Fantasmas

Benja está jugando a ser un fantasma otra vez.

        La puerta de su pieza quedó entreabierta, así que veo de reojo cómo hunde medio cuerpo dentro del placard, en busca de su disfraz. No es más que una sábana blanca un poco desgastada que tiene dos agujeros separados por la distancia de una nariz. Juega siguiendo un ritual: primero gira la sábana un par de veces en el aire hasta que ubica los agujeros que le permiten ver; entonces la toma desde esos puntos y luego se pierde debajo de la tela. Pasa a rodar por el piso mientras se envuelve con ella. A partir de ahí se mueve apoyando sus rodillas y codos en el suelo, y anuncia su presencia a quien se cruza en su camino con un espectral “guau”, que a veces suena a “wof».

    Queda a mi cuidado desde que lo paso a buscar por la escuela hasta la noche, cuando su mamá llega de trabajar. Pasamos las tardes sentados en el living: él con su cuaderno y yo con mis apuntes. Si le surge alguna duda me consulta. Revisamos juntos las consignas hasta que encontramos la manera de resolverlas. Las veces que no tiene tarea se entretiene dibujando en su habitación. Las últimas semanas noté un cambio: empezó a quedarse cerca mío con su libreta mientras limpio o le preparo la merienda. 

  Algunas noches su mamá me invita, y ceno con ellos antes de irme. Ella suele hablar sin parar, alternando comentarios sobre el trabajo, y preguntas sobre la escuela. Cuando nos despedimos Benja me regala un dibujo; suelen ser bocetos de animales, flores y plantas. Son bastante buenos, y me llama la atención la paciencia con que los pinta y colorea, siempre cuidando de no salirse por fuera de las líneas. Quizás sea normal, pero yo siempre fui pésimo, así que me sorprende un poco su facilidad. Tengo que acordarme de traer otro imán de casa. Creo que lo va a poner contento poder elegir algún dibujo más para pegar en la heladera; alguno que le haga compañía al de Rocky.

  Hoy Laura volvió temprano del trabajo; llegó con los ojos vidriosos, la nariz enrojecida y una tos terrible. Nos saludó a ambos manteniendo la distancia, y fue directo a recostarse.  Hace algunas semanas que está haciendo horas extras en el trabajo por lo que llega un poco más tarde. Sigue cruzando la puerta con la misma sonrisa aunque cada vez le cuesta más disimular los bostezos. 

  Del papá no sé mucho, sólo que trabaja en una remisería de la zona, y que algunos fines de semana lo pasa a buscar. Benja me contó que antes, cuando vivían todos juntos, lo esperaba despierto hasta que se hacía “tarde-tarde”, después de que su mamá se dormía. Se quedaban los dos mirando la tele en “mudo”, hablando bajito para no despertarla. También me mostró cómo le enseñó a armar aviones y barcos de papel. Pensé en enseñarle a armar grullas, pero no pude recordar cómo se hacía. Hace mucho que mi viejo me enseñó, y él ya no está como para pedirle que me ayude a hacer memoria.

 

  Esta tarde le pedí a Benja que se quedara en su habitación para poder limpiar a fondo el departamento. Le expliqué que algunos de los productos que uso pueden manchar su disfraz. No tuve que repetir la explicación ni insistir. El departamento tiene sus años; las canillas de la cocina hacen un ruido seco cuando se abren, hay que poner cuidado en no moverlas mucho porque si no, pueden zafarse. Las tablas del piso están cubiertas de manchones de distintos tonos de marrón. Empecé a notar lo desgastadas que están, y el ruido que hacen si pisas con ganas.  Siento el ligero ardor que provoca la lavandina en la punta de mis dedos al estrujar el trapo de piso. Quizás sería buena idea usar guantes, pero imagino lo ridículo que me quedarían y descarto la posibilidad.

  Mientras paso el trapo húmedo, me acuerdo de esa tarde cuando empecé acá, hace ya tres meses. Laura me recibió con un “qué grande que estás” al hacerme pasar al edificio, y no perdió oportunidad de revolverme un poco el pelo. No tardó mucho en preguntarme si ya tenía novia. Me conoce desde chico. Hace años que se atiende en la peluquería donde mi vieja labura. Yo solía acompañarla cuando todavía no me dejaba quedarme solo en casa; me entretenía completando los laberintos, y los juegos de encontrar las siete diferencias de las revistas.  

  Mientras subíamos en el ascensor, que iba lento y se sacudía un poco de más,  Laura decía que mi mamá era una santa, y que la habíamos salvado. La niñera le había avisado sobre la hora que no lo iba a poder seguir cuidando, y no había podido conseguir a nadie. Una vez dentro del departamento Laura llamó a Benja; ahí fue que vi al fantasma por primera vez. Algo en mi cara debe haber delatado mi confusión, porque ella miró por sobre su hombro. “No te vayas a asustar, eh”, dijo con una sonrisa tenue. Le pidió que se sacara el disfraz, y una vez que lo hizo, nos presentó. Benja no dijo nada al principio, sólo se agarraba con una mano de la pierna de su mamá y me miraba. Después de un rato emitió un pequeño “Hola” mientras estiraba la manito para saludarme.

 

  Laura me comentó que le había sorprendido que mi mamá le contara que yo estaba buscando trabajo. No se lo dije, pero para mí también fue una sorpresa. La primera reacción cuando le conté que quería empezar a trabajar había sido decirme que me dejara de joder. Que si quería ropa o algo se lo pidiera. Que le habían estado ofreciendo otra changa limpiando una casa, que con lo que ganaba en la peluquería más eso alcanzaba. Insistí hasta que ella se metió al baño dando un portazo. Poco después empecé a sentir el olor a cigarrillo brotando desde detrás de la puerta cerrada; ella ya casi no fuma. 

  Hace unos días cuando volvíamos de la escuela Benja me pidió ayuda para recibir a su mamá con un regalo. Me dijo que le quería dar algo rico, algo “dulce-dulce”. Le pregunté si sabía qué le gustaba. Pensó por un rato. “El color verde, las manzanas y también la miel”. Fuimos a una verdulería donde eligió con ayuda de la vendedora tres manzanas verdes para su mamá y una roja para él, junto con un frasco pequeño de miel. En el trayecto de vuelta al departamento me contó con entusiasmo que la maestra de plástica lo había felicitado por sus dibujos de animales de la selva. Preguntó si podíamos ponerlos en la heladera para que su mamá los viera. Estaba por contestarle que sí cuando sentí cómo se detuvo de golpe.

  Al mirarlo me di cuenta de que estaba viendo la plaza Quinquela. No solíamos ir, a pedido de Laura, pero supuse que podíamos hacer una excepción de unos minutos. Le propuse ir a las hamacas que estaban frente a la zona cerrada donde juegan los perros. Me contestó que ya no le gustaba jugar en la plaza. Le pregunté si solían ir con su mamá antes. Me dijo que no, que lo llevaba el papá, a él y a su mejor amigo, y empezó a caminar, dejándome unos pasos atrás. Hicimos el resto del camino callados. 

  Cuando llegamos al departamento Benja eligió su plato favorito. Era cuadrado y rojo.  Fue acomodando los pedazos de manzana que yo había cortado, para después dejar caer unos hilos de miel con una cuchara que sostenía con las dos manos. Ya con la sorpresa armada se lavó las manos y fue a su cuarto. Yo me quedé lavando lo que ensuciamos y me puse a preparar la merienda.

  Con la mesa puesta lo llamé para que viniera a merendar al comedor. Él ya estaba disfrazado y me contestó “No soy Benja, soy Rocky” mientras se acercaba a gatas a la mesa. Me dio unos golpes suaves a la altura de la rodilla con la cabeza. Lo recibí con un mimo por sobre los agujeros que eran sus ojos. Sólo me contestó con una seguidilla de “guau” suaves. Supuse que era el nombre de algún personaje animado pero igualmente le pregunté de dónde lo había sacado. No me contestó al principio pero después de un rato me dijo que Rocky era su amigo, y que lo extrañaba. Apenas terminó de comer pidió permiso y se fue al cuarto. Después de levantar la mesa fui a buscarlo para hablar con él, pero lo encontré dormido sobre su cuaderno. No volvió a usar el disfraz durante varios días.

  Guardé en una de mis libretas el dibujo que me regaló ese día antes de que me fuera del departamento. Era sencillo: de fondo unas vallas y un granero, unas cuantas vacas y ovejas chiquitas, unas nubes en la parte superior de la hoja. Parecía un cielo de tormenta. En el centro, una figura grande con cuatro patas, una cola, y un par de orejas en forma de triángulos que sobresalían sobre el conjunto de círculos que formaban la cabeza, ojos y nariz de un animal. Por debajo estaba escrito con letra grande, aunque un poco torpe, el nombre “ROCKY”. 

  Mientras abría la puerta y me despedía, le conté a Laura lo que Benja había dicho, al mismo tiempo que le mostraba el dibujo que me había dado. “Teníamos un perro antes, cuando las cosas estaban un poco mejor”. La puerta se abrió y me fui casi huyendo. 

No volví a preguntar sobre Rocky.

  Esa noche soñé con mi viejo. Desperté con la boca seca; fui a la cocina por un vaso de agua y mientras lo tomaba, vi nuestra foto sobre la heladera. “Los mismos ojos”, suele decir mi vieja. Despegué el imán que la sostenía, junto con un folleto de papel. Lo doblé sobre sí mismo varias veces y después de varios intentos logré armar una pequeña grulla. Antes de volver a la cama puse el imán dentro de la mochila, junto con el dibujo de Rocky. Apoyé la foto y la grulla en la mesa de luz y me sumergí debajo de mis sábanas blancas. 

…

Reseñas de Libros - Noviembre 2026