Un niño, tres etiquetas: la medicalización en las aulas

Hoy en día, las escuelas son escenarios en los que se despliega el creciente proceso de medicalización de las infancias. Se trata de un fenómeno que reduce las dificultades vinculares, pedagógicas o comportamentales, a problemáticas estrictamente médicas, bajo la lógica de la enfermedad y el desorden. Al biologizar las dificultades y reducirlas a una dimensión puramente individual, el sujeto termina siendo considerado el único responsable de su propio éxito o fracaso escolar.  

Como integrante de un equipo interdisciplinario, observo asiduamente dos cuestiones en torno a este proceso que, en ocasiones, se presentan íntimamente entrelazadas:

Por un lado, la escuela pide el diagnóstico. Existe una demanda creciente de rótulos médicos por parte de las instituciones educativas para ponerle nombre a problemáticas que, en realidad, tienen su origen en la dinámica escolar o vincular. De este modo, se construyen falsos problemas médicos; en ocasiones, para calmar angustias institucionales y, en otras, como la única vía burocrática para garantizar el acceso a ciertos derechos.  

Por otro lado, el diagnóstico entra a la escuela. Cada vez a edades más tempranas, los niños y las niñas ingresan al sistema escolar portando diagnósticos de diversos «trastornos». Esto conlleva el serio riesgo de que los y las docentes se aferren rápidamente al rótulo, dejando de mirar a ese niño o niña en tanto sujeto singular. Al tomar la palabra médica como una verdad incuestionable que define la totalidad del ser, se suele convocar a los equipos de orientación como «especialistas» de los que se esperan «recetas» mágicas para lograr que el alumno funcione de manera adecuada en el espacio escolar.  

Milo: el niño detrás de las etiquetas

Para analizar el alcance de este fenómeno, resulta esclarecedor detenerse en un caso particularmente llamativo.  Milo tiene apenas cuatro años, acaba de mudarse a una pequeña localidad cordillerana e ingresa al jardín de infantes cargando tres etiquetas que reemplazan su nombre propio. Ha sido diagnosticado en España, donde vivía anteriormente, con Trastorno del Espectro Autista (TEA), Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) y Trastorno Oposicionista Desafiante (TOD). El informe clínico con el que llega es su carta de presentación, acompañado de una serie de «tips» específicos para el hogar y el aula según cada patología descrita.  

Frente a esto, las docentes del jardín toman las indicaciones de los especialistas que les llegan filtradas por la mamá, quien a su vez ha buscado en internet el significado de cada trastorno. Ante el desconocimiento sobre cómo trabajar de manera simultánea con el TEA, el TDAH y el TOD, las docentes también recurren a internet.  A partir de allí, se despliegan una serie de intervenciones estandarizadas: se implementan pictogramas en el aula porque «con el TEA se trabaja así», a pesar de que Milo comprende perfectamente las consignas y se comunica sin dificultad alguna. Se decide dejarlo salir al patio de forma intermitente porque, debido al supuesto TDAH, «no puede tolerar la sala todo el tiempo», lo que genera que el resto de sus compañeros también deseen salir y se desarticule la dinámica grupal. Finalmente, intentan manejar límites claros bajo el argumento del TOD, aunque en realidad no difieren de los que se establecen con cualquier estudiante.  Ninguno de estos diagnósticos representa verdaderamente al niño. Afortunadamente, las docentes comienzan a registrar que algo en esa lógica no encaja.  

Por su parte, la mamá se aferra con fuerza a esas categorías clínicas que parecen explicar la totalidad de las conductas de su hijo. Esos diagnósticos le devuelven un marco de seguridad, y la sola idea de correrse de allí le genera una profunda incertidumbre. De hecho, cuando se la invita a mirar a Milo más allá de las etiquetas, la angustia se hace presente de inmediato. 

Lo que silencian los rótulos

La medicalización clasifica comportamientos y reduce el tratamiento a la mera eliminación del síntoma, objetalizando al sujeto, produciendo sufrimiento psíquico y formateando identidades. Se sostiene en un discurso médico hegemónico que se instala en la vida colectiva e individual, reduciendo el malestar a factores neurobiológicos y dejando de lado los determinantes políticos, sociales y económicos. Sin embargo, esta práctica no es un patrimonio exclusivo del campo de la medicina. Los y las docentes también medicalizan cuando se basan en discursos unicausales, negando complejidades y ocultando subjetividades. Lo hacen cuando reducen el malestar al cuerpo biológico, dejando de lado los procesos de subjetivación en todas sus dimensiones. 

Muchas veces, tanto las familias como los educadores experimentan cierto alivio al desimplicarse de la situación, asumiendo al niño o niña como portador individual del problema, lo que evita interrogar el contexto familiar, escolar y social.  

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) es el prototipo por excelencia de esta medicalización. Los diagnósticos se distribuyen hoy como mercancías de consumo; no importa cuántos rótulos deba portar un sujeto. Cada conducta es aislada y etiquetada mediante un código de objetivación de las diferencias y de clasificación de los individuos.  

En esa lógica mercantilizadora no importan los atravesamientos singulares del sujeto. Tampoco si el sujeto en cuestión tiene apenas cuatro años y se encuentra en pleno proceso de construcción de su subjetividad, con el riesgo latente de que tales diagnósticos dejen marcas indelebles.  No importa qué le ha tocado vivir a Milo en su corta vida. No importa que él y su mamá vengan de España, país donde él nació, y que hayan tenido que regresar de forma precipitada a la Argentina porque la mamá sufría violencia de género. No importa que, a raíz de esto, Milo haya dejado de ver repentinamente a su papá. No importa que, antes de establecerse en su localidad actual, hayan transitado por dos ciudades distintas de la costa bonaerense en poquísimos meses, para finalmente radicarse a 1700 kilómetros más al sur. Tampoco importa que Milo y su mamá no cuenten con una red de apoyo afectivo y que, mientras ella trabaja de manera virtual para sostener el hogar, el niño pase largas horas al cuidado de las pantallas.  

Nada de esto parece relevante porque, según el dictamen de los «especialistas», Milo es TEA, TDAH y TOD. Se asume que hay “algo distinto” en su cerebro y que, por lo tanto, requiere un tratamiento cognitivo-conductual que suprima los síntomas y silencie el conflicto, en lugar de desentrañar qué se oculta detrás de la conducta observable. 

La apuesta por la subjetividad

Cuando logramos corrernos de las clasificaciones del DSM, lo que aparece ante nuestros ojos es un niño. Un niño que sufre, y cuyo padecimiento no puede escindirse de su historia singular. Concebir la subjetividad exige pensar al sujeto en una interacción compleja entre su constitución biológica, su cultura y sus relaciones interpersonales. 

Aunque el caso de Milo resulta paradigmático por la acumulación de diagnósticos que nada dicen de él, las escuelas están habitadas por muchos otros «Milos» cuyas situaciones aparecen de manera más sutil. Son diagnósticos silenciosos que llegan (o a los que se hace llegar), que no generan ruidos institucionales y que aliviando la angustia de los adultos, adormecen la pregunta por el niño.  

Nos queda el desafío constante de seguir pensando cómo intervenir en las instituciones desde un enfoque interdisciplinario que recupere las dimensiones subjetivas y colectivas, resistiendo a la tentación de objetivar y encuadrar bajo criterios preestablecidos, aunque esta última opción sea la más sencilla y la que goza de mayor consenso de época. Debemos interrogarnos: ¿Cómo acompañar a estas infancias y a sus familias desde el ámbito educativo, propiciando miradas que no estigmaticen? ¿Cómo promover derechos sin caer en la trampa de «discapacitar» a un niño o niña? ¿De qué manera acompañar a los y las docentes para que puedan implicarse en las problemáticas de sus estudiantes, ayudándoles a sostener una mirada desde la complejidad por encima del diagnóstico de manual?  

En los tiempos que corren, no es una tarea sencilla desmontar la lógica de la predicción para volver a la prevención, apostando a intervenciones subjetivantes que den lugar al acontecimiento. Para ello, resulta fundamental poner en valor la ética que sostiene nuestra labor, una ética que, como bien señala Emiliano Galende, se funda en la alteridad y el respeto por la dignidad:  «No se trata de ignorar la sujeción de la vida a los determinantes biológicos, sociales, culturales, o al inconsciente. Se trata de afirmar que el sujeto es a la vez quien puede traspasar esas determinaciones. Su autonomía y su creatividad serán siempre un ‘más allá’ de los límites que le imponen esos órdenes a que está sujetado: sacrificar su vida biológica por un ideal; transgredir el orden y la norma de su sociedad; ir más allá de su cultura y del orden simbólico dominante, son la muestra de esta relación entre su sujeción a las determinaciones y su autonomía» (Galende, 2012).  

 

(*) Al niño se lo llama con un nombre ficticio

Bibliografía

  • Ansermet, F. (2001). La invención del organismo. Notas sobre Neurociencias y Psicoanálisis. Revista Vertex. Volumen XII, Nº 42. Pag312-317. Buenos Aires.

  • Benasayag (comp.). (2007). ADDH. Niños con déficit de atención e hiperactividad. ¿Una patología de mercado? Capítulos 1 y 3. Buenos Aires. Noveduc.

  • Carpintero, E. (2011). La medicalización de la subjetividad. El poder en el Campo de la Salud Mental; en Carpintero, E. (comp.) (2011). La subjetividad asediada. Medicalización para domesticar al sujeto. Buenos Aires. Topia.

  • Faraone, S. y Bianchi, E. (comp.). (2018). Medicalización, Salud Mental e Infancias. Perspectivas y debates desde las ciencias sociales en Argentina y el sur de América Latina. Buenos Aires. Teseo.

  • Galende, E. (2012). Consideración de la subjetividad en Salud Mental. Revista Salud Mental y Comunidad. UNLa. Recuperado de http://www.unla.edu.ar/saludmentalcomunidad/Revista-Salud-MentalyComunidad.

  • Galende, E. (1997/1998). De un horizonte incierto. Psicoanálisis y Salud Mental en la sociedad actual: Introducción, Cáps. 1 y 3. Buenos Aires. Paidós

  • Galende, E. (2019). ¿Qué aportan las neurociencias a la salud mental? Una discusión desde la psiquiatría; en Ferreyra, J. A. y Castorina, J. A. (comp.). (2019). Neurocientismo o Salud Mental. Discusiones clínico-críticas desde un enfoque de derechos, Cáp. 4. Buenos Aires. Miño y Dávila

  • Vasen, J. (2011). Una nueva epidemia de nombres impropios. El DSM-V invade la infancia en la clínica y las aulas. Buenos Aires. Noveduc

Cinthia Mariana Rivolta
Lic. Cinthia Mariana Rivolta

Cinthia Mariana Rivolta
Lic. y Prof. en Psicología
Miembro del Forum Infancias Zona Andina
Integrante de Equipos Interdisciplinarios de Educación en la Comarca Andina
Docente del IES N° 813, Lago Puelo, Chubut

Más artículos de la edición Nº 12

¡¡¡ Cuentos y Reseñas !!!