Otra mirada en la clínica fonoaudiológica con Niños Sordos.

Reflexiones éticas y clínicas fonoaudiológicas. Otra mirada del lenguaje en la infancia

Pensar lo humano nunca es una esencia neutra sino una trama tejida por los paradigmas y discursos de una época. Somos seres que devenimos en el lenguaje; cuerpos que se vuelven palabra, deseo y sentido en el encuentro con otros. Seres humanos gracias a la red simbólica que nos sostiene: Nos hacemos  humanos en el lenguaje, nos constituimos desde él y en él alcanzamos la  potencia y así creamos singularidad con nuestro modo de ser en el mundo. 

 Sin embargo, buena parte de las prácticas profesionales  asociadas a lo humano, como la fonoaudiología, continúan operando desde un modelo que parece desconocer  al sujeto en su trama psicosocial. Asistimos a territorios fuertemente medicalizados, centrados en funciones a rehabilitar, invisibilizando el desarrollo del lenguaje y desconociendo su íntima relación con lo psíquico y sociocultural. Incluso no se escucha la voz de ese “otro”, el que sale de la norma, encasillándolo en etiquetas diagnósticas. Así, lo que se llama “discapacidad auditiva” nos remite a una mirada biologicista que puede producir un deslizamiento: ya no es el niño, niña o adolescente quien escucha o quien habla, sino un oído y un aparato fonoarticulador a rehabilitar Y donde antes había singularidad ahora queda un cuerpo expuesto a imperativos técnicos, a diagnósticos muchas veces taxativos que, como dice Lopatin, “maltratan el cuerpo cuando lo hacen habitar lenguajes autoritarios”. El peligro es claro: reducir al niño a un objeto de intervención, despojándolo de su potencia simbólica. 

El desarrollo del lenguaje en niños sordos

En la infancia, la familia constituye el primer escenario donde la disponibilidad emocional y el acceso a una lengua comprensible permiten que el psiquismo se organice y se  pueda significar su experiencia. Pero cuando un niño sordo nace en una familia oyente (como ocurre en el 90% de los casos), en general sucede una especie de crisis: la lengua materna es oral, predominantemente auditiva. En éste caso  no será de fácil acceso para el niño sordo. Allí, el territorio familiar se vuelve crucial: aparece una desafío, en  el espacio donde debería circular una lengua viva que aloje al niño y le permita constituirse en su singularidad. 

A su vez en un primer momento la familia recibe  mucha información basada en el déficit de su hijo hipoacúsico o sordo con diversas etiquetas. Se empieza a mirar a ese niño desde la falta: lo que no escucha, lo que no podrá, lo que le falta, con riesgo de   borramiento del sujeto. En vez de un ser un por-venir y se cifra en todo lo que es “discapacitado”, en un diagnóstico: por ej. hipoacúsico profundo neurosensorial bilateral, post-meningítico. 

 Es  sabido que  los primeros años de vida de un niño son sumamente importantes en el desarrollo,  poder acceder en forma natural a una lengua, recibir el  “baño lingüístico”, es fundamental. En el caso de un niño sordo si eso no se ofrece de manera plena,  quedará reducido a la “gramática de rostros”. No habrá  una lengua viva y ese niño puede correr el riesgo de quedar en una intemperie simbólica que podría afectar el desarrollo del pensamiento y  psiquismo. La privación lingüística es una de las vulneraciones más invisibles pero más graves que puede atravesar un niño sordo. 

 Como advierte Carrela (2013), la persona sorda no puede incorporar la palabra únicamente como percepción auditiva exterior; por eso las representaciones simbólicas no se entraman de modo espontáneo. Bruner (1983) también lo plantea con fuerza: si los diálogos preverbales no se sostienen, la estructura emocional y cognitiva se resiente. Y cuando no hay lengua accesible —como es la lengua de señas—, el niño queda reducido a respuestas conductuales que muchas veces esconden sufrimientos profundos. 

 En un mundo donde las tecnologías auditivas se presentan como soluciones mágicas, es urgente sostener otra verdad: hay que diferenciar la respuesta objetiva de los dispositivos tecnológicos de su respuesta subjetiva. Y, sobre todo, recordar que el niño sordo, aun con esta ayuda, sigue siendo sordo.  No me refiero a reducir el acceso al mundo sonoro; al contrario, hago mención a la posibilidad de  potenciar al máximo sus posibilidades de ser. Los caminos pueden ser múltiples y diversos en el devenir Sordo. 

 Recordemos que todo niño sordo no tiene inhibidas las competencias comunicativas, lingüísticas y cognitivas. Pero necesita una lengua que pueda habitar. La lengua de señas no es un recurso accesorio ni una opción secundaria. Es considerada como la primera lengua del sordo, por su condición visogestual, construida por las comunidades sordas, con un valor cultural y antropológico equivalente al de cualquier otra lengua. En nuestro país fue reconocida como una necesidad y un derecho humano, materializado en la Ley 27.710 de Lengua de Señas Argentina (2023). Negarla es privación lingüística. 

Por otro lado, es necesario repensar en  nuestras prácticas: estimular el lenguaje no es lo mismo que libidinizarlo. La estimulación mecánica fuerza incorporaciones vacías; la libidinización abre la puerta al deseo, a la cultura, al lazo con el Otro. Un niño necesita apropiarse de una lengua para estructurar su psiquismo y pensamiento; si esto no sucede, el niño puede quedar en un interregno, un intermedio que no le permitirá asumirse como sujeto de palabra, quedará limitado en su potencia simbólica.

 La lengua de señas, como lengua natural para las personas sordas, debe ocupar un lugar central en las intervenciones, respetándola. No como obstáculo para la lengua oral, sino como cimiento simbólico que permite construir segundas y terceras lenguas: español escrito, lengua oral. Eso le permitirá integrarse al mundo de manera bilingüe y multicultural. No se trata de reducir las posibilidades de comunicación, sino de ampliar su potencia. 

Hacia una clínica fonoaudiológica subjetivante con niños sordos.

 Considero que el trabajo fonoaudiológico con personas sordas exige un reposicionamiento ético: escuchar la demanda, distinguir de quién proviene y acompañar a la familia para que encuentre su propia voz y elija el camino desde la información más completa posible. No se trata de imponer un único camino, sino de sostener la multiplicidad de trayectorias posibles, brindar información plena y no reducirla. 

Acompañar infancias sordas implica reconocer ante todo que hay un sujeto que trae una historia única que merece ser escuchada con empatía y respeto, que  toda lengua se construye a partir del modo de estar en el mundo y que es una  necesidad, un derecho poder acceder a una estructura simbólica que le permita desplegarse como sujeto.

 Es nuestra labor profesional orientar y brindar herramientas para propiciar la construcción de la palabra, del decir y decirse. Familias e instituciones que no queden atrapados en lo que “les falta”, sino habilitados por lo que pueden llegar a ser. Propongo, una clínica subjetivante, defender al sujeto desde su necesidad y su derecho, allí donde la privación lingüística amenaza con dejar al niño fuera del mundo simbólico. Asegurar que cada niño pueda habitar un lenguaje vivo y promover un territorio humano que lo reciba,  que lo aloje con ternura la cultura, lo habilite a decir, a comprender y a ser comprendido. 

Como señala Lapenda (2025): “Para hablar, señar y escribir hay que construir la propia voz, tener información, ideas, posiciones, palabras organizadas de las lenguas. La forma es inseparable del contenido, pero sin contenido no hay forma que valga. No queremos copistas, sujetos sin posiciones. Formemos sujetos de palabras, sujetos de lenguaje. Esto no es fácil, es profundo, trabajoso y maravilloso. Exige demora, no se trata de llenar de formas vacías de lenguaje ni de dejarlos indefensos sin saber qué decir ni cómo decir”. 

Bibliografía

  • Agamben, G. (1982),»El lenguaje y la muerte: Un seminario sobre el lugar de la negación». 

  • Benveniste, E. (1966), Problemas de linguística general 1.

  • Bruner, J. (1983), Child’s talk: Learning to use language. Oxford University Press. 

  • Carrela, F. (2013), Lenguaje y constitución subjetiva en la infancia sorda. Editorial Noveduc.

  • Chamorro, M. (2021), Parentalidad y discapacidad, Laborde Editor.

  • Díaz, E. (2014), La ética del psicoanálisis en la clínica de pacientes sordos

  • Dussel, E.(1977), Filosofía de la liberación.

  • Lapenda, M. E. (2025), Escritos de Cartografías Sociolingüísticas. Sordos, corporización y socialización lingüística. 

  • Levin, J. ( 2009), Tramas del lenguaje infantil. Lugar editorial.

  • Mazone Machado, S. (1999), La comunidad sorda: Cultura y lengua. Editorial de las Ciencias Sociales.

  • Romani, Y. (2024), Clínica de los obstáculos de la comunicación y el lenguaje en la primera infancia, Editorial Laborde.

  • Schorn, M. (2008), La conducta impulsiva del niño sordo: Aportes desde la psicología y el psicoanálisis.

Fga. Prof. Ma. Laura Bara
Fga. Prof. Ma. Laura Bara

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