Adolescencia, lazo y condiciones de posibilidad: entre la intemperie y la inscripción

La adolescencia no es simplemente una etapa del desarrollo: es un tiempo de pasaje, de conflicto, de ruptura y de invención. Un tiempo en el que el sujeto necesita diferenciarse de los adultos que lo han constituido, tensionar esos lazos, ponerlos a prueba. En ese sentido, discutir, oponerse, incluso pelearse con los padres, no es un signo de fracaso sino, muchas veces, un privilegio: el de contar con otros suficientemente presentes como para alojar esa separación. Porque separarse no es desaparecer del lazo, sino transformarlo.

Sin embargo, algo de este proceso hoy se complejiza de manera radical. Las adolescencias contemporáneas transitan uno de los cambios más profundos en la historia de los vínculos. Si antes el mundo de pertenencia se organizaba en torno al barrio, la escuela, las amistades cercanas, “las malas juntas” que podían ser vistas, nombradas, incluso prohibidas, hoy ese territorio se ha expandido de manera vertiginosa.

Aunque vivan en ciudades pequeñas, niños, niñas y adolescentes tienen acceso a un mundo sin bordes claros: internet, redes sociales, comunidades virtuales que desdibujan las coordenadas tradicionales del encuentro. Ya no se trata solo de con quiénes se juntan, sino de en qué tramas simbólicas se inscriben. Y esas tramas, muchas veces, son invisibles para los adultos. Desconocemos, en gran medida, los callejones de la virtualidad.

Desde mi práctica como psicóloga clínica, este punto se vuelve cada vez más evidente: no alcanza con pensar en términos de presencia o ausencia de familia, escuela o comunidad. No alcanza con decir que “no tuvo lugar”.

Porque el sujeto, aun en la intemperie, busca (y muchas veces encuentra) algún modo de inscribirse.

La pregunta, entonces, no es solo por la falta de lugar en los espacios tradicionales, sino por dónde sí lo hubo. Ese adolescente que hoy irrumpe en la escena social de manera violenta no es únicamente alguien que careció de algo. Es también alguien que encontró una escena donde existir. Si no halló reconocimiento en la familia o en la escuela, sí pudo haberlo encontrado en otros espacios: en grupos, redes, comunidades donde (aunque de manera mortífera) fue visto, nombrado, contado.

En ese sentido, el grupo ligado al crimen no puede pensarse únicamente como “mala influencia”. Puede funcionar, también, como un dispositivo de inscripción subjetiva: allí hubo lugar, hubo pertenencia, hubo consistencia. Y esto es crucial: el sujeto no puede no tener lugar. Si no hay un Otro que aloje, ese lugar se buscará -o se construirá- incluso en los bordes más peligrosos del lazo social.

Desde el psicoanálisis, podríamos decir que lo que falla no es solo el entorno en términos materiales o institucionales, sino la posibilidad de suponerse un lugar en el Otro. Crecer implica, de manera estructural, que alguien anticipe que hay un lugar posible para ese niño o adolescente; que hay algo de él que importa, que cuenta, que merece ser escuchado.

Cuando esa suposición falla, el sujeto queda expuesto a una intemperie simbólica. Y en esa intemperie, cualquier discurso que ofrezca pertenencia (aunque sea a costa de la destrucción) puede volverse profundamente capturante. Por eso, tal vez, sea necesario correrse del énfasis exclusivo en lo que faltó (familia, escuela, comunidad, señales visibles) y preguntarse por lo que sí hubo.

Porque algo hubo. Hubo soledad. Hubo sufrimiento. Hubo formas de dolor que no encontraron escucha. Y hubo también un lugar. Un lugar no en los espacios que esperábamos, sino en otros: en lazos que lo tomaron, que lo nombraron, que le ofrecieron una forma de existir. Porque, entre estar solo en el bosque o estar en el bosque con los monstruos, eligió no estar solo. Ahí aparece una clave: no se trata solo de destrucción, sino también de inscripción.

Desde una lectura foucaultiana, esto nos invita a desplazarnos de la lógica de las causas hacia la de las condiciones de posibilidad. Es decir, no preguntarnos únicamente por qué ocurrió, sino qué entramado de discursos, prácticas y formas de la época hacen posible que algo así suceda. Porque ningún acto emerge en el vacío.

Se inscribe en una red donde circulan discursos que banalizan o estetizan la violencia; donde las redes producen pertenencias rápidas, intensas y muchas veces sin mediación; donde los dispositivos escolares y familiares no siempre logran leer el sufrimiento cuando no hace ruido; y donde el reconocimiento (tan necesario para constituirse) se vuelve escaso en algunos espacios y excesivamente disponible en otros, incluso cuando esos espacios son mortíferos.

No hay un origen único. Hay una red de relaciones. Y en esa red, ese adolescente no es solo “faltante de”, sino también producto de ciertas condiciones históricas que habilitan que el reconocimiento pueda encontrarse en los márgenes más peligrosos.

Las preguntas, entonces, se vuelven incómodas, pero necesarias: ¿En qué mundo estamos criando, donde un niño, niña o adolescente puede encontrar más lugar en un discurso de muerte que en los espacios que deberían alojarlo? ¿Desde dónde se piensan esos espacios: desde las lógicas adultas o desde, para y con las infancias y adolescencias? Quizás allí se juegue algo fundamental. Porque no alcanza con señalar lo que faltó.

Es necesario producir otras condiciones de posibilidad. Condiciones donde el dolor pueda ser escuchado antes de volverse acto. Donde el lazo no tenga que pasar por la violencia para existir. Donde ningún niño, niña o adolescente tenga que elegir entre la soledad o los monstruos.

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Lic. Candela Chávez
Lic. Candela Chávez

Lic. En Psicología. Especialista en Clínica con niñas y niños por Universidad Nacional de Tucumán. Magister en Salud Familiar y Comunitaria por Universidad Nacional de Santiago del Estero. Doctoranda en Psicología por la Universidad Nacional de Tucumán. Presidenta del Forum Infancias Santiago del Estero
Co-autora del libro “Supervisión en la clínica con niñas y niños: intervenciones en la escuela, con las familias y en el consultorio” – Editorial NOVEDUC, 2024

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