La Adolescencia: un Corte, el Ruido y la Quebrada Construcción de identidad en tiempos de incertidumbre
“Piki”, “lchi”, “Ri”, “Ron”, “Tai”, “La”, “Val”, “Tur2”, “Jo” , entre tres o cuatro letras circulan los adolescentes hoy, haciendo resistencia al nombre propio. Que de propio no tiene nada. Estos nuevos denominadores son algo diferente a un apodo, parecieran insistir en un fluir de letras que arman más un sonido que un nombre. Algo hace sonido, más ruido que melodía.
Soy “KOI” (16 años) -me dijo apenas llegó a su primera sesión de terapia, bastante obligada por sus padres. “No me digas de otra manera porque no te voy a escuchar…”. Le expliqué que para mí a la terapia llega el que puede, y si pudo Koi, para mi ese es mi paciente. Luego me dediqué a escuchar su enojo con el mundo y con su madre por haberla obligado a venir. Le pregunté si siendo Koi se puede enojar más que cuando era, “María”. Me dijo que cree que sí, que se enoja más, porque como ya sabe que a su familia no le gusta llamarla así, entonces no le queda otra.
No necesariamente estos nuevos nombres arman nuevas identidades, pero sí abren nuevos caminos, marcan una autenticidad. Algunos buscan personificarse, otros llamarse “PI”, pero otros necesitan de algunos ruidos más fuertes, golpes, cortes en el cuerpo, fotos trucadas con compañeros desnudos, amenazas de tiroteos en la escuela o la muerte. Otros adolescentes construyen videojuegos con un tutorial, otros hacen rap o bailan hip hop, o reguetón, procesos sumamente más creativos, elaborativos y menos disruptivos, pero en todos algo de la violencia y el ruido circula.
Los adolescentes ya no solo están duelando, además están sufriendo. Hay un sufrimiento psíquico mayor al esperado en este momento de cambios físicos y psíquicos. Hay mucha oferta disponible de objetos y de rasgos, las referencias identitarias insisten en una multiplicidad que a veces puede imponerse de forma abrumadora. Como dice Byung-Chul Han (2017): “En la hipercomunicación digital, el yo se dispersa en múltiples imágenes y posibilidades, perdiendo un centro estable”. La identidad intenta construirse en un entorno vertiginoso, las redes sociales amplifican las comparaciones, las búsquedas de pertenencia y la presión por definirse. La ruptura de los lugares tradicionales para lo íntimo, lo privado y lo público, produce construcción de nuevas definiciones para estas categorías y rompe el código con los adultos que no logramos acomodarnos a estas nuevas categorías.
Ser “Ki”, “Ja”, “koi”, “Pir”, “Lumi”, “Skyx” o “Zee”, nos habla de una construcción lingüística económica, se reduce lo dado, lo impuesto, pero no pierde lo afectivo, podríamos decir que es el intento de ser nombrado por una metáfora, como forma de salir de lo metonímico. El modo de ser reconocido por los otros con estos nuevos apodos, permite una salud identitaria, una libertad y una rápida aceptación de los pares en el mundo virtual, complicando un poco la conexión con los adultos que sentimos que ese adolescente se nos escapa en ese corto sonido gramatical.
Lo más interesante que vienen a enseñarnos con estos “nuevos nombres” es que ellos/as no están preocupados tanto por quiénes son sino por cómo quieren estar. El Ser se transforma en un estado transitorio. Hoy puedo ser esas tres letras, y mañana otras.
Deleuze (2004) ya nos habló de la caída de la noción de SER como entidad fija, hablándonos del devenir, de la multiplicidad, lo transitorio. En Mil Mesetas, dijo “Un devenir no es una correspondencia de relaciones, Pero tampoco es una semejanza, una imitación y en última instancia, una identificación”.
En medio de esta propuesta los adultos estamos preocupados por no dejar de ser y de que ellos sean alguien en la vida. El extremo de este planteo son los chicos que se autodenominan “Therian”, que son burlados y subestimados por los adultos, sin entender que no quieren “ser” perros o lobos, sino que sienten una conexión profunda con este animal, y construyen un modo de estar animal. Este tipo de fenómenos es solo para los adolescentes más audaces que realmente han tenido la lucidez peligrosa de no encontrar ya nada vital y amoroso en lo humano, y prefieren salir a morder por ahí devenidos un rato en perros, provocando la mirada de los adultos a su paso que salen expulsados.
Pareciera que estos adolescentes nos invitan a vivir experiencias siniestras, quizás devolviendo un poco en espejo lo que sienten, han recibido. Proponen ser reconocidos en sus modos de estar y se resisten al ser. Proponen dejar nuestros nombres propios para tener un “ALIAS”, que es lo que necesitamos todos para circular en el mundo digital.
Me resuena a los cortes en el cuerpo, como el “cutting”, algo corto y constante que busca un alivio rápido. El manejo de las emociones desbordantes o lo impuesto parece lograrse con algo corto, tajante y profundo sobre lo que podría parecer superficial.
¨(…) lo más profundo en el ser humano es la piel (…)” dijo Paul Valery.
Pienso en las balas, que cargan esos chicos que van a la escuela a matar a sus compañeros, en los cuchillos que llevan en las mochilas para amenazar. Otra vez lo pequeño, contundente, el corte y lo rápido de la muerte. El asesinato y la violencia como un suspiro terrorífico para poder respirar, y por ende existir.
Un estudiante de quince años me comenta en la escuela donde trabajo, sobre las pintadas que aparecieron en los baños, que decían que no vengan ese día porque iban a salir a matar. “Acá no va a pasar nada, yo no tengo miedo… acá se habla mucho eso no va a pasar”- dice. Por un lado era un elogio a la escuela sin duda, y a los que invitamos a la palabra todos los días y por otro lado nos da una pista de la diferencia, entre jugar a matar y matar, entre asustar y disparar.
La escuela se ofrece como escenario, propicia la violencia, pero también puede contenerla con el diálogo, puede resistir a la muerte, enseñando a jugar con los cuerpos y las palabras, porque muchos más recursos no tienen. Como dice Paulo Freire “las palabras no son inocentes; al nombrar el mundo, lo transformamos.”
Un adolescente en pleno proceso de construcción de su identidad en medio de tanto estímulo digital, donde el exceso multiplica, pero no permite la diferencia, sino que busca repetir; los docentes intentando ingresar en esos códigos con pocos recursos y los padres y madres lejos, tan lejos que ni siquiera los encuentro en la tribuna, están en la entrada o la salida de la cancha, el resultado no puede ser otro que algo corto y contundente.
La construcción identitaria actual en la adolescencia es con un público más grande, virtual y real, pero los padres quedan más desdibujados en esa gran masa que mira, y da “like” o pone “no me gusta”.
En este contexto, vemos que las situaciones de conflicto, como las amenazas en escuelas, emergen no sólo por actos aislados, sino por una sensación colectiva de incertidumbre y falta de contención.
Lacan hablaba del corte, “Hiato”, algo ahí que se produce y emerge lo inconsciente. El estilo de este tipo de apariciones es claramente un emergente, de otra escena. Escenas anteriores donde alguien estaba sufriendo en otros escenarios como la casa, la calle, el juego en red, las redes o la misma escuela. Ese sufrimiento psíquico no encontró vías de canalización, no encontró escenarios ni personas donde encontrar alivio y vías de resolución.
El montaje de estas escenas que parecen de película, pero no lo son, partieron de una ficción que luego devino guión de la muerte. En un inicio parten del recurso de simbolización y fantasía de todo niño/a, pero en el camino se pasa al acto, no se puede jugar, lo simbólico fallece y con su muerte la pulsión de muerte hace estragos.
Estamos habitando escenas que se montan ya no para jugar, sino para morir. El sujeto fallece antes, y entonces sólo puede crear escenas mortecinas donde el propio cuerpo o los otros devengan objetos.
El problema no es fantasear con morir o que otros se mueran, el problema es convertir el deseo en acto, y en ese mismo acto el primero que muere es el sujeto deseante.
En medio de todo esto la pregunta es: ¿y los padres, madres y las familias dónde están?
Hay un rapero famoso en Argentina que se llama “EMANERO”, en una de sus canciones , “SI NO HACES NADA, SOS PARTE” dice en algunas estrofas algo así:
“Mírenme, escúchenme estoy hablándoles,
y no me juzguen, yo también soy como ustedes,
en serio, solo quiero que piensen un segundo,
y si es posible que mañana otros puedan cambiar su rumbo,
Siento que quiero escapar, estoy frustrado,
y tiene la culpa el que se abusa y el que mira hacia otro lado,
muchas gracias por alimentar con bronca y desamor,
a este cuerpo de adolescente lleno de rencor”
Los adultos tenemos muchas horas con la mirada puesta en el mismo lugar que los chicos, en el celular u otra pantalla. Compartimos esos objetos, pero no los usamos en conjunto con ellos, no hay muchos padres hablando con sus hijos sobre lo que juegan en red, los videos que miran en youtube o los influencers que siguen en las redes sociales.
Nos declaramos fuera del mundo de nuestros alumnos, hijos o pacientes.
Con Nico hacemos la sesión por la plataforma zoom, en cada encuentro se conecta desde su computadora, compartimos la pantalla y él me muestra el videojuego que está diseñando; aprendió programación de forma autogestiva, viene trabajando en estos videojuego desde sus 14 años (sus padres nunca lo vieron) y hoy tiene 17. En las sesiones me muestra cómo programa cada parte del videojuego, sus personajes y elementos; ingreso con él a ese mundo y busco entender, no me apuro en hacer interpretaciones, sino que le devuelvo resonancias. Entiendo que este es el juego que me toca jugar, él programa un sistema y yo le devuelvo sensaciones, un día me dijo: nunca me había puesto a pensar qué siente “MUD”, así se llama el hombrecito que enfrenta desafíos en su juego. Desde que pudimos poner sentimientos a su creación empezó a traer más en las sesiones sus fobias, su miedo al mundo, su soledad y sus ataques de pánico en la calle.
Construimos en el escenario de la terapia un espacio grupal donde estamos inmersos, él, su Mud, y yo como terapeuta. Estamos poniendo en visibilidad la pulsión de vida en medio de su videojuego y podemos compararlo con la pulsión de muerte en sus ataques de pánico.
Entrar en sus mundos, y hablar desde allí, no encuentro otra salida. Entrar para entender, para bañar de palabras y producir con nuestros pacientes y alumnos, nuevos sentidos.
En las escuelas, es crucial crear espacios de escucha y capacitación en gestión emocional. Los docentes se olvidan que son coordinadores de grupos además de docentes, y entonces no están desplegando el oficio de ser agentes de cambio cuando detectan temprano los malestares.
Los padres y madres que también están sumergidos en el celular deben propiciar más la palabra y recuperar la buena mirada sobre sus hijos, el diálogo sin juicio y la detección de señales de aislamiento son claves.
Los chicos/as necesitan modelos de adultos coherentes. Si los adultos muestran estabilidad en su propia identidad, los chicos pueden explorar quiénes son con más tranquilidad. Acompañar desde la empatía y la estabilidad puede transformar este escenario, ayudando a que el proceso identitario de los adolescentes sea más sereno.
Los adultos que están escapando de sus roles maternos o paternos, y quieren devenir pares de sus hijos, tener un vínculo de amigos o fraternos con ellos/as no registran la orfandad que producen en sus hijos/as.
Escapar a la crianza, para sentirnos jóvenes y copados, no hace más que destruir el único sostén que estos hijos tienen para lograr que el camino no sea tan sinuoso. No solo tenemos la obligación de dialogar con los hijos/as, sino que tenemos que ver qué les decimos, qué valores transmitimos, porque ellos y ellas en ese mismo segundo en el que los adultos no les ofrecemos referencias identitarias claras, ellos/as ya recibieron muchas más y con una claridad e inmediatez mayor a nuestros silencios incómodos o nuestros monólogos.
Los/as adolescentes, nos necesitan en proximidad a sus mundos y discursos, no propongo la invasión o el no respecto de lo íntimo por parte de las madres o padres, pero sí tejer puentes de encuentro, ser más una hinchada silenciosa, para que ellos cuando den vuelta la cara para encontrarse con nuestra mirada nos encuentren allí, parados, atentos para rescatarlos a tiempo.
Bibliografía
Byung-Chul Han. La expulsión de lo distinto. Barcelona: Herder Editorial, 2017.
Deleuze, Gilles y Guattari, Félix. Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-Textos, 2004.
Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 1974.
Lacan, Jacques. Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1987.
Valéry, Paul. Elogio de la piel. París: Gallimard, 1973.
Emanero. “Si no haces nada, sos parte”. En Runflas. Sony Music Argentina, 2023.
Psicologa UBA. Especialista en Abordajes Vinculares. Psicodramatista. Formada en Hospital de niños Carolina Tobar García. Formó parte de los equipos del Hospital Italiano, Equipo de Salud Mental Pediátrica y Supervisora en Hospital de niños Ricardo Gutiérrez. Equipo de Salud mental de niños de 6 a 9 años. En el área Docente formo parte de la cátedra de teoría Técnica de grupos de la Dra. Ana María Fernández durante 16 años. Es parte de la Asesoría Pedagógica y el DOE en la Escuela Carlos Pellegrini UBA. Dicto Clases en las Universidades de Morón, Maimónides y Barceló en la Carrera de Psicología. Docente invitada en la Universidad de la República. Uruguay.
Forma parte del plantel de docentes extranjeros en APPIA. Asociación de Psicopatología y Psiquiatría de la Infancia y la Adolescencia de Uruguay. Realiza supervisiones y capacitaciones a instituciones educativas, equipos multidisciplinarios y colegas en el marco de los dispositivos grupales para niños y adolescentes clínicos y educativos. Difunde la psicología vincular en medios de comunicación y redes sociales.




