Infancias y Adolescencias en tensión: entre el cuidado y el desamparo.
¡Me quiero morir!:
El amparo y el entorno adulto frente al agobio adolescente
Frase dolorosa pero cierta en la contemporaneidad.
Empecé a preguntar con más cuidado, a jóvenes y adolescentes en consulta por situaciones que implicaban riesgo de vida, sobre cómo vivieron el tiempo de pandemia y postpandemia. No por registrar las vivencias durante la situación producida en los inicios de su preadolescencia o adolescencia, sino porque referían insistentemente que había sido un tiempo clausurado, suspendido, etéreo. Tiempo que no podían agarrar, que habían perdido y que no sabían -ni podían- recuperar. Me preguntaba sobre las implicancias de vivir un tiempo con esas cualidades en momentos donde la vida y su cuerpo en especial, les hablaban permanentemente de incertidumbre, desconcierto y caos.
“¡Ni me acuerdo cómo eran las clases!, solo se que yo tenía que empezar 1er año y lo único que tenía enfrente era la computadora que antes amaba y ahora odiaba y mis hermanos corriendo por la casa¨, me dice Caro de 20 años, entre furiosa y desconcertada. Pide consulta porque hace un tiempo que tiene crisis, explota y clama entre gritos a sus padres y hermanos por razones mínimas y se siente tan mal que quiere morirse. Cómo explicarle a una joven que el aislamiento y la proximidad a la familia habían sido un cuidado si ella se vivía insistentemente sin vida durante el 2020. La vida era crecer, y crecer era compañeros de su edad con quienes reflejarse para construir un tiempo de cierta certidumbre de transformación.
Los adultos habían vivido ese tiempo de pandemia con la expectativa de que terminara pronto, se volviera a un tiempo de cierta normalidad e incluso, con la esperanza de mejorar algunas circunstancias de su entorno, pero que sortearon muchas veces a través de momentos de extrema zozobra o de muerte directa. No olvidaron la pandemia, pero podían reconocer que había implicado en su historia de vida.
Para los adolescentes de ese entonces era una promesa incumplida, un fracaso del mundo, una historia incierta y no procesada.
Caro transitaba un tiempo de agobio y desgano desde hacía un par de años, no lo relacionaba con otra cosa que no fuera el desencuentro con el deseo perdido hacía mucho.
La pandemia y el aislamiento agudizaron una situación que ya era preocupante con anterioridad. En Argentina, el aumento de más del 40% de los suicidios, los intentos de suicidio, las autolesiones y las intoxicaciones o sobredosis hablan claramente de un problema que se ha tornado frecuente pero que no por ello es sencillo de abordar desde la clínica ni desde las gestiones comunitarias. Este aumento figura entre los de mayor gravedad. Otras enfermedades no alcanzan estos porcentajes y ya vienen siendo atendidas incluso desde hace tiempo en los ámbitos de salud. La salud mental en adolescentes es hoy una realidad dolorosa. Toca de cerca a la población que antes no tenía ni siquiera indicios de que fuera un mal de nuestra época, pero se encuentra ahora sin dispositivos adecuados de intervención rápida en la emergencia en salud mental.
Ahora, ¿qué relación hay entre el deseo de morir y el desamparo del mundo adulto?
El “me quiero morir” no es un deseo de muerte, sino un grito de auxilio que busca desesperadamente un Otro que lo ampare. La pregunta que debemos hacernos como adultos no es “¿qué le pasa a este joven?”, sino “¿qué le estamos ofreciendo como entorno?”. ¿El mundo contemporáneo ofrece un modelo de amparo genuino o un desborde de insatisfacción constante, huidas frenéticas al malestar y de persistente intolerancia frente a la construcción sostenida de proyectos?
¿Cuáles son los ¨marcos¨ donde ubicar sus propios retratos si el espejo adulto donde se miran está lleno de fracturas y opacidades?
Las lastimaduras corporales no son algo nuevo, existieron en otras épocas. Ocultadas sistemáticamente por jóvenes -usualmente mujeres- que en busca de alivio recurrían al cuerpo como descarga del sufrimiento.
Soufrance tiene en francés un doble significado que resulta interesante para la clínica actual: significa sufrimiento y a la vez es la palabra que designa a un paquete que no ha sido reclamado en el correo. Algo olvidado, difuso, perdido en el pasado.
¿Qué es lo que no se reclama hoy por la vía de la palabra? ¿Qué reclamo escondido se alza como bandera por adolescentes que ni siquiera saben que enarbolan un dolor oculto desde mucho tiempo atrás?
La parentalidad ausente y la inconsistencia de valores parece tener una repitencia en cada caso clínico que se presenta en las consultas.
Los adolescentes de distintos espacios sociales refieren frases singularmente similares: ¨No soy nadie para mi familia¨, ¨Solo les importa que estudie -o que trabaje- y que no moleste¨, ¨Esperan librarse de mí lo más pronto posible¨, ¨Son egoístas, estúpidos y superficiales¨, ¨No veo la hora de irme de mi casa -pero no puedo-, así que en cualquier momento me voy del todo¨.
El desamparo no es solo psicológico, sino estructural. Muchos padres y madres, atrapados en la lógica productivista y en sus propias urgencias, delegan la crianza en las escuelas, las pantallas o los psicofármacos. La parentalidad se ha vuelto ansiosa, permisiva o, en el peor de los casos, ausente. Cuando un adolescente dice “me quiero morir”, a menudo está diciendo “no sé quién soy”, “no tengo un lugar”, “nadie me ve”.
La falta de adultos que pongan límites claros, sostenidos en argumentos sólidos y consensuados a tiempo, y que ofrezcan un sostén incondicional no es ajeno hoy, incluso aún cuando, de haberlos, no son la mayoría en una comunidad hiperconectada. El respeto, la amabilidad, la solidaridad, la ética del cuidado son fenómenos tan extraños que, cuando aparecen en algún espacio social suelen ser remarcados.
¿Ahora, por qué no pueden ponerse en palabras estos dolores extremos que padecen los jóvenes hoy? No es que no dispongan de vocabulario, sino que este está más plagado de palabras hirientes que amparadoras. Suelen tener a la mano una catarata de insultos más que palabras de gratitud y aprecio. Pero esto es lo que escuchan del mundo adulto: hartazgo y justificación del maltrato físico o psicológico como modo de defensa frente a la ausencia de equidad. Cuando el adulto también está desbordado, ausente o responde con pánico o castigo ante la angustia, los adolescentes quedan solos con su tormenta interna. Allí, el cuerpo se convierte en el único recurso disponible para intentar calmarse, aunque sea de manera destructiva.
El amparo no es una técnica ni un protocolo, sino una disposición ética y afectiva. Implica estar presente sin invadir, sostener sin asfixiar, limitar sin castigar.
Vivimos una época contradictoria. Nunca antes hubo tanta información sobre salud mental infantil y adolescente, y, sin embargo, nunca antes los jóvenes estuvieron tan solos. Las campañas de concienciación se multiplican, los protocolos de prevención del suicidio se implementan en las escuelas, y las listas de espera en salud mental crecen sin cesar. Pero algo falla en el corazón del sistema: la falta de tiempo, de presencia y de vínculos reales.
El cuidado se ha burocratizado. Se ha convertido en un checklist: “¿Hablaste con tu hijo sobre sus emociones? ¿Revisaste sus redes sociales? ¿Lo llevaste al psicólogo?”. Pero el cuidado no es una tarea que se tacha, sino una calidad de la relación. No se trata de aplicar técnicas, sino de estar disponibles. No se trata de evitar el dolor a toda costa, sino de acompañar en el dolor sin intentar taparlo con ansiolíticos o con frases hechas como “todo va a estar bien”.
El cuidado en tiempos de desamparo es hoy una paradoja. El desamparo no es solo la ausencia de cuidado, es también un cierto tipo de cuidado que no cuida: el cuidado ansioso que vigila, pero no mira, el cuidado sobreprotector que impide crecer, el cuidado tecnológico que reemplaza el abrazo por un mensaje de texto, el cuidado medicalizado que silencia el grito con un diagnóstico.
Un adolescente necesita múltiples adultos significativos: un profesor que lo inspire, un entrenador que lo contenga, un abuelo/a que lo escuche, un vecino que lo salude. La fragmentación social actual ha roto esas redes, dejando a los jóvenes en una vulnerabilidad extrema. Recuperar lo comunitario es una tarea política y ética urgente.
Esto implica para el adulto un trabajo sobre sí mismo: revisar sus propios miedos, sus propias heridas, su propia disponibilidad. No podemos dar lo que no tenemos. Un adulto que no se ha hecho cargo de su propia fragilidad difícilmente podrá sostener la fragilidad de un adolescente.
Sebastián lleva varios años de análisis desde sus 18 años, luego de transitar una adolescencia con una tristeza profunda de la mano de ideas de suicidio.
Ya en un tiempo de reflexión y avances en su trabajo, estudios y vínculos rememora sus tiempos pasados. Le pregunto si puede dibujar cómo se sentía con el maltrato de sus pares dentro de su escuela primaria (había sufrido bullying sin intervención de ninguna instancia escolar desde los 5 hasta los 10 años por tener una estatura y peso mayor al resto). Hace tres secuencias: la primera tiene tres figuras, desde el más pequeño y frágil hasta el más alto y fuerte; en la segunda me dice que es como la escuela, donde le dan a todos lo mismo para que se arreglen como puedan; la tercera representa cómo debería ser la escuela, donde el más frágil tenga alguna manera que haga a las diferencias tolerables, o que, por lo menos, la diversidad no sea una forma de crueldad, manipulación o sometimiento.
El “me quiero morir” es, en última instancia, una pregunta dirigida al mundo adulto: “¿Hay alguien ahí? ¿Valgo la pena? ¿Hay un lugar para mí?”. Nuestra respuesta, como sociedad, como familias, como educadores, definirá no solo el destino de cada joven, sino el tipo de mundo que estamos construyendo. Amparar es un acto de resistencia contra la indiferencia, contra la prisa, contra la mercantilización de los vínculos. Es apostar por la vida, incluso cuando la vida duele.
La disponibilidad no implica estar las 24 horas, sino ser predecible y confiable: “Si me necesitas, voy a estar”.
Referencias Bibliográficas
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Dra. en Psicología. Lic. y Prof. En Psicología. Miembro de Forum Infancias. Comisión de Expertos Reglamentación Ley 27130 de Prevención del Suicidio. Docente Diplomatura Problemáticas de Lo autolesivo USAL. Docente UBA. Pte. Capítulo Suicidio y Lo autolesivo de la Asociación Argentina de Salud Mental. Coord. Unidades Centinela Piloto OPS. Repr. Arg. International Association for Suicide Prevention. Autora Evaluación del riesgo suicida y fortalecimiento psíquico. El Modelo RPI. Ed. Noveduc 2026.










