligadxs a interpelar las asimetrías que se develan en el encuentro con el otro. Tramas de poder donde se ponen en evidencia (o todo lo contrario) las desigualdades y los privilegios. Destacaremos el valor de la participación en la construcción de la cotidianeidad, pero sobre todo, poniendo énfasis en su materialidad, en sus posibilidades concretas, sus obstáculos y sus instrumentos.
Cabe aclarar que lo que ofreceremos a continuación no es más que un punto de vista, nuestro punto de vista, amparado por algunos conceptos que nos guían y en función de nuestro recorrido y lo recogido a lo largo de los años de trabajo.
Del enigma de la demanda al dispositivo que aloja
En la introducción hicimos referencia al encuentro con NNA como una ética en tanto que se trata de un lugar desde el cual lxs observamos, a sus familias, a las comunidades en las que trabajamos y que se traduce en actitudes, temperamentos, formas de pensar la práctica y por supuesto en acciones concretas en lo cotidiano. Nuestras respuestas provienen de este posicionamiento y desde ya que las preguntas a las que arribamos, algunas de las cuales quedan plasmadas en este artículo, también. Comencemos por una pregunta para desarrollar algunas de las aristas de esta perspectiva. Un interrogante general pero que nos abre una puerta por la que queremos entrar e invitarles a que nos acompañen. La pregunta es simple (y no tanto) ¿qué lugar tenemos lxs adultxs en la vida de lxs NNA? a la que enseguida añadimos otra, ¿cómo nos posicionamos desde nuestro rol profesional o como agentes del estado ante sus familias?
Intercambiando sobre esta cuestión se hace presente un recorte de la práctica. Esta experiencia que relataremos se llevó adelante en la sede Villa Lugano del programa antes mencionado. Durante 2025 en la CNNyA comenzaron a realizar encuentros abiertos con las madres de lxs NNA que participan o participaron de la institución y siguen en contacto. Se inició a partir de una propuesta del Equipo Interdisciplinario de abordaje a las violencias del Centro de Salud y Acción Comunitaria (CESAC) del barrio. Luego de una presentación, mencionaron la intención de hacer actividades para promocionar su servicio. El intercambio sobre los recorridos, la comunidad compartida y las actividades de cada espacio, fueron encaminando la conversación hacia un proyecto que estaba pendiente en la institución desde hacía bastante tiempo para realizar encuentros con madres de adolescentes. El equipo de la CNNyA evaluaba la necesidad de iniciar un espacio de experiencias que las madres venían compartiendo en instancias individuales con diferentes trabajadoras/es. Una mamá que pasaba por la institución cuando salía a pasear el perro se acercaba y transmitía al equipo las inquietudes por los cambios de “carácter” o de “conducta” de su hija en el pasaje de la primaria a la secundaria. Otra se acercaba y comentaba sus avatares en la “crianza” y su vinculación con la relación con su pareja; otra al pasar a buscar a su nieto contaba que estaba segura que este le mentía. Se multiplicaban los comentarios y preocupaciones como “no me hace caso”, “no quiere hacer la tarea”, “está todo el día tirado en el sillón”, “me contesta que lo deje en paz” que fueron oídos por lxs trabajadorxs de la institución pero que aún no encontraban la manera de canalizarlos en ninguna propuesta en concreto.
En perspectiva podríamos traducir este torrente de expresiones y pedidos que volcaban las referentes de lxs NNA en una demanda hacia lxs trabajadorxs que las escuchaban atentxs y en definitiva hacia la institución. De hecho, en general, los comentarios traían añadido una solicitud concreta de ayuda y sobre todo un pedido de que “hablen con los chicos”. Luego de comentar que “no les hacen caso”, por ejemplo, seguía la pregunta “podrían hablar con él… a ustedes quizás los escucha” o “ustedes saben qué decirle”.
Sin embargo, el equipo de la institución albergaba la sospecha de que no era por esa vía que debían responder a la demanda. Además, tampoco sabían qué decirle a lxs chicxs para cumplir con el pedido de sus referentes adultas. “¿Qué hacemos entonces?”. Recaen en esta pregunta recurrente que se ancla en la certeza de que debía alojarse esa demanda.
En este punto es interesante la emergencia del nuevo dispositivo que construyeron con las trabajadoras del CESAC. Allí donde se veían convocadxs a dar respuesta a la demanda de lxs madres y abuelas, pero sentían la incomodidad de hacerlo actuando como les pedían (hablando con lxs chicxs), habilitaron un espacio para alojar la demanda ofreciendo un tiempo para hablar y sobre todo, para escucharse.
Pero esta práctica no es novedosa para la CNNyA. La participación es un elemento fundamental del programa donde es con la palabra de lxs NNA que se construye la grupalidad, la convivencia y por supuesto los proyectos. Fue así que con la visita del equipo territorial del CESAC estos comentarios y preocupaciones que abrían el diálogo en la oficina, en la puerta de la institución o en la vereda, encontraron la oportunidad de ser alojadas y materializarse en una propuesta concreta. Se trataba de un proyecto de construcción colectiva entre ambas instituciones lo que para todas implicaba un valor agregado.
Así es que se habilitó una propuesta de trabajo quincenal a la que se le puso el nombre de “Desayunos apapachantes”. Se convocaba a un desayuno para conversar sobre temas vinculados a su función de cuidado (madres/abuelas/hermanas) y que generó amplia aceptación.
Las coordinadoras de CNNyA eran responsables de la convocatoria y las profesionales del CESAC planificaban y conducían las propuestas, roles (convocadoras) que se fundían en la dinámica con las convocadas al iniciar cada encuentro. Durante la actividad la psicóloga, la trabajadora social, la docente, la coordinadora, la mamá, la abuela y la hermana, todas participaban a la par poniendo sus experiencias, y preguntas a disposición del grupo.
Se planificaron propuestas vinculadas con mover el cuerpo, juegos, bailes, etc. También se propuso un espacio de conversación para volcar pensamientos, reflexiones, preguntas. Las actividades invitaban a pensar en ellas, a recorrer sus historias personales y sobre todo a participar. Hubo risas, explosiones de carcajadas, llantos desconsolados y aplausos.
Cuando las preocupaciones develaron necesidades u obstáculos concretos, ambos equipos estuvieron presentes para ayudar a destrabar, asesorar y acompañar. Una de las participantes, por ejemplo, compartió que no veía bien porque no tenía lentes (y nunca lo había mencionado antes). El intercambio y las intervenciones del resto la llevaron a darse cuenta de los perjuicios de no leer, de la pérdida de autonomía (desde que no tenía lentes le pedía a su hija que le lea). Pudo compartir que no los tenía porque le faltaba la plata para comprarlos y habilitó a que la asesoraran, le consiguieran turno con un oculista y que la acompañaran. Finalmente pudo tener sus anteojos.
Se valoraron sus gustos y habilidades. E mencionó su pasión por la jardinería. Contó sobre las plantas que tenía y cómo las cuidaba, e incluso compartió un video de su jardín al que el grupo atendió con gran interés. La felicitaron.
El dispositivo fue dando lugar a algo nuevo, una invención en palabras de Minniccelli (Minniccelli, 2017), ofreciendo un espacio lo suficientemente planificado para resultar contenedor y lo suficientemente abierto para hacer lugar a lo inesperado. Este dispositivo permite detenerse en el detalle, en aquellos puntos que pueden parecer mínimos pero que al iluminarlos develan una serie de representaciones para seguir pensando. Se erige, como menciona la autora, como una ceremonia mínima. Por un lado, esta ceremonia no deja de ser un dispositivo inserto en una institución del estado, o mejor dicho dos, coordinada por actores de diferentes profesiones con sus experiencias y bagajes disciplinares, pero por otro lado, un espacio que hace lugar a la participación, sin saber hacia dónde conducirá el devenir de la actividad, para estar atentos a los detalles, para poner puntos que resalten escenas y formulen preguntas.
En ese contexto F, que solía tomar la palabra varias veces durante los encuentros, contó preocupada que su hijo le contestó mal mientras discutían. M, que no intervenía tanto, escuchó el relato y no dudó en compartir su experiencia. “Yo tenía el mismo problema con mi hija mayor hasta que le pegué una cachetada en la boca y nunca más me habló mal”. Y agregó: “mis otros hijos vieron y nunca se repitió con ellos. Aprendieron”.
El comentario sobre la forma de resolver el “problema” que ambas compartían, “mi hija me habla mal”, no modificó el clima, nadie parecía afectada por la escena que incluía una cachetada a una adolescente, pero sí generó cierta incomodidad en las integrantes de los equipos. Sin embargo el relato, en primera instancia, no fue atravesado por ninguna expresión, ni valoración, ni crítica de ninguna de las participantes. La conversación que continuó buscó abrir preguntas de igual manera que el resto de las escenas compartidas.
Una vez concluido el encuentro, las trabajadoras de ambas instituciones tradujeron esa incomodidad en la pregunta, interna primero y compartida después, sobre cómo intervenir sin prejuzgar. ¿Qué hubiera sucedido si ante el relato, alguna hubiera tomado la palabra para pronunciar la fórmula “a los chicos no se les pega” o cualquier otra del menú de opciones del acervo moral? ¿A dónde iría a parar la dinámica lograda donde todas podían expresarse, convocadas y convocadoras? ¿Podría M volver a compartir un relato? ¿Y el resto, se sentiría libre de expresarse si recayera sobre el grupo la sospecha de la sanción?
Introducimos aquí un interrogante que aporta Llovet en su texto “Reflexiones sobre un malentendido: producción de necesidades infantiles en políticas de protección” al trabajar el concepto de necesidades infantiles y el rol de los agentes del estado en la construcción de las intervenciones. Ella se pregunta “¿cuánto es posible confiar en que las ‘prácticas de subjetivación’ se distancien de la moralización y
los modos de producción de sujetos cuestionados por su involucramiento con las formas invisibilizadas del control?”
Aunque estas preguntas conducían a reafirmar la decisión de no haber interceptado el relato con una sanción moralizante, persistía la duda sobre cómo abordar el tema sin dejar pasar la cuestión del golpe. Pero, cómo hacerlo, siguiendo a la autora, sin intervenir desde principios de clase y de género, ajenos a los de M, que terminen reproduciendo desigualdades en la práctica (Llovet, 2014).
¿Cómo no recaer en relaciones de poder que reproduzcan el control de las instituciones sobre la vida de las personas? Nuestra experiencia nos llevó a escuchar en innumerables oportunidades el temor que a veces las personas tienen a las instituciones. Este miedo está motivado por respuestas que “les dicen lo que tienen que hacer” o los “derivan al psicólogo sin mediar explicación” o incluso el temor aún mayor de que “le saquen a los hijos”.
El equipo volvía a la pregunta de si se trataba de una situación de violencia a la que había que atender con urgencia. Esto dio lugar a reflexionar sobre la forma de abordaje. No haber intervenido en el momento del relato no implicaba no intervenir. De hecho, desde la institución, se trabaja con un invariante que permite pensar las intervenciones de otra manera. Se trata de la certeza de que el equipo, lxs trabajadorxs, lxs profesionales están presentes en la vida de lxs niñxs y de sus familias. Particularmente la sede de Lugano cuenta con más de 20 años en el barrio, conocen y acompañan a las familias de las participantes del grupo desde hace un tiempo pero lo más importante es que la confianza en que la presencia va a seguir estando acota la necesidad de actuar en la urgencia dando respuestas apuradas.
Aludimos al concepto de presencia, que desplegó Gomes Da Costa en su “Pedagogía de la presencia» y que no pierde vigencia, que se materializa al ofrecerse al encuentro con el otro despojándose de preconceptos, enojos y valoraciones. Se trata de una presencia con un posicionamiento y un sentido particular (Gomes Da Costa, 1995). Lo ilustra muy bien el comentario de un compañero que hace un tiempo, frente a los enojos del equipo con una madre que mostraba signos de descuido hacia sus hijos, expresó “si pienso que la mamá es una hija de puta no puedo hacer mi trabajo”.
Desde ya que no es sencillo el trabajo de revisar las propias representaciones pero lo central de esta intervención es la presencia. Las coordinadoras no necesitaban pronunciarse en ese momento invocando la norma porque tenían la certeza de que su intervención no terminaba allí. No había comenzado allí ni se agotaba en ese instante. Confiaban en el valor de la presencia a través del tiempo en la intervención. La presencia, que cuando se sostiene en el tiempo es permanencia, permite pensar intervenciones que no desconozcan la complejidad de los conflictos. Cuando tomamos conocimiento de una situación, a saber, M le pegó a su hija, sabemos que esta escena tiene una historia, que su actitud es parte de una construcción propia, ella sabe cómo criar a sus hijos, y nuestra intervención no puede desconocer eso. En todo caso, con pequeñas acciones a lo largo del tiempo podemos ir
preguntando y ofreciendo información para que pueda interpelar al golpe dentro de su menú de opciones.
Los procesos complejos requieren de abordajes que estén a la altura, que se den una estrategia con acciones a lo largo del tiempo junto con una evaluación y reformulación permanente si fuera necesario.
Cierre
A partir del relato intentamos caracterizar una modalidad de trabajo y más que nada una ética en el encuentro con el otro. Describimos la creación de un dispositivo que guiado, por preguntas e incomodidades, orientó la demanda, construyendo “una” posible de abordar. Una estrategia que suscribe a la paciencia y confianza reafirmando el valor de la presencia.
Una forma de escucha que se detiene en los detalles valorando la apertura hacia lo inesperado. Aclarando que no se trata de ir a la pesquisa de las historias sino simplemente estar ahí para escuchar, para dejarse llevar por el suceder de las palabras, para ser cómplices del descubrimiento tal como lo expresa Germano Zullo en su libro álbum “Los pájaros”, el cual compartimos para concluir. (Zullo, 2013).
Algunos días son diferentes
Días que podrían ser parecidos a los demás
Y sin embargo poseen algo… que los otros no tienen
Apenas un pequeño detalle
Tan diminuto que podría pasar inadvertido
Porque los pequeños detalles no están hechos para ser advertidos
Están hechos para ser descubiertos
Y cuando dedicamos un tiempo a buscarlos… aparecen
Aquí… o allá
Casi imperceptibles
Pero tan presentes que se vuelven inmensos
Los pequeños detalles son auténticos tesoros
Tan solo uno basta para enriquecer el instante que pasa… y cambiar el mundo.
Referencias
Gomes Da Costa, A. C. Pedagogía de la presencia, Editorial Lozada. 1995
Llovet, V. Reflexiones sobre un malentendido: producción de necesidades infantiles en políticas de protección. en Revista Psicologia em Estudo. Universidade Estadual de Maringá. 2014
Minnicelli, M. Ceremonias mínimas: acción política instituyente de infancia. en Mantilla, L. Stolkiner, A y Minnicelli, M (Compiladoras) Biopolítica e infancia: niños, niñas e instituciones en el contexto latinoamericano. Universidad de Guadalajara. 2017
Zullo, G. Los pájaros. Libros del Zorro rojo. Buenos Aires. 2013
Docente y bibliotecaria
Diplomada en Infancias y juventudes. CEM/Paris 8
Coordinadora institucional de la sede de Villa Lugano en el Programa Casa de los Niños, Niñas y Adolescentes. GCBA.
Psicoanalista de niñas, niños y adolescentes
Maestrando en Derechos Humanos en la Universidad de Nacional de Lanús
Defensoría Nacional de Niñas, Niños y Adolescentes
Autor del libro ¿Dónde va la infancia cuando crece? (2024)











