Ensoñación, onírico, suenos infantiles.

Soñar e intervenir en la clínica con niños y adolescentes

Decimos lo que decimos.
para que la muerte no tenga.
la última palabra..
¿Pero tendrá la muerte.
el último silencio?

La interpretación de los sueños tiene una larga historia, tan larga como la historia del psicoanálisis. La historia del psicoanálisis con niños tiene un comienzo posterior, y la historia de la interpretación de los sueños en el campo de la clínica con niños… no sé si podría precisar ese comienzo. Contamos con extensa bibliografía y teoría en relación al jugar y el dibujar en el trabajo psicoanalítico con niños. En cuanto al soñar y su especificidad en el análisis de niños y adolescentes la bibliografía tal vez se cuenta con los dedos de las manos. 

De lo que sí puedo hablar es de la importancia enorme que tiene el trabajo con los sueños en mi experiencia de trabajo con las infancias y adolescencias. Y –en particular-  lo que me ha permitido pensar de lo específico del soñar en esos tiempos inaugurales del psiquismo. Suelo citar a Rodrigo Fresan, quien escribió que en los sueños, el pasado es el lugar en el que siguen pasando cosas.  Si hablamos de niñes y adolescentes (yo prefiero ya utilizar el lenguaje inclusivo, más aún si vamos a insistir con los sueños), ocurre con más frecuencia que los sueños son el lugar en el que las cosas muchas, muchísimas veces, empiezan a pasar. En ocasiones soñamos para poder fundar un pasado, para que la memoria inscriba sus tempranas huellas. En otras, los sueños son acontecimiento originario, tienen potencia fundacional.

Por otro lado, me importa también insistir en lo específico del soñar en transferencia. Soñar como actividad que el vínculo transferencial es capaz de incentivar y despertar, y el soñar como material privilegiado para que un trabajo analítico sea posible, o bien para permitir que ciertos hitos particulares se desplieguen o tengan lugar, como pivotes de subjetivación, vectores de trabajo psíquico con todas las derivas que de él podrá continuar, continuarse. Entonces, me importa incluir en el campo de las intervenciones con niñes y adolescentes la de propiciar sueños.

Son muchas las veces en las que el contacto con los sueños, el descubrimiento respecto a los saberes que entrañan, y el trabajo que surge de los mismos, en la transferencia con pacientes pequeños y no tan pequeños, es la ocasión para ellos que permite descubrir que tenemos vida inconciente, que no somos pura conciencia, que nuestra existencia se despliega en escenarios de difícil acceso, también. Que los sueños son un puente, un puente con doble función:  permiten “acceder a” y tienen un valor en sí mismos. Cuántas veces en nuestros viajes a sitios desconocidos elegimos los puentes para detenernos y permanecer allí. Su belleza y su importancia excede la de comunicar espacios (y tiempos).

La clínica con niños y adolescentes ha revolucionado al psicoanálisis varias veces, en particular el campo de lo que se considera una “intervención analítica”. En este sentido, podemos discutir la idea de que el trabajo con los sueños se ciñe a la interpretación. Porque intervenir con sueños es mucho más amplio. Compromete la capacidad de soñar del mismo analista, sin dudas. Lo sabemos muy bien todes quienes apostamos a una constitución subjetiva capaz de desafiar cualquier versión de destino ya escrito.

Ema no duerme

Ema no duerme

Ema no duerme, acorralada por pensamientos que la invaden en circuitos rumiantes y ritualizados que transforman a la noche en el reino del “control”. Ema es la estudiante “perfecta”, hija tan sobreadaptada como golpeada por sucesivas tragedias familiares ocurridas en años pandémicos, años que coinciden con su desarrollo puberal e incipiente adolescencia. No es que los años pre-pandemia fueran tranquilos ni felices, las tristezas acompañan a su familia desde que ella era muy pequeña, pero en pandemia la tragedia adquiere otras dimensiones. 

Durante mucho, mucho tiempo, soñar y hablar conmigo acerca de sus sueños se le volvía persecutorio, vivencia de una porción de su vida que escapaba a su control y conocimiento. Recién ahora los sueños regresan, recién ahora podemos conversar y pensar juntas, o ¿simplemente? compartir y asistir juntas a su belleza, o al horror, o a las angustias que emergen con ellos. En uno de sus sueños Ema es un ser omnisciente que por momentos es ella misma y en otros es su madre. En otro sueño hay un “mundo alternativo, como en las series”, y entonces puede regresar al final de su escolaridad primaria, despedirse, tener los rituales que le faltaron. “Pero algo en mí sabía que no era cierto, mientras soñaba, algo no coincidía”. “A veces pienso que me quedé en mis doce o trece años”. También dice que todos “descansan” en ella, hasta sus amigas, que la toman como brújula en la calle porque Ema nunca se pierde, o que la convocan como “ayudamemoria” porque Ema nada olvida.  “Si todos descansan en vos, es imposible dormir”, le digo yo, y ella me responde: “si no duermo… ¿a dónde van a ir a parar mis sueños”.

Trabajar con Ema me ha llevado muchas veces a preguntarme: ¿El insomnio es la imposibilidad de dormir o la imposibilidad de soñar? ¿Hay una sin la otra? Eso que ya sabía, que no, que no la hay, en Ema me resultó nítido. Absolutamente nítido. Lo volví a pensar y a descubrir trabajando con ella.

Seguimos trabajando. Sesión tras sesión, buscando pistas y creando territorios para sueños menos “omniscientes”, que puedan desplegarse y toleren ser soñados, aún cuando no sea cierto.

Tony, entre el sueño y el dolor.

Tony: entre el sueño y el dolor

Llega Tony, de 15 años, a su sesión. Empieza, como es habitual, hablando de sus proezas, es el “number one”. Esta vez no se escuda en el juego de cartas, parece sí entregado a conversar. Luego, pasa a hablar de cuestiones y sucesos recientes en su casa. Uno de sus hermanos se encuentra, sorpresivamente, en plena crisis. Durante un buen rato, se dedica a denunciar con visible enojo y rencor lo injusto del trato de sus padres hacia este hermano. Son tan comprensivos con él, y en cambio a sí mismo solo le responden con penitencias y prohibiciones. Agrega que lo de su hermano es una farsa, una actuación, que no está sufriendo, es solo manipulación. Hablamos sobre su enojo, hablamos sobre el lugar que él mismo ocupó tantas veces, con tan poca empatía para su sufrimiento, un sufrimiento no visible y muchas veces enmascarado en superficies de indiferencia. Le pregunto sobre la relación con sus hermanos, muchas veces parecen cada uno pensar solo en sí mismos, individualmente, lejanos entre sí mientras que son actualmente el vínculo con más historia que poseen. Tony dice: “es que yo compartí más con mi hermano más chico, con el del medio no tanto (por temporadas el del medio se iba con la mamá, los otros eran dejados en el hogar)”. Hablamos de rencores. Y agrega “estoy pensando algo muy terrible”. Lo habilito a que lo diga. Puede decir lo que quiera y lo que sienta. Dice: “En estos momentos deseo que no exista, que no sea mi hermano”. Ojos llenos de lágrimas, su cara apoyada entre sus brazos, en el escritorio, frente a mí. Me mira fijo. Lo sostengo en la mirada. Le digo que me alegra mucho que sienta la confianza para poder decirlo, y que lo entiendo. Le digo que voy a decir algo que yo pienso, a riesgo de equivocarme. Como siempre le aclaro que él puede refutarme o discutir cualquier cosa que yo diga. Pero que yo supongo que el mayor miedo que él tiene es que la crisis de su hermano, en esa puesta a prueba, resulte en la ruptura de su familia, en la pérdida de la incondicionalidad, nuevamente en el desamparo y en el abandono. Y él ahora sí tiene mucho que perder. Sus ojos se llenan de lágrimas, no las suelta, pero sigue hablando, imparable. Me dice que es así, exactamente así. Habla de su preocupación por el sufrimiento de sus padres, está asustado, podrían no tolerar más, podrían enfermarse y morir, o desistir. Como nunca, Tony trata de colaborar con ellos, está más disponible y tolerante, menos peleador, los ayuda, los cuida. 

Le doy todo el lugar a su enojo y su terror, pero también le hablo de los sufrimientos que son poco visibles. Le pregunto por la disponibilidad entre hermanos, no únicamente en esta situación sino en general. ¿Estarán muy acostumbrados a tener que arreglárselas solos?

Tony sigue hablando. Sobre las dudas acerca de su origen, de las dudas acerca de la identidad de su padre biológico. De las teorías que él fue construyendo acerca de las causas posibles de la saña que ese hombre ha tenido con él, particularmente con él. Por momentos parece seguro de no ser su hijo, a diferencia de sus hermanos, por momentos parece estar seguro de que lo es. Ambas posibilidades, de modos distintos, son una condena. Me cuenta que sueña con ese hombre, o con una presencia a la que asocia con él, negro, oscuro, encapuchado, no se le ve la cara. Dice Tony que el día que en algún sueño lo vea no sabe lo que ocurrirá. Tiene pánico de que ello ocurra.

Está aterrorizado. Le digo que también es posible que nunca vea esa imagen, pero que las dudas sobre su origen y esa paternidad, las tendrá toda la vida, lamentablemente ningún dato las aliviará. Y que nada de lo que él vea en un sueño será peor que lo que ya tuvo que vivir y experimentar. Que lo peor está atrás. Que con sus sueños, también lo voy a acompañar, con los sueños de terror, y con los hermosos sueños que también tiene y es capaz de soñar.

Tony me escucha. Y sigue diciendo: “Una vez me desperté gritando. Vino Juan (uno de sus padres), me calmó, me dijo que era solo un sueño. Se quedó conmigo toda la noche, me abrazó. Yo lloré hasta que me quedé dormido”. 

“Con mis hermanos dormíamos tapados, hasta la cara nos tapábamos, para no ver, para no escuchar. Mi mamá (aclara que nunca fue su mamá), y ese señor, peleaban a los gritos, había golpes, violencia”. Pensaban que él la iba a matar, o que los mataría a ellos. Sigue presente lo imposible de ver, lo que ha tenido que escuchar, lo que teme que irrumpa dinamitando su vida. 

Tres hermanitos durmiendo mientras sus padres discuten.

Hablamos de esos momentos en los que no había modo de defenderse o protegerse, ni a él ni a sus hermanos. Ahora él es más grande y tiene otros recursos, tanto cuando está despierto como cuando duerme y sueña. Y tiene el abrazo de un papá. Tiene este espacio, en el que puede decir lo que quiera, y en el que será siempre escuchado. Dónde traer sus sueños, esos sueños que intentan velar lo imposible de ver, lo intolerable, lo arrasante.

Los y las analistas trabajamos para que sesiones y momentos así ocurran. No sabemos cómo ni cuándo. Estamos a la espera. Una espera activa por supuesto. Apostamos.

Tiempo después Tony me propone que vea una película.
Me pide que vea una película.
Una película «para ver en familia».
Al verla viajan las imágenes, sus relatos vuelven e iluminan ideas, las escenas se superponen con sus fragmentos y nuestro trabajo, las rutas de lo que ya recorrimos en silencios y palabras, en desesperaciones y asperezas y rabias. La orfandad que lo ha acunado.
Lo espero a la siguiente sesión. Conversamos sobre la película. Todo lo que yo digo es rechazado, choca contra un muro refractario. Igual hablo. Digo. Dejo flotar algunas palabras pensamientos intuiciones, y la emoción con la que ví «su» película. Y lo que ahora, tal vez, podemos ver distinto.
Salgo de esa sesión pensando -como tantas veces- si hablé demasiado, si fue oportuno, si fue en vano.
Hoy vuelve a la sesión. Me cuenta tres sueños «magníficos». Así los nombra. Se abre y los abre como flores temblorosas con todo el dolor y la esperanza que contienen. Me deja entrar. La sesión vuela. Como nunca, habla, expande su memoria.
Al final logro balbucear, que hay tiempo para lo magnífico de la vida, porque puede soñarlo, hay tiempo, porque, aún con su larga vida en cortos años: no está todo escrito.

Alicia: Sueño y recuerdo

Alicia llegó a mi consultorio en plena enfermedad de su madre. Sus papás habían consultado conmigo a partir de la preocupación por los miedos de la niña, miedos que le impedían dormir. En ese entonces tenía 12 años. 

Alicia es una nena curiosa, inteligente, muy dispuesta a conversar siempre desde una distancia que le es propia. Yo pensaba que quizás esa distancia tenía como correlato la distancia que encontraba con los padres. Hablaban de la enfermedad dando rodeos, muy defendidos en el discurso y en las explicaciones, con poco espacio para preguntas, o para que emerja la tristeza o la angustia. Ninguna referencia al futuro. De Alicia cuentan que no hace preguntas. Se acomoda a la situación, acompaña y se pliega a esa nueva “normalidad”.

La enfermedad de su mamá comenzó hace un par de años, y la evolución no ha sido buena. Toda la casa y la vida familiar en esa época ya se encontraban tomadas por los ritmos de los tratamientos, consultas médicas, visitas más frecuentes de amigos, algunas internaciones. Alicia hablaba de sus miedos a la hora de irse a dormir, la casa en silencio, su cabeza se llenaba de ruidos que no la dejaban conciliar el sueño. Me hablaba de miedos habituales en el mundo de los niños: la oscuridad, los ladrones.

Me hablaba de lo que aún podía compartir con la mamá, y empezaba a aparecer alguna molestia o disgusto: mucha gente entrando y saliendo, poca tranquilidad.

Alicia no podía preguntar, sus padres no podían hablar. Yo percibía ese cerrojo impreciso pero tan presente, la incomodidad para meterme yo también con alguna pregunta. Por otra parte, pensaba que era importante acompañar con respeto los tiempos y particularidades de una familia que estaba atravesando como podía, su peor momento. 

Alicia frente a un candado.

Me aboqué a construir un espacio de comodidad y confianza con Alicia. Me centré en generar intimidad en un vínculo que no se viera invadido a resguardo de “bullicios”. Fui descubriendo a una niña muy lúcida y creativa, que podía hablar conmigo de su vida en la escuela, sus amigos, sus intereses. 

Yo me debatía en mis pensamientos sobre la necesidad de hablar más claramente con Alicia sobre la situación de su mamá y el mal pronóstico. por un lado, y el respeto y cuidado por sus tiempos por otro. Ella me decía que confiaba en que si había algo que ella tuviera que saber, sus padres se lo dirían. El padre me hablaba del poco tiempo que quedaba, su mujer se estaba consumiendo. Pero al mismo tiempo se aferraba a ilusiones y predominaba la desmentida respecto del pronóstico. Había gente muy cercana del entorno que lo instaba a hablar con su hija, él no podía. Alicia tampoco toleraba visitar a su madre en el hospital. Aparecían informaciones vagas, que efectuaban rodeos, y Alicia las recibía ella también en desmentida. La mamá no hablaba de la muerte, y ni el papá ni Alicia podían tampoco hacerlo. ¿Era la manera de cuidar y acompañar a la mamá en sus últimas batallas? Siempre había sido una mujer fuerte, vital, alegre, luchadora. La lucha era un rasgo fuerte de orgullo familiar.

Yo también percibía que mis intentos de hablar del tema chocaban con un reforzamiento de los muros de Alicia. 

Recibo un llamado telefónico de una de las médicas que estaban asistiendo a la mamá en cuanto al manejo del dolor. Me manifiesta estar muy preocupada por Alicia, por lo que ignora. Compartíamos ambas la percepción de que no había nadie en su entorno cercano en condiciones de hablar claramente con ella. El tiempo que quedaba era muy poco. Alicia necesitaba poder despedirse. 

Decido finalmente ser yo la que hable con la niña. En la siguiente sesión, le pregunto por su mamá. Me dice que debe estar mejor porque pudo dar una vuelta manzana. Me detengo en la mirada de Alicia. Tomo aire yo. Le digo que me temo que no es así. Qué voy a decirle algo que querría no tener que decirle. Que querría además no ser yo quien se lo diga pero que nadie más estaba pudiendo hacerlo. Y que iba a ser muy difícil para ella escucharlo. Que su mamá no estaba mejorando (hice referencia a los últimos acontecimientos) y que por lo que me habían dicho tampoco iba ya a mejorar. Qué probablemente era el último tiempo para tenerla, para estar todo lo posible con ella, y para despedirse. Que era muy importante que pudiera despedirse. Alicia llora largamente, me dice que sí. Me quedo cerca de ella. Más cerca que de costumbre.

¿Era yo en este caso la experta en el manejo del dolor? Era quien estaba a cargo por lo menos de hacerle lugar.

Le comunique al padre mi conversación con Alicia. Me agradeció. 

Alicia pudo, a su manera, despedirse, y la mamá al poco tiempo murió.

La niña recibió mis mensajes. Se mantuvo a distancia. El padre también. Pero a partir de allí, y pese a ser el más reticente en cuanto al tratamiento, siempre se ocupó y se ocupa de que Alicia venga a sesión.

Empezó otro tiempo de trabajo.

Voy a relatar algunos momentos especiales, hitos en el armado laborioso del tejido que posibilitará que se inscriba la ausencia, y que haya condiciones de posibilidad para el trabajo de duelo. En otro sitio he dicho que recuerdo y sueño se alternan, se complementan, haciendo posible aquel trabajo. Para ello los psicoanalistas creamos condiciones, sabemos esperar, construir marcas para ese camino. Y confiamos, aunque no sepamos anticipar cómo ni cuándo, en que podremos estar a la altura de su aparición, en transferencia. Esperamos estarlo. (1)

Alicia terminó séptimo grado y comenzó su escolaridad secundaria. La acompañé en los preparativos de su primer cumpleaños sin su mamá. Las vacaciones. En la vida y los modos en los que todo se rearmaba a partir de la muerte. Alicia hablaba muy poco acerca de ella. Cada tanto, alguna referencia a su ropa, a la vida con ella, a sus gustos. Toda ella parecía dedicada a investir lo nuevo es esa época de tanto cambio, en el pasaje de primaria a secundaria. Empezar a viajar sola, a transitar de a poco la ciudad, la pugna entre deseos y miedos. 

Hasta que un día trajo un sueño. “Yo estaba mirando a un nene chiquito con su mamá. Estaban en una heladería. Yo miraba”. No recuerda a nadie más allí. Pero asocia la heladería con un lugar al que fueron ella y su mamá unos años atrás. Era un acto político, recuerda a la mamá exaltada, gritando, feliz. Le digo que entonces ese sueño le permitió recordar a la mamá y hablar de ella. Recordarla viva y feliz. Y que ese recuerdo viene del sueño, tanto como la realidad de su ausencia. Que a veces soñar permite recordar. Alicia me escuchaba atentamente. Y hasta sorprendida de lo que se podía pensar a partir de un sueño.

Así fue que aparecieron más recuerdos.  (2)

Pero también seguía siendo muy notoria la marcada barrera entre lo que ella nombraba como “la vida de antes” y “la vida de ahora”. Mucho esfuerzo dedicado a que el pasado, el dolor, no pongan en peligro la necesidad de preservar la alegría por los nuevos investimientos. 

Por otro lado, el vínculo con el papá había mejorado mucho, el papá ahora podía conectarse mucho más con Alicia, y ella se sentía escuchada y acompañada por él.

Un día en sesión, menciona al pasar refiriéndose al pasado y a su mamá, una frase que a mí me resultó impactante: “chau chau, adiosín…” a propósito de una amiga de la madre que proponía un encuentro de amigos y familia para recordarla. Luego sigue hablando, sin detenerse, y me cuenta la pelea con una amiga, que se había desarrollado a partir de lo que publicaban en las historias de instagram. Y Alicia dice entonces que ella se negaba y se seguiría negando a borrar lo que publicó en su historia (“esa historia es mía”), a pesar de lo que le reclamaba la amiga. Lo asocia con el 24 de marzo y un trabajo que hizo para la escuela, concluyendo que la historia merece ser recordada. Nos ponga contentos o tristes tenemos que hacerlo. Le digo que sí, que la historia no se borra. Ni la historia con mayúscula, ni la historia con minúscula. Que en su historia tampoco se borraba la muerte de la mamá y el dolor por la ausencia, y que también ella merecía ser recordada. “Tanto como vos misma, Alicia, mereces poder recordar”.

No dijo nada más. Silencio espeso y cargado. Una emoción en el aire. Solo dijo, al irse: “…cuántas cosas pueden salir de las palabras…nunca se me hubiera ocurrido”. Yo le dije que lo que yo decía salía de lo que en ella escuchaba.

Y siguieron los sueños. En uno de ellos estaba en el Titanic. Había gente vestida como se viste la gente ahora, y gente que usaba la ropa de antes, como en blanco y negro. Algunos se morían, pero volvían luego a casa, nadando. Le pregunto si los de antes se encontraban con los de ahora… me dice que sí. Estaban todos juntos. Qué lindo que los muertos puedan volver, agrego. Seguro los podemos recordar.

Un barco gigante rodeado de pequeñas embarcaciones.

En otra sesión, tiempo después, me cuenta muy divertida algo que pensó. Venía hablando de geografía y los recursos naturales, la escasez de los mismos. Dice que a ella se le ocurre, aunque es un delirio, que tendría que haber un plazo para vivir. Que los más viejos dejen lugar a los nuevos, que les cedan el lugar, que se vayan a otro planeta, por ejemplo. Claro, agrego yo:,¿no sería bueno que hubiera algo de justicia para decidir quién vive o quién muere? Porque ¿cómo entender que alguien joven se muera? ¿Cómo? A veces ocurren tragedias, cosas muy difíciles de entender, y una no les encuentra sentido ni explicación. (3)

Alicia siempre me escucha. Yo suelo decirle que es muy importante que ella pueda contarme lo que sueña, lo que piensa, y que no son delirios o pavadas, que tienen mucha importancia. 

En una de las últimas sesiones me cuenta que tiene pensado hacerse un tatuaje algún día. Me relata con lujo de detalles como estará compuesto: estuvo pensándolo bien. Va a tener una parte que representará lo que la mamá hacía, su actividad profesional (ligada al cerebro) y otra parte que será el dibujo de las flores preferidas de su madre. El cerebro atravesado por esas flores, en el medio de su pecho.

La escuché con profunda emoción. Continuó hablando a partir del dibujo que compuso en sus pensamientos, qué tal vez devenga algún día tatuaje, y de lo que recordaba de su mamá. Cómo le hablaban de ella unos compañeros de trabajo en el velatorio. Con mucha admiración. Recordamos juntas. Yo simplemente la escucho.

Tal vez llegará ese tatuaje a su piel y la piel entonces será el soporte de esa escritura (4), pero sin dudas ya es una marca, una inscripción psíquica, subjetivante, y un territorio en su pecho para el dolor, para el recuerdo, para llevarla con ella, abierto a lo que el duelo pueda trabajar, interminable, infatigable, pero ya desde la trama que su representación compuso conjugando bellamente, singularmente, pensamiento y afecto.

¿Será posible -me pregunto- que Alicia descubra, o más bien construya, el país en el que antes y después se integren, en el que investir el presente y soñar el futuro no se vean amenazados por la irrupción devastadora del dolor que el pasado puede precipitar en cada recuerdo?

Los y las analistas nos asomamos, como Alicia, a un espacio (el espacio analítico) en el cual los sueños, con su estructura poética, pueden revelar su maravillosa potencia. También cuando nos toca sostener, y sostenernos, frente al abismo. (5)

Una adolescente con su terapeuta mirando el horizonte onírico.

Referencias

1) Aulagnier (1998: 117) refiere: “…en los momentos más felices de un tratamiento nuestra palabra no sigue una decisión que habíamos tomado de antemano, sino que se impone por sí misma y puede provocar en nosotros un sentimiento de asombro igual al que provocará en el analizante…”

2) En el libro que recientemente publiqué, Sueño, medida de todas las cosas, Feldman (2018: 79), sostengo que soñar posibilita recordar. “Se recuerda en la medida en que se sueña. El recuerdo, soñar mediante, amplía su potencia ligadora, re-ligadora.  Y donde soñar llega a un límite surge el recuerdo. Y donde el recuerdo se enfrenta a un límite, vendrá el sueño. Ambos, sueño y recuerdo, componen -figuración y desfiguración mediante- la trama que podrá albergar-conservar a lo perdido”.

3) Aulagnier (1998 74) sostiene que para la psique construir explicaciones causales forma parte de lo necesario. La posibilidad de dudar solo se vuelve posible, y tolerable, sobre la base de ciertas certezas.

4) Pelento (1999).

5) Feldman (2018: 13) “Los sueños hacen del abismo medida humana”, es la hipótesis que guía todo el recorrido de Sueño, medida de todas las cosas.

Bibliografía General

  •  Aulagnier, Piera (1998: 74, 117) Los destinos del placer. Alienación, amor, pasión, Editorial Paidós, Buenos Aires.
  • (1984) “Condenado a investir, Revista de Psicoanálisis APA 41 (23) pp 283-306, Buenos Aires.
  • Feldman, Lila María (2018: 13, 79): Sueño, medida de todas las cosas, Topía Editorial, Buenos Aires.

  • Juarroz, Roberto (1993: 460) Poesía vertical, 1983/1993, Emecé Editores S.A, Buenos Aires.

  • Lewis Carroll (2002), Alicia en el país de las maravillas, Editorial Edhasa, Barcelona.

  • Pelento, María Lucila (1999) “Los tatuajes como marcas. Ruptura de los lazos sociales y su incidencia en la construcción de la subjetividad individual y social”, Revista de Psicoanálisis APA Vol. 56 (02) pp 283-297, Buenos Aires.

  • Pontalis, Jean Bertrand (1978) Entre el sueño y el dolor, Editorial Sudamericana, Buenos Aires.

  • Ripesi, Daniel (2004) Quemar las naves. ensayos winnicottianos, Letra Viva Editorial, Buenos Aires.

  • Winnicott, Donald (1989) Exploraciones psicoanalíticas II, Editorial Paidós, Buenos Aires.

Lila María Feldman
Lic. Lila María Feldman

Psicoanalista. Escritora.