CUSTODIOS DE LA MÚSICA. El lenguaje oculto y la formación para prevenir la iatrogenia interdisciplinar.
Introducción: De la obviedad a la especificidad clínica
Para comenzar, nos detendremos en lo obvio, aquello que damos por sentado y que, por su familiaridad, se vuelve invisible. El nombre mismo de nuestra disciplina musicoterapia, lleva implícito lo que a menudo se considera obvio. Es común que se la asuma como una simple “terapia con música” vista como un recurso de relajación o expresión. Esta es la primera obviedad que nos proponemos desarmar. Aunque la aplicación de la música para tratar el sufrimiento humano es antigua, la musicoterapia moderna integra saberes neurofisiológicos, psicológicos, psicoanalíticos, antropológicos y artísticos. Esta integración la convierte en una disciplina científica adscrita a un pensamiento complejo y que contiene diversas corrientes de prácticas y pensamientos. Es importante para la comprensión interdisciplinaria trascender la idea de «la música como recurso». Si bien existen múltiples enfoques, hemos construido una perspectiva centrada en la especificidad de la escucha clínica de niños y adolescentes. Por eso, afirmamos que la potencia de la musicoterapia reside en su clínica, que nos ofrece un saber profundo sobre los vínculos, la expresividad, la comunicación y la subjetividad. No trabajamos con la música como un producto cultural, sino con la musicalidad como matriz primordial de la experiencia humana. Por eso, definimos a la musicoterapia como una disciplina profesional que estudia la experiencia sonoro-musical humana en los procesos de salud. Afirmamos que la musicalidad es el andamiaje del vínculo, entendido este como el proceso fundacional donde lo musical (las cualidades sonoro corporales del discurso humano) crea el vínculo, y lo transforma en una interacción significativa, y la música (como forma y manifestación cultural) es el resultado de ese encuentro en el contexto clínico.
Hoy, en tiempos de aceleración digital, la clínica es un espacio de recupero, que organiza y contiene los modos expresivos para el abordaje. Sin embargo, este poder de organización y contención conlleva una responsabilidad ética que trasciende la simple buena voluntad o afición. Cuando la música se usa sin el entrenamiento específico en la escucha trabajada y sin la conciencia de la clínica y sus límites, el riesgo de generar un daño no intencional (iatrogenia) se vuelve real. Por ello, este artículo propone que los profesionales formados en musicoterapia devenimos custodios de la música, encargados de intervenir en el territorio de la salud y la salud mental, y de aportar conocimiento desde un marco ético en el ámbito institucional.
A continuación, buscaremos esclarecer esta posición de custodia profesional a través del análisis conceptual y la argumentación ética.
El rigor de la custodia y la prevención del daño: la dimensión ética del lenguaje subyacente en la musicalidad y la escucha.
El punto de partida del rigor profesional es la comprensión de la musicalidad no como un recurso arte terapéutico, sino como el lenguaje oculto y la matriz primordial de la experiencia humana.
La tríada conceptual: la musicalidad, lo musical y la música
En la clínica musicoterapéutica, la musicalidad, lo musical y la música no son equivalentes; su estricta distinción es el eje conceptual que fundamenta el paradigma de la custodia y explica el rigor de la intervención. No se trata de aplicar música, sino de operar sobre la matriz vincular.
Esta tríada establece una progresión necesaria en la clínica:
- Musicalidad (la matriz del vínculo): es el fundamento universal y subjetivo de la experiencia humana. Se refiere a la organización dinámica de la sonoridad (ritmo, tempo, intensidad, timbre, etc.) que precede a la cultura. Es la matriz que crea el vínculo y el mapa de la organización psíquica del paciente. Es el objeto de estudio de la musicoterapia.
- Lo Musical (El vehículo clínico): representa el uso intencional y dinámico de los elementos formales (patrones, motivos, secuencias) por parte del musicoterapeuta. Es el vehículo de la intervención: la herramienta que el custodio, a través de la escucha clínica específica, emplea para transformar la interacción, espejar el afecto o movilizar el proceso. Justifica la especificidad de nuestra formación.
- La Música (El resultado organizado): es la forma y estructura reconocible (la obra o producción sonora) que surge como resultado de la interacción clínica y de la organización subjetiva lograda. La música, en este sentido, es la conclusión de la simbolización, no el punto de partida que se impone.
La fuente principal del riesgo ético que el custodio debe prevenir (la iatrogenia) reside precisamente en la confusión entre la Música (el producto cultural con sus connotaciones externas) y la Musicalidad (la matriz subjetiva y vulnerable del paciente). Solo el especialista puede distinguir esta tríada para intervenir con precisión sobre Lo Musical.
Musicalidad Primordial: matriz constitutiva y funciones fundantes
El objetivo de este apartado es transmitir algunos conceptos clave desde una perspectiva clínica musicoterapéutica que contribuyen a pensar el desarrollo infantil y la subjetividad.
La Musicalidad Primordial (MP) se establece como la matriz constitutiva de la subjetividad y el fundamento del vínculo, trascendiendo (y determinando) el lenguaje verbal. Se funda en la intersonoridad (reciprocidad sincrónica de sonidos y movimientos) y se manifiesta en el “cómo se dice” (entonación, cadencia, intensidad, intervalos), teniendo primacía sobre el significado verbal (“lo que se dice”). Ésta MP determina el desarrollo, configurando la comunicación temprana y la musicalidad subjetivante. La MP no es reducible al lenguaje verbal, sino que opera como una dimensión constitutiva que organiza la experiencia humana a través de cinco funciones esenciales y fundantes:
- M-Subjetivante: Se establece a partir de la intersonoridad, que es la reciprocidad sonora esencial para la construcción de estructuras sonoras, pensamiento y cognición.
- M-Corporizante: organiza el tono, la postura y el movimiento, permitiendo que el organismo devenga cuerpo. Mediante el procesamiento de las sensaciones y percepciones sonoras, va construyendo la organización tónica y postural.
- M-Comunicante: establece la alternancia, la pausa y las protoconversaciones. Configura los ciclos de alternancia que, con el desarrollo, devienen en actuaciones por turno. Su primacía radica en el «cómo se dice» (entonación, cadencia, intensidad) sobre «lo que se dice».
- M-Lúdica: Estructura las primeras experiencias de juego social y sensoriomotor. Los patrones rítmicos y motivos sonoros organizan el movimiento, la exploración de objetos y aportan la vivencia temporal y cualitativa que da sentido a la narrativa lúdica. Es esta la dimensión en donde las variables emotivas dejan entrever sus recursos para la acción diagnóstico-vincular y las estrategias pertinentes en el abordaje.
- M-Narrativa: Convierte una producción verbal en discurso coherente y fluido. Proporciona la morfología sonora musical (patrones temporales, nexos y enlaces) que organiza y estructura el lenguaje verbal, siendo indispensable para la entrada al discurso.
Si la musicalidad primordial en sus cinco funciones es el fundamento de la expresividad del vínculo y la experiencia social, su aplicación clínica exige una aproximación que trascienda la escucha cotidiana. Aquí radica la especificidad de la musicoterapia y el fundamento de la Custodia de la Música: la escucha clínica específica. Esta escucha se diferencia radicalmente de la escucha aficionada, pues no busca el disfrute o la interpretación cultural, sino el sentido subjetivo y la organización comunicativa que subyace al fenómeno sonoro. El musicoterapeuta entrena la escucha reducida en una situación acusmática para poder diferenciar el sonido de su fuente o su contenido semántico. Esto permite al profesional enfocarse exclusivamente en las cualidades musicales —el ritmo, el tempo, la intensidad y el silencio— que materializan y formatean el encuentro. Esta aproximación facilita la lectura de un vínculo o un estado subjetivo. Esta pericia en el desciframiento del lenguaje sonoro es lo que convierte al profesional en un custodio. Solo a través de esta escucha entrenada se puede intervenir con la precisión necesaria para construir gestos intencionales y diálogos sonoros, y para evitar la iatrogenia no intencionada. El riesgo se materializa cuando un profesional sin esta formación interpreta, interviene o sobrepasa el lenguaje subyacente del paciente, desorganizando su matriz expresiva en lugar de contenerla, u obturando una ventana de oportunidad para el paciente y su salud.
El paradigma de la custodia: la iatrogenia como argumento ético
El tránsito de la obviedad a la especificidad clínica no es solo una cuestión metodológica, sino fundamentalmente un imperativo ético. Si el musicoterapeuta es el único profesional entrenado para decodificar el lenguaje inaudito de la musicalidad, esta habilidad genera una responsabilidad directa sobre el potencial de daño no intencional. La iatrogenia en el contexto sonoro-musical se manifiesta cuando la música es aplicada de manera genérica, a causa de la confusión entre los planos de la tríada conceptual (la musicalidad, lo musical, la música). Al carecer de la escucha clínica específica para discriminar estos niveles del lenguaje sonoro-musical, la falta de manejo de las variables sonoras estudiadas desde la musicoterapia (intensidad, tempo, densidad, silencio) puede llevar a desórdenes del aparato psíquico. Esto es especialmente crítico en poblaciones con estructuras frágiles (salud mental) como niños pequeños o pacientes con cuadros psicóticos o trastornos del neurodesarrollo. Específicamente, los errores del no especialista se traducen en un daño al vínculo y a la subjetividad porque se corre el riesgo de no brindar las alternativas pertinentes en la interacción vincular.
Ser custodio no significa arrogarse la propiedad de la música, sino asumir la responsabilidad indelegable de su aplicación clínica. Este rol exige a la musicoterapia hacer visible el riesgo. Argumentamos que, en contextos terapéuticos, la única vía para garantizar el principio de no maleficencia es a través de la formación que ofrece el saber profundo.
En el espacio interdisciplinar, esta custodia se convierte en un llamado a la consulta, la interconsulta y la derivación para asegurar el derecho de los pacientes.
Viñetas clínicas. La especificidad de la práctica que sustenta la teoría
Tratamiento ambulatorio individual en consultorio particular[1]
Los padres de una niña de seis años vienen a consulta porque ella nunca se dejó de orinar de noche. La familia está compuesta también por un hermano de tres años, muy deseado por los padres y por el cuál tuvieron que hacer tratamiento de fertilidad. Los padres se mostraron muy rígidos en algunas conductas con la niña. En la aproximación diagnóstica con la niña, surgieron conductas expresivas muy estructuradas con un modo de hablar marcadamente monótono, sin acompañamientos gestuales y con una ausencia de acompañamiento con la mirada. Con los instrumentos musicales, solo marcaba el pulso, no podía jugar con ritmos y no deseaba acompañar cantando. Al pedir dibujar, siempre dibujaba las mismas flores, todas iguales y del mismo tamaño. El abordaje estuvo centrado en un vínculo sonoro que buscó encontrar aquellas variables que pudieran ir modificando y desestructurando todas esas conductas expresivas. De tocar solo pulsos pasamos a ritmos simples. Con la voz surgieron pequeñas risas y con el tiempo algunos gritos divertidos. El movimiento comenzó a acompañar el juego. Se intensificó la mirada, se volvió más pícara entre ella y el terapeuta.
Los dibujos se fueron modificando. A partir del segundo mes de tratamiento, pudo comenzar a estirar los tiempos de estar seca en la noche, llegando hasta la hora de despertarse de la familia. Mejoró su autoestima y las actividades sociales, de las cuales rehusaba participar. Solo al final, hubo que estar atento ante las festividades del hermano, en donde podía volver a orinarse en la noche si no se la consideraba a ella también.
Abordaje grupal en salud pública servicio de salud mental adolescencia[2]
La improvisación (con fuentes sonoro musicales) tuvo una duración de 2 minutos y 49 segundos (audio clínico) y se divide claramente en dos momentos clave: la PARTE A -la búsqueda de sincronía- y la PARTE B -el encuentro rítmico y la identidad creadora-, separados por un breve y marcado silencio. PARTE A: una fuente sonora (Xilofón) asume un rol protagónico, marcando una célula sonora en secuencia aleatoria y con un tiempo cuasi irregular. Se evidencia una tensión grupal. Una segunda fuente intenta sincronizar el golpe, llegando por momentos a ejecutar un «silencio activo» al entrar en la síncopa con el xilofón. Las otras dos fuentes buscan establecer un pulso regular, pero la irregularidad rítmica del xilofón provoca la desorganización del pulso grupal. Al finalizar la Parte A, aproximadamente en el minuto, las cuatro fuentes se unen por primera vez en un pulso común. Se logra una sensación de cohesión; marchan juntos al compás de la dinámica. Luego de este “logro” se ve puntuado por un silencio breve pero significativo (minuto 1:53), que opera como una puntuación y permite al grupo reafirmarse en la célula rítmica conquistada.
PARTE B: la improvisación finaliza con el grupo creando juntos un ritmo nuevo. El grupo logra presentarse como una entidad rítmica que trasciende la suma de las partes individuales. El «ritmo nuevo» demuestra que el grupo logró presentarse no como cuatro instrumentos, sino como una entidad creativa. La intervención permitió transformar la tensión de la novedad (los residentes) en un logro creativo y vincular. Los pacientes verbalizan la experiencia diciendo: «Estamos tratando,» y, ante la repregunta, aclaran: «de coordinar, de escucharnos, tratarnos de encontrarnos.»
La viñeta nos propone escuchar la fenomenología sonora y la valoración del análisis del discurso musical en la dinámica grupal como parte de un tratamiento en salud mental con adolescentes, más allá de las palabras. El pulso común conquistado y el ritmo nuevo representan el proceso terapéutico. La coordinación y el encuentro que nombran los adolescentes se vivieron y se materializaron en el cuerpo sonoro del grupo. Desde la clínica con adolescentes en musicoterapia, dejamos al equipo interdisciplinario la siguiente reflexión; Si el encuentro terapéutico se da en el ‘tratar de encontrarnos’ y la musicoterapia lo pone en acto en el ‘tratarse tocando’, ¿cómo el lenguaje sonoro musical se constituye en el verdadero motor y organizador de la subjetividad adolescente en el ámbito de Hospital de Día o internación?
Inicio de tratamiento vincular con niño pequeño que presenta señales de riesgo autista[3]
(…) La madre y el padre de AN de dos años y medio, consultan por demanda espontánea buscando alguna “actividad musical” para AN que lleva seis meses de estimulación temprana por demora en el lenguaje verbal, hiperactividad e inquietud constante que provoca torpeza motriz, no responde al nombre, evita la mirada, golpea su cabeza sobre el suelo, paredes o ventanas de vidrio ante los límites o restricciones que le plantea un adulto (madre, padre, terapeuta, docente del jardín maternal)
Motivo de consulta: le atrae la música, se detiene a escuchar, es selectivo: hace saber cuándo quiere otra vez la misma música o cuando no le gusta y quiere que la saquen. “Con lo único que conecta es con la música”
ESCENA: AN corretea por el espacio del consultorio (unos 20m2) mientras su papá y su mamá están presentes, sentados en el suelo de goma eva. AN tiene un shaker (huevitos maraca) en cada mano mientras corretea en direcciones aleatorias por el espacio. Pongo un tubano (tambor alto) en el centro del espacio y me quedo arrodillada al lado de esa fuente. AN sigue correteando aleatoriamente. Comienzo a tocar con pulso regular, sin acentuaciones. Mantengo la regularidad, la velocidad de las impulsiones, retengo mi tentación de construir una célula rítmica. AN transforma gradualmente sus trayectorias en un correteo perimetral sostenido. Yo duplico la velocidad del pulso regular (o sea el doble de rápido que lo que venía haciendo). AN continúa sosteniendo su trayectoria circular pero se va acercando al centro del espacio donde yo estoy tocando el tubano, claramente dirige su mirada alternadamente a madre y padre mientras corre y yo toco. Reduplico nuevamente el pulso aumentando la velocidad. Comienzo a acentuar cada cuatro golpes, o sea que construyo una célula rítmica. Armo una forma. AN ríe mientras corre. Detengo antes de la siguiente acentuación y dejo mis dos manos quietas sobre el parche. AN se detiene, sigue riendo y me mira. Nos miramos. Retomo la célula rítmica pero en la velocidad inicial. AN retoma el correteo. Al pasar cerca de su mamá le deja los shakers que tenía en sus manos. Comienza la alternancia de movimiento y quietud (como el juego de las estatuas) sostenido en el mismo patrón rítmico a tres velocidades. AN muestra disfrute, me mira y grita cada vez que hago la pausa, yo también comienzo a acompañar mi pausa con un gesto sonoro vocal que tiene rasgos de la producción sonoro vocal de AN (una leve entonación ascendente) pero la alargo en el tiempo. Entonces la secuencia ya es más compleja: yo realizo un patrón rítmico en el cual cada cierta cantidad de células rítmicas (unidades de cuatro golpes con acentuación en el primero) duplico la velocidad y las repeticiones y vuelvo a reduplicar velocidad y repeticiones. Mientras se producen las pausas de manera irregular, lo que genera atención, expectativa y disfrute en el surgimiento de lo que ya podemos considerar un gesto sonoro corporal compartido, AN comienza a tomar algo de la extensión en la duración de mi sonoridad vocal mientras me mira tan alegre como su mamá y su papá en la escena. La mirada es cada vez más consistente y sostenida. Él es quien decide cuando se termina este “juego” lanzándose sobre su mamá, la abraza fuertemente mientras mira a su papá por arriba del hombro de la mamá. Luego se gira y se sienta en su regazo quedando frente a mí. Mirando hacia un mueble que está detrás de mí, sobre una pared donde está el equipo de sonido. El papá me dice: “quiere que pongas música”. Lo hago. Elijo algo de lo que me habían comentado que le gusta escuchar en la casa.
En sesiones subsiguientes AN se acerca espontáneamente al tubano durante una pausa y me da pie para un cambio de roles entre los que tocan y los que corren. Siempre el que toca determina cuando se hace la pausa que indica quietud y cuando se retoma la percusión que indica movimiento. Se inauguran nuevas experiencias lúdicas que involucran imitaciones sonoro corporales, cada vez más duraderas y con menos andamiaje. Estamos en proceso…
Esta viñeta muestra cómo los componentes de la musicalidad a partir de la escucha trabajada proveen una experiencia corporizante. La intervención se co-construye en un discurso sonoro musical que deja huella, porque la organización de los objetos sonoros (no confundir con fuentes) y la integración de las unidades sonantes, cobran sentido en la escena vincular. No es el saber musical convencional o académico, sino una escucha musicoterapéutica artesanal en una clínica del detalle.
Para que la mirada acontezca, se requirió una vivencia constructiva de experiencia intersonora.
Conclusiones. Un llamado a la formación y la sinergia
A lo largo de este artículo, hemos transitado desde la obviedad de la música como recurso hasta la especificidad clínica de la musicalidad como matriz primordial. Hemos argumentado que la potencia de este lenguaje subyacente, oculto e inaudito, exige un rigor que sólo la formación especializada puede ofrecer, y que la única vía ética para su aplicación en contextos de salud es a través del paradigma de la custodia. La figura del musicoterapeuta se establece así no como el «dueño» de la música, sino como su custodio profesional, cuya principal función es garantizar el principio de no maleficencia a través de la escucha clínica específica. Esta pericia es la primera barrera contra la iatrogenia no intencionada que surge al utilizar la música como mero recurso, tan fundante sin comprender su impacto profundo.
Finalmente, en el espacio interdisciplinar, esta custodia se convierte en un llamado a la consulta y la derivación para asegurar que los niños y adolescentes puedan experimentarse a sí mismos como seres expresivos a través de la escucha que aloja la matriz sonoro musical del vínculo. Al reconocer y respetar la especificidad de la formación, la comunidad de la salud puede construir una sinergia donde la música, gestionada por sus custodios, contribuya a la organización, la contención y el desarrollo de la subjetividad. Este rol no solo garantiza el derecho de los pacientes a ser escuchados, sino que también revela y suple la ausencia de este saber profundo en la dinámica interdisciplinar.
Bibliografía
GAUNA, G., GIACOBONE, A., LICASTRO, L., (2015) Musicoterapia en la Infancia, Tomo 1. Ed. Diseño, Buenos Aires, Argentina.
GAUNA, G., (2022) Las estéticas del vínculo y su impronta: musicoterapia y función simbólica en educación, Ed. Tinta Libre, Córdoba, Argentina.
GAUNA, G (2013) Escuchar a los niños en tiempos de la hiperactividad. La salud de los vínculos en la infancia, Ed. Diseño, Buenos Aires, Argentina.
GIACOBONE, A (2024) Historia abreviada de la musicalidad primordial, La Usina del Fórum, Edición N° 5, Asociación Civil Fórum Infancias. CABA. Argentina.
GIACOBONE, A (2024) Musicalidad Corporizante. Notas de musicoterapia clínica en autismos, Segunda Jornada CIPPA Latinoamérica (Coordinación Internacional de Psicoterapeutas Psicoanalíticos y Miembros Asociados que trabajan con Personas con Autismo), Montevideo, Uruguay
LICASTRO, L. (2010), El tono mathernes y la intervención clínica musicoterapéutica, Conferencia Central, Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, Buenos Aires, Argentina.
LICASTRO, L. (2025), Tocando el Vínculo. La Articulación del Ritmo, Espacio y Tiempo en la Clínica. La Clínica de Adolescentes y el abordaje de Musicoterapia en Hospital de Día, Ateneo Unidad de Salud Mental del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, Buenos Aires, Argentina.
MOLINO, J. (2019) El Mono Músico. Ed. Último Recurso, Rosario, Argentina.
SCHAEFFER, P, (1988) Tratado de los objetos musicales, Alianza Música, Alianza Editorial, Madrid, España.
[1] Notas clínicas de Gustavo Gauna en consultorio particular (Enero 2026)
[2] Extraído del Ateneo Clínico Unidad de Salud Mental del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez (HNRG) Luciana Licastro, Musicoterapeuta de Planta (Diciembre 2025).
[3] Extracto de ponencia de Alejandra Giacobone en la Segunda Jornada CIPPA Latinoamérica, Noviembre 2024, Montevideo Uruguay.
Musicoterapeuta Facultad de Medicina USAL Argentina.
Especialista Universitaria en Estimulación Temprana UTN.
Supervisora Clínica en Salud Pública.
Docente Universitaria UNSAM.
Disertante y autora en temas de infancias y derechos.
Co autora TOMO 1 Musicoterapia en la Infancia.
Lic en Musicoterapia.
Musicoterapeuta clínico en la infancia.
Autor de libros en musicoterapia en la infancia.
Docente universitario y expositor en congresos.
Experiencia en el desarrollo de diagnósticos vinculares en educación.
Co autor del TOMO 1 Musicoterapia en la Infancia.
Lic. en Musicoterapia.
Musicoterapeuta clínica de planta Hospital de Niños Gutiérrez (CABA, Argentina).
Especializada en Clínica Infantojuvenil.
Abordajes grupales y familiares en salud mental.
Certificada en PRUNAPE, BAYLEYS III, ADOS 2 Y ADI-R.
Coautora del TOMO 1 Musicoterapia en la Infancia.












