La potencia de la ternura
“…Cuida de mis sueños
Cuida de mi vida
Cuida a quien te quiere
Cuida a quien te cuida
No maltrates nunca mi fragilidad.
Yo seré el abrazo que te alivia.
…No maltrates nunca mi fragilidad.
Soy la fortaleza de mañana. Soy la fortaleza de mañana.”Pedro Guerra. Cuidame.
Anne Doufourmantelle (2021) se pregunta: “La dulzura ¿alcanza para curar? No está provista de ningún saber. La aprehensión de la vulnerabilidad de un prójimo no puede darse, en un sujeto, sin el reconocimiento de su propia fragilidad. Esta aceptación es una fuerza, hace de la dulzura un grado más elevado en la compasión, que el simple cuidado. Compadecerse, “padecer con”, es experimentar con el otro lo que él experimenta, sin ceder a ello. Es dejarse afectar por un prójimo, por su pena o su dolor, y contener ese dolor llevándolo a otra parte”. La compasión, a diferencia de la empatía, es una experiencia de profunda alteridad, contornea la otredad en su sesgo más insondable. No se trata, como propone el discurso empático, de ponerse en el lugar del otro desde el modelo de la identificación, sino que exige el esfuerzo de pensar la diferencia.
En tiempos donde predominan los discursos de odio, la intolerancia, la autodestrucción, la aniquilación de la naturaleza, el gatillo fácil de los diagnósticos y la cosificación de los sujetos, considero fundamental sostener prácticas que tengan por principios la ternura y la hospitalidad. Y esa decisión no sólo es ética, también es política.
No es un tiempo fácil para las infancias, hoy en nuestro país la mitad de los niños viven bajo la línea de pobreza. Las estadísticas de abuso sexual infantil van en aumento, como también ascienden las enfermedades de transmisión sexual como el HIV, la sífilis, y los suicidios adolescentes. En el mundo del revés en lugar de mejorar las condiciones de asistencia a las víctimas se persigue y se hostiga a los profesionales que se comprometen en las causas de abuso sexual infantil acusándolos de realizar falsas denuncias, se propone bajar la edad de punibilidad en lugar de invertir en mayores recursos para proteger las infancias. El vaciamiento de la educación y la salud públicas son una clara representación del desinterés que representa hoy la infancia como apuesta al presente, no sólo como ilusión del porvenir. Formas del desamparo al que quedan expuestos miles de niños y adolescentes. En muchos lugares del país la proeza de llegar a la escuela se ha transformado en la expresión vergonzosa del estado de abandono y desprotección en el que se encuentra la infancia. Para la meritocracia y el voluntarismo es un problema individual, explicación racional y justificada de la ausencia del estado. Como contracara aparecen malestares psíquicos cada vez más habituales, como el remordimiento, la depresión, la conducta antisocial, la apatía, la abulia, la deserción escolar, las adicciones y las ideaciones suicidas. Como dice Byun Chul Han (2014) “Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace responsable a sí mismo y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema. En esto consiste la inteligencia del régimen neoliberal. Dirigiendo la agresividad hacia sí mismo el explotado no se convierte en revolucionario, sino en depresivo”.
La falta de oportunidades, el individualismo, el ataque a los lazos colectivos y solidarios y la naturalización de la crueldad predominan en los comportamientos y los modos de pensamiento actual. Hay una permanente y visible cosificación y degradación de los sujetos a la condición de objetos: de uso, de investigación, de dominación, o de consumo. Si la modernidad construyó un ideal de niño como padre del hombre, la neo-postmodernidad impone una idea maquinal del hombre que debe adaptarse a ritmos vertiginosos y adrenalínicos. El tiempo se licúa así en urgencias que atender.
Las instituciones encargadas de cuidar y proteger las infancias hoy se encuentran en una profunda crisis de confianza. Como dicen Corea y Lewcowicz (2004) “La niñez es un invento moderno: es el resultado histórico de un conjunto de prácticas promovidas desde el Estado burgués que, a su vez, lo sustentaron. Las prácticas de conservación de los hijos, el higienismo, la filantropía y el control de la población dieron lugar a la familia burguesa, espacio privilegiado, durante la modernidad, de contención de niños. La escuela y el juzgado de menores también se ocuparon de los vástagos: la primera, educando la conciencia del hombre futuro; el segundo, promoviendo la figura del padre en el lugar de la ley, como sostén simbólico de la familia. Ninguna de estas operaciones prácticas se llevó a cabo sin compulsión sobre los individuos; todas ellas terminarían finalmente por consolidar los lugares diferenciados que niños y adultos ocuparían como hijos y padres en la institución familiar naciente. De modo que no hay infancia si no es por la intervención práctica de un numeroso conjunto de instituciones modernas de resguardo, tutela y asistencia de la niñez. En consecuencia, cuando esas instituciones tambalean, la producción de la infancia se ve amenazada”.
La modernidad líquida ha transformado el mundo en un lugar incierto, y cambiante, eso tiene serias consecuencias en la producción de subjetividad y en las biografías singulares. Los adultos están cada vez más expuestos a vivencias de inseguridad, exclusión y desamparo, inmersos en situaciones de angustia por mantener niveles básicos de estabilidad económica y laboral. La preocupación por no caerse del mapa de la inclusión deviene en expulsión, la prevención en predicción. El miedo al futuro cortocircuita los ritmos de infancia, la angustia por la exclusión es un terror social que genera mayor odio y segregación.
Walter Kohan sostiene que la infancia más que un tiempo en el calendario es una forma de sensibilidad, una manera de experimentar el mundo y de relacionarse con quienes lo habitamos. Es una fuerza vital, es una pregunta, también es una fuerza transformadora que nos permite pensar que no somos de una vez y para siempre. Por eso cuidar la infancia no sólo es atender a las necesidades de protección y abrigo, también es una apuesta a preservar todas las formas de la sensibilidad. Es mantener encendido el fuego de la curiosidad, la creatividad y el entusiasmo, más allá del calendario. Porque la infancia, si bien transcurre en un tiempo, no corresponde exclusivamente a una edad cronológica. La escuela, en cambio, está comandada por Chronos, tiempo sucesivo y continuo, suma de un pasado, un presente y un futuro, tiempo donde los sucesos entran en alguna medida. Todo allí debe ser medible y sucesivo, encontramos poco de lo que en la Grecia clásica se definía como Aiòn (que es el tiempo de experienciar) y de Kairòs (el tiempo de la oportunidad). Se espera que los niños aprendan las respuestas necesarias para una vida productiva y eficaz, y que puedan alcanzar los resultados de éxito esperados. Las preocupaciones por una vida útil y exitosa muchas veces desalojan a los niños de sus tiempos de infancia y esto tiene consecuencias en la subjetividad que se va empobreciendo de experiencias.
La infancia está en riesgo cuando se pierde la capacidad de dulzura y de ternura, cuando se la quiere poner bajo control o domesticación, también cuando se la desampara de gestos de cuidado y de protección. Cuando los adultos abdican de su lugar de sostén o contención y la dejan a la merced de sus propias pulsiones, sin red. Cuando el mundo, atravesado por el odio, la falta de esperanza, la violencia, la impotencia o el sinsentido, se corre de su función de protección y la desampara. Por eso, quienes trabajamos con niños y adolescentes no podemos ser neutrales ante el dolor o la crueldad, necesitamos intervenciones que apuesten a la ternura, al juego, a la creatividad y a la sensibilidad.
La época actual fomenta una cultura del éxito individual al que eleva como bandera e ideal. Cultiva narcisismos fuertes y agresivos. Capitalismo del Yo (2021) lo llamó Constanza Michelson, el mundo se divide entre vencedores y vencidos. Época de narcisismos hipertróficos en los que se alienta una idea de individuo conquistador, el yo se expande y avanza con agresividad sobre el semejante, o se inhibe, se retrae y se encierra en sentimientos de insuficiencia o de insignificancia.
Jaime Fernández Miranda (2026) plantea que la autodeterminación, el autoengendramiento y la autosuficiencia, son las formas discursivas que modelan la subjetividad actual. Reconoce en esos tres conceptos la fundamentación teórica de ciertos narcisismos hipertróficos. Subjetividades que funcionan desconociendo la necesidad y la dependencia del otro, que rechazan cualquier vivencia de fragilidad. Se trata de sujetos que no necesitan que nadie les diga qué hacer, ya que son autosuficientes, funcionan desconociendo la necesidad y la dependencia del otro rechazando cualquier vivencia de fragilidad. Hay una tensión constante entre un paradigma cultural que fomenta el individualismo y el sálvese quien pueda por encima de toda ética de la convivencia y el cuidado del otro como forma del lazo social. Sin embargo, no hay yo sin otro, la vida emocional no surge del esfuerzo individual, sino de la confiabilidad del entorno. El sujeto inicia su existencia no desde la interioridad, sino desde la dependencia; no desde la potencia, sino desde la vulnerabilidad; no desde la diferenciación, sino desde la fusión. Como dice Winnicott, el bebé no sabe que existe: existe porque alguien lo sostiene. Con un entorno consistente, el self florece; si en cambio, ese entorno falla en exceso, el self se repliega, se defiende, se escinde o se desconecta. Por eso son tan importantes las experiencias de cuidado en la infancia. Obrar con ternura, es tener miramiento por quien está en una situación asimétrica y responder adecuadamente, generando los cimientos de la compasión, la ética y la empatía. Estas acciones de cuidado dejan huellas, se inscriben en el psiquismo infantil como confianza. Esta confianza está en la base de la transferencia, promueve la creencia en el otro como alguien capaz de conmoverse, otro que acudirá al llamado, que estará allí para calmar, para contener, alimentar o abrigar.
En el libro La expulsión de lo distinto (2018), Byun Chul Han reflexiona sobre la dificultad de escuchar lo más singular sin expulsarlo o clasificarlo en alguna serie donde se busque hacerlo igual a otros discursos. Escuchar implica salir de la lógica del likear para hacer lugar a lo que él llama la función del oyente. El psicoanálisis sabe de eso mucho antes de la propuesta de Byun, pero no es para desestimar su propuesta de reivindicar la importancia de hablar y escuchar en tiempos de sorderas tecnológicas y tecnócraticas.
Un adolescente pide en sesión «necesito que me escuchen», cansado de sentirse invisible y que su palabra no tenga valor, pide a su analista que se interese por él y lo convalide. Como el personaje de la novela Ácido Sulfúrico (2005) de Amelie Nothomb que le dice a la psiquiatra «Yo quiero existir para usted». Escuchar no es lo mismo que oír, es poner atención, es dar visibilidad al sufrimiento, a lo que esconde el malestar. Es hacer lugar a lo más íntimo y singular de cada padecimiento subjetivo, para poder transformar ese dolor y llevarlo a otra parte. En tiempos de desamparo es importante un psicoanálisis que tenga capacidad de amparar: con juegos, palabras, interpretaciones y construcciones. Que pueda escuchar el tropiezo, el lapsus o el síntoma no como fallas o errores sino como producciones subjetivas y que dirija allí su interés. Que no sea neutral ni indiferente, que tenga la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento o la injusticia.
“La Dulzura es un enigma” dice la escritora Anne Doufourmantelle (2021) es potencia porque comprende una intensidad capaz de transformar. Es un acto, un gesto, una fuerza simbólica, una forma de sensualidad. Es una reminiscencia de la infancia, donde lo imaginario se reúne con lo real. “La dulzura es inquietante”, es la transferencia de la sensibilidad, tacto, sentidos, pertenencia, trasciende al género humano. Es pensamiento y pulsión. No tiene tiempo, ni espacio, ni reglas, es salvaje, animal, carne viva y divinidad por lo tanto también es peligrosa. “Establece lazos” existe con la presencia de otro ser, se retroalimenta. “El caballo puede ser guiado, adiestrado, embridado, golpeado con la fusta, más solo estará en armonía con el caballero si este sabe encontrar con dulzura la ligereza de la mano y el movimiento con el que ajustarse a la andadura del animal. Hay en la equitación un arte de la dulzura que no se puede comparar con ningún otro”.
Sostener prácticas e intervenciones hospitalarias, atender las manifestaciones de sufrimiento infantil en todas sus formas, escuchar la palabra de los niños, las niñas y los adolescentes y darles voz; amparar, contener y guiar, son gestos de ternura y constituyen una defensa y un cuidado hacia la infancia. La dulzura no es una simple suavidad sino una fuerza con potencia transformadora que atraviesa la vida cotidiana, la política y la psique humana. Es una fuerza capaz de ofrecer resistencia simbólica y fomentar la autenticidad en las relaciones. Ese es su verdadero poder.
Referencias Bibliográficas
Chul Han, Buy (2014) Psicopolítica. Herder.
Corea, Cristina, Ignacio Lewcowicz (2004) Pedagogía del aburrido. Escuelas destituidas, familias perplejas. Paidós.
Doufourmantelle, Anne (2021) Potencia de la dulzura. Nocturna editora.
Nothomb, Amelie (2005) Ácido Sulfúrico. Anagrama.
Psicóloga,
Psicoanalista.
Especialista en Psicoanálisis con niños.
Autora de «Defensa de la Infancia», Letra viva editorial.
Miembro de la Asociación Civil Forum Infancias CABA.










