Desde un llamado de emergencia hacia un Sur de posibilidades en las escuelas.
1) Irrumpir y detenerse para repensar las convivencias en las escuelas secundarias de Argentina.
A veces, una situación irrumpe en la vida cotidiana de una comunidad educativa y obliga a detenerse. Aquello que hasta entonces podía permanecer disperso —preocupaciones, tensiones, conflictos en los vínculos, demandas de acompañamiento o problemas que no encontraban un espacio común de elaboración— adquiere, a partir de ese acontecimiento, una nueva visibilidad. La emergencia interrumpe la cotidianeidad, instala preguntas y demanda respuestas. Pero también puede abrir la posibilidad de mirar de otro modo aquello que ya estaba allí.
En abril de 2026, una serie de amenazas de tiroteos en escuelas produjo una situación de alarma que alcanzó a establecimientos educativos de distintas ciudades y pueblos de Argentina. Los mensajes circularon por diversos medios y dieron lugar a la activación de protocolos, la intervención de autoridades y, en algunos casos, la suspensión preventiva de actividades. La circulación de amenazas alcanzó a numerosas provincias y puso en estado de alerta a comunidades educativas muy diversas. Santa Cruz no quedó al margen de esta situación. También allí se registraron amenazas, incluso en territorios alejados de los principales centros urbanos y políticos del país, como Río Turbio, una localidad patagónica situada en el extremo sur de la provincia. En esta comunidad, la amenaza alcanzó a sus escuelas secundarias públicas: en una de ellas se dispuso la suspensión de clases, mientras que en otras se resolvió sostener las actividades.
Como ocurre frente a otros acontecimientos críticos, la emergencia produjo miedo, incertidumbre y preocupación. Pero también obligó a detenerse, indagar y buscar formas de comprender colectivamente aquello que estaba sucediendo. La respuesta no quedó restringida a la activación de protocolos ni a las decisiones inmediatas destinadas a garantizar la seguridad. El acontecimiento abrió, también, preguntas acerca de las formas de acompañar a estudiantes y trabajadores de la educación, de los recursos disponibles y de las condiciones necesarias para construir respuestas que no quedaran reducidas al momento de la urgencia.
En mayo de 2026, esta necesidad de detenerse a pensar encontró un espacio en una actividad organizada por Forum Infancias, que convocó a reflexionar sobre las violencias, las conflictividades y las formas de acompañamiento en las comunidades educativas. El encuentro permitió poner en circulación distintas experiencias y saberes, recuperando perspectivas provenientes de diversos campos de trabajo y construyendo un espacio de intercambio en torno a las situaciones que atraviesan actualmente las escuelas.
Un mes más tarde, en junio, Río Turbio volvió a constituirse en escenario de encuentro y elaboración colectiva con las 1.ª Jornadas Regionales de Convivencia Escolar y Nuevas Conflictividades, desarrolladas los días 11, 12 y 13 de junio por la Secretaría de Extensión de la Unidad Académica Río Turbio de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral (UART-UNPA) y el Centro de Universidades Nacionales El Calafate (CUNEC). Las jornadas fueron declaradas de interés provincial por la Cámara de Diputados de Santa Cruz, en reconocimiento a su aporte a la construcción democrática de acuerdos de convivencia y a la participación de docentes y profesionales de la educación.
Más allá de las particularidades de cada propuesta, estos espacios permiten advertir un movimiento que resulta significativo: frente a una situación que inicialmente convoca desde la alarma, pueden construirse otras formas de convocatoria. El llamado urgente puede transformarse en encuentro; la preocupación, en pregunta; la pregunta, en intercambio de saberes; y ese intercambio, en la búsqueda y producción de herramientas para intervenir.
Es precisamente en ese desplazamiento donde se sitúa la preocupación que orienta este artículo. ¿Qué sucede cuando una comunidad educativa no se limita a responder ante aquello que irrumpe, sino que utiliza la situación para revisar sus modos de comprender los problemas y construir respuestas? ¿Qué herramientas permiten pasar de la reacción frente a un acontecimiento a la elaboración de estrategias de cuidado y convivencia? ¿Cómo se construyen esas herramientas? ¿Quiénes participan en su producción? ¿Qué saberes se ponen en juego y cuáles quedan por fuera? ¿Qué condiciones favorecen que una experiencia de intervención pueda convertirse en aprendizaje para la institución y no quedar circunscrita a la resolución de un episodio particular?
Estas preguntas no surgen solamente de la coyuntura, forman parte de un campo de preocupaciones que ha sido abordado por diferentes investigaciones y experiencias de trabajo en el campo educativo. En esa sintonía, resulta pertinente citar una investigación desarrollada en una escuela secundaria pública de La Plata, a partir de una trayectoria de trabajo sostenida entre la institución educativa y la Universidad Nacional de La Plata entre 2014 y 2021, con una actualización posterior de la experiencia (Mazú, 2026).
El estudio reconstruye y analiza los procesos mediante los cuales distintos actores institucionales y universitarios construyeron conocimientos, problemas, estrategias y herramientas en torno a la convivencia y las violencias escolares, atendiendo particularmente a las formas de intervención, a los procesos de articulación entre actores y a las posibilidades de apropiación y transformación de lo construido. El recorrido por esta experiencia permite desplazar la mirada de la respuesta inmediata hacia los procesos, saberes, relaciones y decisiones que hacen posible —o dificultan— que una intervención, una práctica o un conocimiento construido en situación pueda constituirse en un recurso para abordar situaciones futuras. Desde esta perspectiva, adquiere especial relevancia, frente a situaciones de emergencia, una pregunta que orienta la indagación: ¿cómo se construye aquello que luego puede convertirse en una herramienta para intervenir?
Esta investigación nos invita a considerar que las herramientas de intervención no son objetos neutrales ni recursos que puedan simplemente aplicarse a problemas previamente definidos. Se construyen en tramas concretas de relaciones, saberes, experiencias, instituciones y contextos. Una entrevista, un registro, un acuerdo de convivencia, un dispositivo de reflexión, una actividad grupal, un instrumento de análisis o una propuesta de intervención adquieren sentidos diferentes según quiénes los producen, para qué problemas los construyen, cómo los utilizan y qué posibilidades abren para comprender aquello que sucede.
Desde esta mirada, investigar las herramientas implica también investigar los modos de construir los problemas. No es lo mismo interpretar una situación de violencia como el resultado de una conducta individual que comprenderla como una configuración situada, relacional e institucional. Tampoco es lo mismo intervenir desde una respuesta exclusivamente reactiva que construir dispositivos capaces de generar reflexión, participación y aprendizaje colectivo. Estas diferencias modifican aquello que puede ser visto, las preguntas que pueden formularse y, por lo tanto, el campo de respuestas que una comunidad educativa puede construir.
El recorrido realizado en la investigación permitió reconocer esta heterogeneidad y reconstruir las diferentes formas en que, a lo largo del período estudiado, distintos actores comprendieron las situaciones escolares y se posicionaron frente a ellas. El análisis permitió identificar movimientos hacia explicaciones progresivamente más complejas, contextuales y relacionales, aunque estos no se desarrollaron de manera lineal ni homogénea. Asimismo, se hicieron visibles tensiones entre respuestas centradas en la resolución de situaciones urgentes y procesos orientados a la construcción de herramientas para la reflexión, la planificación y la acción, así como entre dispositivos elaborados desde fuera de la institución y aquellos que pudieron ser apropiados, resignificados y transformados por quienes participan cotidianamente de la vida escolar.
También se reconocieron diferencias en los modos de abordar la urgencia: junto con intervenciones orientadas a la prevención, la promoción de derechos y la inclusión, y con acciones que procuraban involucrar a distintos actores y construir respuestas de carácter colectivo, coexistieron intervenciones más acotadas, individuales y centradas en la sanción o en la resolución inmediata de situaciones particulares. Estas diferencias no remiten únicamente a las acciones desarrolladas, sino también a las distintas maneras de delimitar los problemas, definir los actores involucrados y construir los sentidos que orientan la intervención.
Una heterogeneidad de respuestas e intervenciones puede reconocerse también en la experiencia reciente de Río Turbio, aunque situada en otro contexto y frente a una coyuntura diferente. Ante las situaciones que generaron preocupación y demanda de respuestas, se desplegaron intervenciones colectivas y se movilizaron distintos actores e instituciones, junto con respuestas de carácter terapéutico individual, sancionatorio y judicial. En determinados casos, niños, niñas y adolescentes vinculados con acciones agresivas o con la realización de inscripciones en las paredes que anunciaban un posible «tiroteo» fueron derivados a espacios terapéuticos individuales de carácter clínico, configurando una modalidad de abordaje centrada en el sujeto y en su situación particular, o atravesaron medidas de carácter judicial, entre ellas la realización de «tareas comunitarias».
Junto con estas respuestas, coexistieron otras formas de intervención que implicaron la participación de diferentes actores e instituciones y procuraron abordar los hechos desde una dimensión grupal y colectiva. De este modo, frente a una misma coyuntura, se desplegaron diferentes modos de construir el problema, de delimitar aquello sobre lo que se intervenía, de definir quiénes participaban de la intervención y de seleccionar las herramientas y estrategias para hacerlo.
Recuperando los hallazgos de la investigación y utilizándolos como referencia para repensar otros contextos, como el de Río Turbio, resulta posible volver sobre la pregunta que abre este artículo: frente a una situación de emergencia, las comunidades educativas pueden desplegar diferentes modos de comprender lo que acontece, de definir el lugar que se asume frente a ello y de decidir cómo intervenir. Pero también podemos preguntarnos: ¿Se responde frente a la urgencia? ¿De qué manera? ¿Con qué herramientas? Estas preguntas no remiten solamente a las acciones desarrolladas en un momento determinado, sino también a los procesos mediante los cuales se construyen respuestas y se ponen en juego saberes, herramientas y formas de articulación entre actores.
A partir de allí, la indagación puede extenderse hacia lo que sucede con aquello que se construye en esas intervenciones. ¿Qué ocurre posteriormente con las herramientas utilizadas o producidas? ¿Cuáles permanecen y cuáles se transforman? ¿Qué procesos permiten comprender esas permanencias y transformaciones? ¿Hay intervenciones que son retomadas, modificadas o resignificadas? ¿Hay herramientas o conocimientos que se transforman a partir de nuevas experiencias? ¿Qué experiencias logran incorporarse a las prácticas institucionales y cuáles permanecen vinculadas a la situación que les dio origen?
Estas preguntas permiten reconocer diferentes formas en que una intervención puede inscribirse en la experiencia institucional, sin establecer una jerarquía entre ellas. Algunas pueden constituir respuestas aisladas ante un acontecimiento; otras pueden ser retomadas en situaciones posteriores, conservando su carácter situado o adquiriendo nuevas significaciones; y otras pueden comenzar a formar parte de un repertorio compartido para pensar y actuar frente a situaciones presentes o futuras. Ese repertorio puede construirse institucionalmente, entre distintos actores, o circunscribirse a determinados grupos o sectores que participan de la experiencia.
Desde esta perspectiva, el interés no reside únicamente en identificar qué se hizo frente a una emergencia, sino en reconstruir los procesos posteriores mediante los cuales determinadas intervenciones, herramientas y conocimientos pueden permanecer, modificarse, articularse con otros saberes o adquirir nuevos sentidos. Una experiencia situada no constituye por sí misma un modelo trasladable a otras situaciones; sin embargo, puede ofrecer elementos para volver sobre otras experiencias, formular nuevas preguntas, revisar herramientas y repensar modos de intervenir. Lo construido en una experiencia puede, de este modo, adquirir disponibilidad para otros actores y otros contextos, no como una respuesta predeterminada, sino como un punto de referencia desde el cual interrogar nuevas situaciones y construir, en ellas, otras respuestas.
2) Herramientas e intervenciones: distintas formas de construir respuestas
Pensar las herramientas de intervención supone preguntarse, en primer lugar, sobre qué problema se interviene y cómo ese problema es construido. En los escenarios educativos, las situaciones no se presentan como objetos completamente definidos de antemano: aquello que se recorta como problema orienta las preguntas, las acciones posibles y también las herramientas que se consideran pertinentes (Erausquin & D’Arcangelo, 2018).
Desde una perspectiva histórico-cultural, las herramientas pueden comprenderse como mediaciones que participan en la organización de la actividad y en las posibilidades de acción de quienes intervienen (Vygotsky, 1988). En las instituciones educativas pueden asumir formas muy diversas: protocolos, acuerdos, registros, entrevistas, dispositivos de reflexión, propuestas grupales, guías de actuación o recursos construidos específicamente para una situación. No constituyen, por sí mismas, soluciones. Su sentido y sus posibilidades dependen de cómo se articulan con el problema, con los actores y con las condiciones concretas en las que son utilizadas.
En este punto resulta particularmente productiva la Matriz Multidimensional de Análisis Complejo M1: Intervención del profesional sobre problemas situados en contexto educativo de Erausquin (2019), que organiza el análisis en cuatro dimensiones: situación-problema, intervención profesional, herramientas y resultados y atribución de causas de éxito o fracaso. La matriz permite atender a la complejidad con que se construye el problema —desde su descripción y explicación hasta su historización, las relaciones de causalidad y su inscripción en una trama interpersonal—, así como a quiénes deciden e intervienen, los objetivos y acciones desplegadas, la pertinencia de la intervención y los resultados reconocidos. En relación con las herramientas, considera específicamente su unicidad o multiplicidad y su carácter genérico o específico, permitiendo analizar no solo qué recursos se utilizan, sino también cómo se articulan con la situación-problema y con las características de la intervención (Erausquin, 2019).
Esta perspectiva permite complejizar la relación entre herramienta e intervención. Desde la perspectiva histórico-cultural, la herramienta no constituye un recurso aislado, sino una mediación que participa de la actividad y adquiere sentido en las relaciones concretas en las que es utilizada (Vygotsky, 1988). La M1 de Erausquin (2019) permite analizar esta dimensión situándola en relación con el problema construido y con las características de la intervención: una herramienta puede ser única o formar parte de un conjunto de recursos articulados, así como presentar un carácter genérico o específico. Por ello, tener una herramienta no es necesariamente lo mismo que construir una práctica con ella. Su utilización supone decisiones, interpretaciones y ajustes situados, en los que puede adquirir nuevos sentidos, combinarse con otras o requerir modificaciones según las condiciones concretas de la situación.
En este sentido, la perspectiva de Meirieu (2016) permite profundizar la dimensión pedagógica de la intervención. La acción educativa supone una responsabilidad por la creación y el sostenimiento de condiciones que hagan posible una experiencia de aprendizaje, pero esta responsabilidad no implica poder determinar de antemano sus efectos. Existe una distancia entre la intención de quien interviene y aquello que efectivamente puede acontecer del lado de quienes participan. Por ello, la intervención pedagógica no puede reducirse a la aplicación de procedimientos previamente establecidos, sino que requiere decisiones y ajustes frente a lo singular de cada situación.
Un protocolo puede establecer cursos de acción necesarios frente a determinadas situaciones; un acuerdo puede organizar criterios compartidos; un registro puede permitir recuperar lo acontecido. Sin embargo, ninguno de estos recursos garantiza, por sí mismo, aquello que sucederá en la práctica. Como mediaciones, adquieren sentido en actividades y relaciones concretas, y requieren ser interpretados y utilizados por quienes participan (Vygotsky, 1988). A su vez, su pertinencia puede analizarse en relación con la situación-problema y con las características de la intervención (Erausquin, 2019). Desde la perspectiva pedagógica, intervenir supone entonces crear y sostener determinadas condiciones sin pretender controlar completamente aquello que de la intervención resulte (Meirieu, 2016).
Esto adquiere especial relevancia frente a las situaciones de emergencia. En ellas, los protocolos y procedimientos establecidos pueden resultar indispensables para responder con rapidez y cuidar a quienes integran la comunidad educativa. Pero la intervención no necesariamente termina allí. Una vez atendida la urgencia, puede abrirse otro tiempo: el de recuperar lo sucedido, revisar cómo fue construido el problema, reconocer qué saberes circularon, identificar qué herramientas resultaron pertinentes y cuáles necesitaron ser modificadas, combinadas o complementadas.
Así, las herramientas pueden ser pensadas no solamente como recursos para responder ante una situación, sino también como mediaciones que permiten producir nuevas preguntas, organizar experiencias y construir otras formas de intervenir. Sin embargo, que una experiencia de intervención pueda abrir nuevas posibilidades de acción no constituye un efecto automático de haber intervenido. Requiere espacios y procesos en los que aquello que ocurrió pueda ser recuperado, interrogado y puesto en relación con los saberes y las prácticas existentes. En ese proceso, la experiencia deja de ser solamente algo que sucedió y puede convertirse en objeto de reflexión compartida. La pregunta ya no refiere únicamente a qué herramienta utilizar frente a una situación, sino también a qué puede aportar la experiencia para comprender de otro modo el problema, construir nuevas respuestas, y producir nuevos saberes.
3) De la herramienta disponible al aprendizaje colectivo
Desde la perspectiva del aprendizaje expansivo desarrollada por Engeström (2001), podemos comenzar a comprender procesos en los que una actividad colectiva se transforma a partir de las tensiones y contradicciones que atraviesan su desarrollo. Desde esta perspectiva, aprender no supone simplemente incorporar un conocimiento o adquirir una nueva técnica, sino generar posibilidades de transformación de la actividad y construir nuevas formas de acción.
Esto permite volver sobre la relación entre intervención y herramienta desde otra mirada. Una herramienta puede resolver una necesidad inmediata y, sin embargo, no necesariamente generar transformaciones en las formas de comprender y organizar la actividad. Para que una experiencia pueda constituirse en una oportunidad de aprendizaje, aquello que ocurrió debe poder ser recuperado, interrogado y puesto en relación con las prácticas existentes. En ese proceso pueden emerger nuevos modos de comprender los problemas, nuevas herramientas o nuevas formas de organizar la intervención.
El aprendizaje, entonces, no aparece como resultado automático de haber atravesado una experiencia. Requiere condiciones que permitan detenerse, poner en común perspectivas, reconocer tensiones y construir alternativas junto con otros. La perspectiva del aprendizaje expansivo permite, en este sentido, considerar cómo determinadas tensiones y contradicciones de una actividad pueden abrir procesos de transformación y nuevas formas de acción (Engeström, 2001).
Esta perspectiva resulta especialmente relevante frente a situaciones de emergencia. Cuando una situación irrumpe, la respuesta inmediata puede ser necesaria; pero junto con ella puede abrirse la necesidad de encontrar espacios y tiempos para recuperar lo acontecido, ponerlo en palabras, intercambiar perspectivas y volver sobre los saberes disponibles. Detenerse no supone abandonar la práctica, sino generar otras condiciones para comprender aquello que en ella sucede y para afrontar la incertidumbre que muchas veces la acompaña.
En este sentido, las experiencias desarrolladas en Río Turbio permiten poner en relación la urgencia de las situaciones escolares con la necesidad de construir espacios de encuentro. Frente a las amenazas que irrumpieron en las escuelas, se desplegaron respuestas vinculadas a la urgencia y a la seguridad. Posteriormente, la actividad de Forum Infancias y las Jornadas Regionales de Convivencia Escolar y Nuevas Conflictividades ofrecieron otros escenarios, con actores y propósitos diversos, en los que fue posible encontrarse con otros, intercambiar experiencias y poner en circulación diferentes saberes. Estas experiencias permiten recuperar, sin atribuirles un resultado determinado, la posibilidad de que una situación inicialmente atravesada por la urgencia pueda abrir también tiempos y espacios para su lectura, para el diálogo entre quienes intervienen desde distintos lugares y para la construcción de otras posibilidades de respuesta.
Es allí donde adquiere particular relevancia pensar estas experiencias desde un Sur. Si los problemas que atraviesan las escuelas se construyen en territorios concretos, la producción de los saberes necesarios para abordarlos no se concentra exclusivamente en los centros desde los cuales se diseñan políticas, protocolos o conocimientos expertos. Esos saberes también se construyen en las instituciones, en las comunidades y en las experiencias de quienes habitan y trabajan cotidianamente en ellas. El Sur, en este sentido, no refiere solamente a una ubicación geográfica, sino a una posición desde la cual reconocer saberes situados, experiencias históricas y otras formas posibles de producir conocimiento y respuesta (de Sousa Santos, 2009).
Desde esta perspectiva, los espacios de encuentro pueden adquirir otro sentido. No se trata de que la teoría llegue al territorio para ofrecer respuestas previamente elaboradas, ni de que la práctica sea considerada únicamente como el lugar donde esas respuestas se aplican. Se trata de generar condiciones para que teoría y práctica puedan ponerse en diálogo, y para que ese diálogo reúna también distintas generaciones, roles y experiencias.
En la propuesta de Forum Infancias en Santa Cruz, por ejemplo, se compartieron algunos resultados de la investigación desarrollada en La Plata. En esa misma instancia, una adolescente santacruceña compartió su experiencia en el aula y la manera en que interpelaba a las y los docentes de su territorio a pensar la convivencia. El encuentro no quedó reducido, entonces, a la transmisión de un conocimiento producido en otro lugar: permitió poner en relación experiencias, saberes y posiciones diferentes, haciendo de aquello que se llevaba como aporte una posibilidad para el intercambio y la construcción conjunta.
Leer, estudiar y recuperar experiencias puede constituir, así, una forma de acompañar la práctica sin pretender clausurar su incertidumbre. También puede ofrecer un tiempo para elaborar aquello que en la urgencia aparece fragmentado, para volver sobre preguntas que la intervención inmediata no siempre permite formular y para encontrar, junto con otros, herramientas conceptuales y prácticas que permitan afrontar de otros modos lo que acontece.
Las herramientas pueden entonces ser apropiadas, modificadas, combinadas y también construidas en el encuentro con cada comunidad, pero no siempre ocurre así. Intervenir supone construir una lectura del problema, tomar decisiones, poner saberes en diálogo y revisar lo producido a partir de la experiencia. Quienes participan de las situaciones educativas no son solamente destinatarios de herramientas elaboradas en otros espacios, sino también sujetos capaces de producir, transformar y poner en circulación saberes a partir de sus propias experiencias.
La experiencia reciente de Santa Cruz permite, a su vez, introducir otra dimensión de este problema. Las y los docentes venían trabajando con los protocolos establecidos a partir de la Resolución 1500/22, construyendo en la práctica modos de interpretarlos y utilizarlos frente a situaciones concretas. En un contexto caracterizado por un fuerte desborde de las situaciones escolares, esos marcos fueron dejados sin efecto en el proceso de implementación de la nueva guía “Escuelas que acompañan en comunidad: herramientas para la prevención y el cuidado de las infancias y adolescencias en el ámbito educativo”, aprobada mediante el Acuerdo 717/2025 del Consejo Provincial de Educación y cuya implementación comenzó formalmente en abril de 2026. De este modo, no se produjo solamente la incorporación de una nueva herramienta: también se modificaron los marcos desde los cuales las instituciones venían organizando sus intervenciones, junto con los saberes y referencias construidos en torno a ellos.
Este movimiento permite advertir que la transformación de las prácticas no depende únicamente de la disponibilidad de nuevas herramientas. También involucra quién define los problemas, quién establece los modos de intervención, qué saberes son reconocidos y qué lugar tienen las experiencias construidas en las instituciones. En el caso señalado, una decisión adoptada desde el gobierno provincial reorganizó los marcos de intervención en un momento de especial complejidad, desplazando referencias con las que las escuelas ya venían trabajando. Esto permite reconocer una tensión entre una reorganización definida desde una instancia de gobierno y los procesos de apropiación, interpretación y construcción que se habían desarrollado en el territorio.
Esta tensión resulta central para pensar el Sur. Si los problemas escolares se construyen en territorios concretos y allí también se producen saberes sobre cómo comprenderlos y abordarlos, el Sur supone que esos saberes puedan participar efectivamente en la definición de las respuestas y en la transformación de las prácticas. Cuando las decisiones que reorganizan la actividad se establecen fundamentalmente desde fuera de esos procesos, puede producirse un desplazamiento de los saberes situados y de las formas de intervención que las instituciones habían construido. Por ello, el Sur no está garantizado por afirmar que una política o una herramienta fue elaborada “con otros”: también requiere atender a quiénes participan efectivamente, qué saberes intervienen en la decisión y qué posibilidades quedan abiertas para que las instituciones interpreten, apropien y transformen aquello que se les propone.
La experiencia de Santa Cruz permite así poner en tensión dos formas de organizar la respuesta frente a las situaciones escolares: por un lado, aquellas que se construyen progresivamente en la experiencia cotidiana de las instituciones; por otro, aquellas que se establecen mediante decisiones normativas que buscan ordenar y unificar las intervenciones. La cuestión no consiste en optar de antemano por una de ellas, sino en interrogar las condiciones en que ambas pueden entrar en diálogo y en reconocer los efectos que produce su articulación —o su falta de articulación— en las prácticas concretas.
Quizás allí se encuentre el desplazamiento que propone este artículo: del llamado de emergencia hacia un Sur de posibilidades. No se trata de negar la urgencia ni de reemplazar los protocolos necesarios, sino de reconocer que, entre una emergencia y otra, también puede haber tiempo y espacio para encontrarse con otros, estudiar, escuchar y leer las experiencias, interrogar las herramientas disponibles y construir saberes situados. Un Sur de posibilidades supone, entonces, no una respuesta cerrada frente a la emergencia, sino la apertura de condiciones para que quienes habitan y trabajan en las escuelas puedan, junto con otros saberes y otras miradas, construir nuevas posibilidades de comprensión y acción.
Bibliografía
De Sousa Santos, B. (2009). Una epistemología del Sur: La reinvención del conocimiento y la emancipación social. Siglo XXI Editores.
Erausquin, C., & D’Arcangelo, M. (2018). Unidades de análisis para la construcción de conocimientos e intervenciones en escenarios educativos. En Interpelando entramados de experiencias. Cruce de fronteras e implicación psico-educativa entre universidad y escuelas. La Plata: EDULP. El texto está disponible en acceso abierto en Aacademica.
Erausquin, Cristina (2019). Intervención del profesional sobre problemas situados en contexto educativo. Aprendizaje Expansivo de agentes educativos. Manual de uso. CABA: PsiDispa
Engeström, Y. (2001). Expansive learning at work: Toward an activity theoretical reconceptualization. Journal of Education and Work, 14(1), 133–156. https://doi.org/10.1080/13639080020028747
Mazú, A. Y. (2026). Entramado de saberes para construir convivencias en una escuela secundaria [Tesis de maestría en Psicología Educacional en elaboración]. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires.
Meirieu, P. (2016). Recuperar la pedagogía: De lugares comunes a conceptos claves. Buenos Aires: Paidós.
Vygotsky, L. (1988). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Barcelona, Crítica
Adamna Mazú
Lic. y Prof. en Psicología
Egresada de la Universidad Nacional de La Plata
Candidata a Magister en Psicología Educacional – UBA.
Doctoranda en Salud Mental Comunitaria – UNLA
Miembro del Forum Infancias Santa Cruz










