El devenir de la inclusión: prácticas posibles y posibilitadoras.

fachada de un edificio escolar

“La construcción de subjetividades no se puede hacer sino sobre la base de proyectos futuros. Y los proyectos futuros no se establecen sobre la realidad existente, sino sobre la realidad que hay que crear”.

La escuela hoy, se pregunta qué espacio tomar, cuál es y cuál será su lugar, pregunta que venía configurándose hace largo tiempo y que tomó mucha más relevancia a partir de la pandemia. ¿Cuál es el sentido de lo escolar? Algunos hablan del sentido perdido, de la innovación posible, del cambio como condición necesaria.

Lo cierto es que hoy la escuela nos empuja a pensarla, a abrir preguntas sobre lo que nos preocupa: los caídos del mapa; el aumento exponencial de la patologización y medicalización de la infancia; los destinos pre determinados en ocasiones casi antes de nacer; la escuela que no cambia.

La primera condición de posibilidad para poder desplegar estas preguntas y ensayar algunas respuestas, es el encuentro y la conversación. Es desde allí que se puede empezar a revisar o, mejor dicho, revisitar nuestras prácticas y nuestras conceptualizaciones. Revisitar implica volver a transitar algunos lugares muchas veces caminados, y animarnos a detenernos; a mirar lo que hacemos y también lo que no hacemos, y preguntarnos por qué no hacemos, lo que en ocasiones hubiéramos querido hacer. 

Entonces, será necesario, en esa tarea de revisitar, reconocer cómo la escuela va sosteniendo su quehacer, su modo de ir acompañando, de ir pensando a sus estudiantes, cómo va configurando un territorio escolar propio, definido, irrepetible, no transferible.

Este territorio escolar lo entendemos como un lugar vivo y móvil, es la configuración activa que se crea en él mismo. Se trata de espacios vívidos, construidos constantemente por los que lo habitan. Un espacio donde se constituyen vincularidades. 

Revisitar la escuela y nuestras prácticas es también preguntarnos por esos territorios y preguntarnos, sobre todo, por los modos de habitarlos. 

Collage de alumnos de escuela primaria en clases.

En ese contexto de encuentro y conversación, de reconocimiento de ese particular habitar, podemos preguntarnos: ¿qué escuelas, qué acompañamientos, qué espacios de pertenencia les estamos dando a nuestros niños, niñas y a nuestros jóvenes? qué esperamos y qué estamos dispuestos a donar, a cambiar, a repensar, a abandonar, reconsiderando nuestras prácticas, ¿qué prácticas son un lastre y cuáles valen la pena sostener? Trabajando desde algunas ideas como la tensión entre lo viejo y lo nuevo. Lo que se sostiene, porque así se hace acá siempre y lo que estamos dispuestos a abandonar, porque son meras repeticiones que no funcionan.

Entendiendo la complejidad con la que nos encontramos a diario en esas decisiones. Partiendo del concepto de E. Morin, donde lo complejo no acepta respuestas ni conclusiones que intentan ser abarcativas, dando explicaciones simples a configuraciones complejas, por ejemplo, con   diagnósticos apresurados, concluyentes o etiquetantes, que dejan al estudiante sin salida, o a la problemática sin posibilidad de ser reflexionada.

La complejidad ligada a devenires mas profundos, como los chicos /as aún por fuera de la escuela. La dolorosa y no cumplida promesa de la inclusión, donde sí hay lugar para todos y todas. 

Hablar de inclusión es hablar de exclusión, si no, no tendríamos que hablar de esto. Solo hablaríamos de escuelas alojadoras, de prácticas posibles y posibilitadoras de aprendizajes, o de una pedagogía de la ternura que no acepta restos, o caídos del mapa.

Pero por algo estamos hablando de inclusión, porque aún necesitamos acordar algunas cosas.

Es preciso entender la educación inclusiva propiciando la posibilidad de conceptualizar nuevamente las prácticas, los saberes, las intervenciones dentro del marco de la complejidad que plantean las instituciones en esta época. Un saber que se permita producir desarreglos, ajustes, modificaciones; es decir, que pueda cambiar los paradigmas existentes cuando intentamos enunciar qué se entiende cuando hablamos de educación. Una invitación a la alteración de las prácticas, para que las cosas sucedan de otra manera. Para que se puedan implementar dispositivos de cambio que favorezcan la reconfiguración de los espacios, los actores y las intervenciones. A medida que se van produciendo estos cambios, las relaciones en juego también se van modificando. Cuando nos hacemos la pregunta sobre la naturaleza de la educación inclusiva, tendríamos que pensar desde qué lugar y cómo estamos percibiendo las situaciones que suceden en las organizaciones, cómo nos vinculamos con lo que allí acontece.

Tendríamos que hablar de tramas, de entramados, de los ENTRE.
Reafirmo: Si necesitamos hablar de inclusión, será que estamos hablando de exclusión.
Si pusiéramos la mirada en las multiplicidades, podríamos salir del ajuste del que no llega, o la búsqueda permanente de la compensación. 
De la igualdad equiparada, a la idea profunda de recuperar la singularidad que será recuperar el SER. 

Tal vez el cambio se promueva saliendo de centrarnos en el problema, de ese niño/a, o en ese déficit, para adentrarnos en la dimensión institucional de la intervención. Tomando la inclusión no como mandato, si no como filosofía de vida. Del ser y del estar con otros. Desviarse de las metas a ultranza para trabajar más los trayectos, saliendo de lo normal, lo que encuadra la norma, lo que da respuesta a un estado natural de cierto orden. Y animarnos a navegar por las potencias del ser, como obreros de la subjetivación.

Dando tiempo, procurando que la escuela sea un espacio de desaceleración; un espacio subjetivante; una segunda oportunidad para algunos, o en ocasiones la primera o única para otros.

Tal vez sea ya tiempo de transformar nuestras prácticas en praxis novedosas, arriesgadas, en ocasiones únicas e irrepetibles. A medida de cada situación o de cada niño/a.

Animarnos, tal vez, no a las revoluciones y sí a las revueltas cotidianas, como nos decía M. Foucault.

Collage de alumnos de escuela primaria en clases.

Cuando sostenemos aprendizajes mono crónicos, que suponen una secuencia única de aprender, esperando que todos aprendan lo mismo, con un ritmo en común, omitimos el tiempo de la vivencia, de la experiencia, el tiempo de cada quien, propio, subjetivo. Quedamos prisioneros de un tiempo. A pesar de haber crecido escuchando a María Elena Walsh que nos hablaba: “quiero un tiempo no apurado, tiempo de jugar que es el mejor”.

Retomemos, propongamos una escuela como espacio para habitar, como espacio para todos y todas, como espacio de producción subjetiva, dentro de una trama que me alberga como sujeto social, sujeto de derechos, Una escuela que no se propone la diversidad igualada, ni se angustia o desespera por las diferencias. Una escuela que convive con las escenas incómodas que allí se producen.

Cuando habitamos la complejidad, abandonamos la idea de que hay recetas fijas para trabajar en las diferencias y reafirmamos la idea de que habitar un espacio es convivirlo, construirlo, entenderlo, comprenderlo, desaprender y aprehenderlo. Detenerse para seguir encontrando un camino dentro de los posibles trayectos que se habilitan. Y así permitir perderse en los derroteros propios. Produciendo allí, a decir de Spinoza, lo que puede un cuerpo. Estar conectados con la situación, produciendo modos de presencia, formas de entendimiento, posiciones en el aprender.

Tal vez este buen habitar lleve al estudiante a una sensación de posibilidad. En un continúo habitando, en la diversidad de formas no cerradas, no anticipadas, no para siempre. Comprendiendo la existencia de cada niño/a, en sus formas de ser, como parte de ese ir siendo en esta institución escolar. Con la profunda intención activa, responsable de los que acompañan las trayectorias de los estudiantes, trabajando siempre para no perderlos en el camino.

Entendiendo que todos y todas somos parte, no estamos aparte de la trayectoria de cada estudiante, somos co- responsables de esta construcción. 

Somos, al mismo tiempo, sujetos de época, de historia, estamos subjetivadas /os por los atravesamientos de un tiempo que nos afecta, somos en ese tiempo, dentro de un mundo relacional, nos constituimos con otros.

Retomando las preguntas iniciales, tendríamos que orientar la construcción de posibles respuestas partiendo de abandonar la idea de que la inclusión es para grupos minoritarios, y animarnos a entender que todos estamos, o podemos estar incluidos o no, en los espacios sociales como el escolar. Abandonar el postulado de lo homogéneo para reconocer la otredad. Descubrir el acto creativo de las praxis, saliendo de lo cómodo, lo reiterado y fijo, para producir una praxis alterativa. Trabajar lo común de la comunidad educativa, produciendo tarea conjunta, dentro de una trama.

La idea es armar red. Una red que contenga a todos, a los que cuidamos y a los que cuidan. Cuidando a los que cuidan, para producir una escuela constructora de encuentros, productora de pensamientos, donde nos encontramos con docentes, co-formadores, que ayudan a pensar y orientan las prácticas. Un espacio socializador por excelencia que se sostiene, contra una inercia segregadora.

Una organización que produce condiciones necesarias para acompañar a sujetos en constitución y producción de subjetividad.

Recordemos que las condiciones de encuentro no están garantizadas, siempre son a construir, entre todos, conversando, intentando posibles.

Habrá que producir nuevos órdenes simbólicos de la experiencia escolar. Reinventar y lanzarnos a nuevas preguntas, realizar una inversión libidinal, imaginar, y salir del “metro patrón” para todos.

Educar nos posiciona como parte de una solidaridad intergeneracional.

Para eso tendremos que ser un poco desobedientes, arriesgarnos a romper viejos paradigmas, producir saberes y concernimientos.

 Llegando a una delicadeza en la construcción colectiva , que nos permita reinventar el vínculo educativo, a sabiendas que la educación es una apuesta.

Autora del artículo: Lic. GRACIELA SZYBER

Lic. en Psicopedagogía, con estudios de Maestría en Psicoanálisis. 
Supervisora docente de equipos de Psicopedagogía clínica. 
Directora del Programa de Capacitaciones a Docentes rurales. 
Asesora externa de instituciones educativas.
Capacitadora en Seminarios de formación.
Ex Miembro del Equipo de la Gerencia Operativa del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (finalizando en 2019).
Docente de la Universidad de Buenos Aires en materias de Posgrado y Extensión Universitaria.
Ex Docente de FLACSO, Curso de Posgrado “Despatologizando las diferencias: en la clínica y las aulas”.
Miembro de la Comisión Directiva de la Asociación Civil FORUM INFANCIAS.
Supervisora de Equipos de Psicopedagogía hospitales y Centros de Salud de CABA.
Asesora y Capacitadora de la provincia de Río Negro.
Autora y coautora de diversas publicaciones y en temas de inclusión educativa y clínica de niños.
Entre otros: Patologías Actuales en la Infancia; Dislexia y dificultades de aprendizaje; Entramando Escuelas en tiempo de pandemia; Las Promesas Incumplidas de la Inclusión, prácticas desobedientes.

Bibliografía

  • Gisela Untoiglich-Graciela Szyber , 2020, Las promesas incumplidas de la inclusión, practicas desobedientes. cap. 2. Noveduc , Buenos Aires.

  • Ocampo Gonzalez, A. – 2018, Comprensión epistemológica de la educación inclusiva, en cuadernos de educación inclusiva. Santiago de chile.

  • Fórum infancias. 2020. Entramando en tiempo de pandemia. Artículo Graciela Szyber.  Buenos Aires.

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