El delator
Las clases habían empezado hacía ya casi tres meses. Los shortcitos que llenaban las aulas durante las cálidas temperaturas de marzo, fueron cediendo su lugar a los pantalones de jogging y a sus respectivos pitucones en las rodillas. Desde el inicio de clases hasta ahora, no pasó un solo día en el cual no se intentara encontrar algún chico que hubiera probado el último lanzamiento del caramelo súper duradero, de sabor incomparable, textura de nubecita y un supuesto ingrediente secreto: EL FRUTALÍN.
Una mañana, sin previo aviso, la ciudad entera amaneció empapelada con el maravilloso lanzamiento, las publicidades en la tele lo promocionaban a cada rato y la expectativa empezó a crecer. Uno tras otro, los chicos fueron a buscarlo a los kioscos de sus barrios, solo para descubrir que no estaba en ninguna parte. La decepción fue enorme. Hasta ahora nadie había logrado probarlo, pero algunos aprovecharon la incertidumbre para inventarse historias y alardear frente a todo el colegio. Toto dijo que el primo del hijo del novio de la mamá lo había probado y que tenía sabor a muchas frutas al mismo tiempo, pero que se distinguían entre sí, salvo un sabor que no lograba identificar entre kiwi, banana o mango. Marianela dijo que su familia fue a Chascomús y que en el camino de vuelta pararon en una estación de servicio y vieron a un nene con un Frutalín en la mano y que se lo compraron por el valor de quince chocolates, diez chicles y tres alfajores. Francisco hasta se animó a decir que probó el caramelo en su casa y que por arte de magia, sus autitos se ordenaron por color sin que nadie los tocara. Francisco siempre había sido un mentiroso, no iba a ser la excepción.
Gero estaba seguro de que ni el primo del hijo del novio de la mamá de Toto, ni Marianela, ni Francisco, ni nadie del colegio lo había probado. A veces soñaba que se encontraba uno en la calle, que lo abría entusiasmado por ser el primer chico en comerlo, pero al momento de llevárselo a la boca, su cerebro no encontraba qué sabores imaginar y entonces, para no quedar expuesto, terminaba automáticamente el sueño. Cuando esto pasaba, Gero se despertaba enojado y todavía con más deseo de probarlo. Ya era usual que en las clases de arte llenara la hoja pintando caramelos Frutalín, que en lengua escribiera cuentos acerca de un chico al que le entregan un premio Nobel por ser el primero en probarlo o que en los recreos jugara a entrevistar a sus compañeros para intentar rastrear si alguien sospechaba dónde conseguirlo.
Ese día de casi junio fue el primero que a Gero lo dejaron ir solo al colegio. Aquella mañana fue inusual desde el comienzo: su papá se había ido a trabajar temprano, como todas las mañanas, pero su mamá se quedó dormida por primera vez desde que Gero recuerda. Su gata Pantuflas tampoco vino a pisotearle la cara y ningún rayito de sol se coló por la ventana, lo que dió por resultado que nadie se despertara a las siete de la mañana como deberían. Gero abrió los ojos y corrió hacia la cama de su mamá a eso de las nueve. Ella se levantó sobresaltada y sorprendida por haberse quedado dormida. Pantuflas, sin embargo, seguía calentita a los pies de la cama y no pareció importarle el olvido. Gero odiaba faltar al colegio. Como su mamá parecía estar engripándose, esa mañana consiguió que lo dejara caminar solo, por primera vez, las tres cuadras que separaban su casa de la escuela. Sintió que merecía este reconocimiento, era un chico responsable, quizás demasiado para su edad. Según sus cálculos, si salía después de terminarse la galletita de chocolate rellena, llegaría a tiempo para la clase de lengua, su preferida. Una vez allí, le explicaría a la maestra Daniela que se quedaron dormidos, pero que gracias a eso, fue solo a la escuela por primera vez.
En la esquina del colegio estaba el kiosco de Omar. Caminó tan rápido que le sobraron unos minutos y pensó que no pasaría nada malo con entrar al mejor kiosco del barrio y llenarse las pupilas de colores con esos envoltorios. Gero se sabía de memoria la distribución del kiosco de Omar. Cada vez que aparecía un producto nuevo, lo detectaba al instante. Pero esa mañana encontró algo que no esperaba. Pestañeó un par de veces para asegurarse de que estaba viendo bien ese tesoro que, sin dudas, se había colado en el mostrador entre las golosinas de siempre. El kiosquero, ya un poco viejo, no pareció haberse dado cuenta de aquello que se exhibía en su establecimiento. Ese único Frutalín perdido entre caramelos mundanos, a ojos de Gero, brillaba más que ninguno. Omar ya no tenía la perspicacia para anticiparse a posibles hurtos, por lo que casi sin notarlo, un plan empezó a gestarse. Gero le pidió un paquete de pañuelitos, artículo que sabía que Omar guardaba en una caja bajo el mostrador; ese movimiento le dio algunos segundos para robarlo y ponerlo en su bolsillo derecho. El plan se completaría con un estornudo fingido para no dar lugar a sospechas. El único cabo suelto fue que no tenía plata para pagar los pañuelitos pero, afortunadamente, Omar se los regaló luego de desearle una pronta recuperación. Gero salió del kiosco con un poco de culpa, guardandose los pañuelitos en su bolsillo izquierdo. Esa culpa se fue transformando en sonrisa al palpar y comprobar que el trofeo seguía en su bolsillo derecho.
Al cruzar la puerta de entrada del colegio y saludar a Mary, la portera, comenzaron las preguntas en su cabeza: ¿y si Omar sabía del caramelo y lo tenía reservado para alguien? ¿Ahora era un ladrón? ¿Qué pasaría si lo descubren? ¿iban a llamar a sus papás para avisarles, no iba a poder entrar más al kiosco de Omar y todos se burlarían de él? Las piernas le temblequearon un poco. Avanzó por el corredor que iba hasta las escaleras pensando si tenía que contárselo a alguien, si podía tener un cómplice o si se lo intentarían sacar. Primer escalón, después otro y otro más, las palmas de las manos le transpiraban e intentó sin mucha suerte secarlas una con la otra. Tenía eso que todo el colegio quería pero no podía contárselo a nadie. Era mejor comerlo e inventar que se lo regalaron, pero ¿y si nadie le creía y no tenía forma de comprobarlo? Se podía guardar el papel, pero había visto demasiadas películas policiales para entender que eso se llamaba evidencia y no era algo bueno. Quizás lo mejor era regalárselo a Julieta, la chica que le gustaba desde primer grado y lograr, al menos, que se fijara en él por primera vez, pero tampoco esa opción lo convenció del todo. Sin registrar sus pasos, finalmente llegó al final del tramo de la escalera que indicaba el primer piso. A esa altura tampoco podía devolverlo, eso significaría confesar el crimen. Parecía que había conseguido hacerse del premio más inútil de todos. Antes de entrar al aula, metió la mano en el bolsillo para corroborar que aún estuviera allí, sacó la mano y casi podía jurar que el caramelo latía ahí guardado.
La maestra de lengua no esperaba verlo entrar a esa hora. Daniela le indicó que tomara asiento y, a pesar de la sorpresa, se alegró de que llegara, a fin de cuentas él era un gran alumno. Comenzó a caminar a través del aula en dirección a su banco usual, cuando su pesadilla se volvió real.
— Toma Gero, se te cayó esto — dijo Daniela, a espaldas a Gero.
Tuvo que detenerse en el lugar porque sintió que el corazón le latía más fuerte que nunca, que los cachetes le pasaron de rosita claro a un rojo intenso. Cerró los ojos odiando el momento en el que fue tan tonto de no guardarse el tesoro en la mochila con cierre. Subió los hombros hasta sus orejas, todo su cuerpo se puso rígido, las manos se le cerraron en un gesto de puño y gritó lo más fuerte que pudo para adentro. No quiso darse vuelta.
— Perdón, perdón, perdón, perdón… solo quería probarlo, tenía muchas ganas de probarlo. No lo robé, yo no robé. — No pudo evitar llorar.
— Gero, se te cayeron las carilinas, ¿estás bien?
…










