Habitar lo escolar: de la soledad al amparo
Estamos hechos de historias
Los padres de Agustín consultan a partir de una indicación de la escuela a la que concurre porque afirman que es lento y no aprende. Cuentan que ya no saben qué hacer con él, porque cada tarea escolar en casa va acompañada de llantos, gritos y peleas.
Una escena de este tipo es muy habitual en nuestros espacios clínicos, suele ser un motivo de consulta recurrente.
Cuando algo se repite con insistencia -la explícita sensación de la familia de un niño- es una señal para agudizar nuestros sentidos y nuestra capacidad de escucha.
Podríamos hacer distintos tipos de lecturas, en las que se ponen de manifiesto nuestros recorridos y nuestra posición ética frente a lo que escuchamos. Por un lado, un motivo de consulta, ligado a la lentitud y un supuesto no aprendizaje; por otro, la angustia y la culpa de una familia por sentirse incapaces de resolver una situación con un hijo.
Aquí comienzan a desplegarse varias cuestiones que devienen en intervenciones posibles: qué le pasa al niño y cómo se entraman su “no aprender”, los vínculos familiares, con los pares, con la docente, el modo en que se abordan los objetos de conocimiento en la escuela, la historia de los aprendizajes de Agustín, los deseos y expectativas puestas en el niño.
La perspectiva de la complejidad nos permite componer escenarios para que podamos enlazar la multiplicidad de factores, dimensiones, relaciones parte/todo, lo social e histórico para pensar lo singular de cada uno.
Agustín cuenta que es más lento que los demás y eso le da vergüenza, porque no termina las cosas a tiempo. Comenta que su docente siempre pregunta a los chicos si terminaron de copiar del pizarrón y, como nadie dice nada, él tampoco, aunque no lo haya hecho, porque le da vergüenza.
Le decimos a Agustín y a su familia que cada uno tiene sus tiempos para aprender, pero no parecen conformarse.
Nos ponemos en contacto con su escuela. ¿Por qué decimos escuela, como si fuera un personaje más? Porque lo es. La escuela es la maestra, la directora, el personal de limpieza, los compañeros, el patio, el aula, el pizarrón con cosas para copiar y que Agustín no llega.
La maestra nos cuenta que “Agustín tiene otros tiempos, pero el Ministerio de Educación da directivas respecto de los contenidos que tienen que saber los niños, y no importan los tiempos. Dice que lo ha hablado con la directora, la supervisora, pero las planillas son las planillas”.
Pensamos, entonces, en cambiar el eje para torcer destinos, los de todos.
Afectaciones
¿Qué liga a la maestra, a Agustín, a la familia? ¿Cómo se confluye en el espacio-escuela?
Tal vez, y es sólo una hipótesis, hay soledad como un emergente más de la ruptura del lazo social.
La soledad como desamparo, como caída al vacío, como ausencia de escucha o escucha impotente. La potencia ubica al sujeto como activo, la impotencia expresa la pasividad, y está ligada a lo mortífero.
Proponemos, entonces, pensar en lo que genera el no ser escuchado en todos nuestros actores y comenzar a tejer otra trama. Necesitamos agujas, lana, y manos que sostengan la madeja para armar un ovillo; o un telar para construir la urdimbre y la trama.
Si pensáramos que el lazo, eso que nos une a la tribu, está allí sosteniendo al niño en sus diversos, propios y singulares modos de ser-estar, de habitar la escena, podríamos pensar que la angustia se calmaría si diéramos lugar a la aparición de nuevas formas de ligadura, constituyendo espacios y vínculos donde las diferencias compongan el tejido.
Expresa Ursula Le Guin (2018:10): “Nada cura mejor el nerviosismo que interesarse por la conversación”.
Pero la soledad irrumpe en las escenas escolares en diversos formatos.
La de Agustin puede ser una, la de otros/as habitando o intentando ser parte de una red más amplia que los sostenga. Necesitamos ser parte y no quedar aparte como excluido o resto.
La soledad docente frente a protocolos exigidos que dirigen a cada momento la normativa educativa, quienes determinan qué se puede o no en estos tiempos. Dejando a la deriva, a muchos niños, niñas y adolescentes fuera del sistema o dentro a la manera de un “como sí” fuéramos parte.
Nos encontramos en una época que produce aislamiento. Llamada por muchos/as sociedad del rendimiento, lugar que espera de nosotros producción, respuestas rápidas y efectivas. La idea de esta reproducción en la institución escolar no nos parece novedosa. La superposición de voces parece suplir la conversación.
La escuela, reproductora de lo social, anclada en un tiempo, intenta por momentos ofrecer otros modos de comprensión de lo que acontece y muchas veces le es funcional al sistema.
La época sostenida por una hiperconectividad, en muchas ocasiones aísla, deja a nuestros niños en un sin ligadura, sin sostén y amparo en sus tiempos escolares, en sus trayectorias educativas.
Parece que ya no tenemos tiempo para el otro, abandonando el “cómo lo pensamos “o “cómo lo hacemos juntos”, camino que no conduce a un entretejido poiético del pensar construcciones colectivas de aprendizaje.
Volvamos a la (tensa) calma que nos oferta la escucha, ese posicionamiento profundo del “Heme aquí, disponible para acompañar tus tiempos, los de cada uno de los actores involucrados”.
El sujeto se constituye en relación con otros, entre encuentros, cuidados, palabras, tiempos, reconocimientos, investimentos, nos sentimos amparados.
Las trayectorias escolares, como nos planteaban Sandra Nicastro y Beatriz Greco, son caminos en construcción permanente, un itinerario en situación que realiza cada niño/a con otros. Estas trayectorias no son del niño con dificultades, sino que, precisamente por ser situadas, involucran a los/as docentes, las propuestas que se llevan a cabo, las expectativas, los momentos socio histórico, las políticas públicas imperantes.
Si bien está atravesada por la singularidad del niño/a, las trayectorias ocurren dentro de una institución educativa que también condiciona y habilita sus posibilidades, siempre en movimiento.
Así, las trayectorias se entrecruzan.

Todos habitamos la institución, afectándonos mutuamente. Quiénes son mirados, escuchados, acompañados, y quiénes no.
“A este dejalo, no hay nada que hacer”, “con esta familia no te metas”, son también frases recurrentes que dan por perdida la posibilidad que algo se recomponga en la trama para que todos y todas la habitemos.
La soledad es una de las formas de desamparo y expresa la manera de sentirse deshabitado de uno mismo.
Por un lado, al “a ese dejalo, no hay nada que hacer”, muestra a las claras el lugar del sujeto abandonado. ¿Y si el dejar librado a su suerte, a la deriva, no es una forma de proyectar, además, el propio sentimiento de soledad o desamparo?
Parecen imponerse los verbos que dan cuenta de acciones concretas, casi físicas, que se expresan en lo visible. Nos convoca la tentación de poner entre comillas estas cuestiones, tal vez para indicar lo impropio de lo que se dice o de lo inadecuado de su sentido, apelando a cierta ironía. En tiempos de literalidad, el doble sentido es difícil porque se ha naturalizado el “no hay nada que hacer”, pero no se ha naturalizado la pregunta acerca del sentido.
Entonces, para tejer nuevas tramas precisamos mucho más que lanas, manos y agujas: necesitamos preguntas que nos interpelen a todos y a cada uno de quienes habitamos, desde lugares distintos, la vida escolar.
Apostamos al encuentro verdadero, proponiendo una mirada de corresponsabilidad y no de culpabilización.
En la siguiente reunión con la escuela estaban presentes la docente, el equipo de conducción, una supervisora y el equipo de orientación escolar. Pensamos en contextualizar el aprendizaje de Agustín en términos de afectación, sensibilidad y armado de lo común.
“Más allá de las intervenciones posibles- decimos- ¿qué sienten ustedes ante las dificultades de Agustín? Yo me acuerdo- continúa una de nosotras- cómo me costaban los problemas matemáticos, y cómo se esforzaba la maestra, y mi mamá, que me ponía una maestra particular. La docente comienza a relatar que, para oponerse a un padre ingeniero, se llevaba matemática a marzo, aunque lo visualizó años después; la directora sonrió y dijo que todos deberíamos recordar nuestras historias escolares. El EOE sugirió trabajar con los alumnos valores como la solidaridad y el respeto por los tiempos del otro. La supervisora, exhaló con fuerza”.
Lo torcido como potencia
¿Magia? No. En todo caso, implicancia.
Hemos hablado en plural, y no porque sea una escritura compartida solamente sino porque apostamos a la idea de que la pluralidad no se opone a lo singular. El “yo pienso” se puebla de autores, de experiencias, de relatos, que, al ponerlos en común, se convierte en un “nosotras”. Nosotras habitando territorios escolares y clínicos junto a otros.
Pensamos en corrernos de las moralidades del deber ser y jugar desde lo ético, en tanto compromiso político, la artesanía del acompañamiento y de la conmoción.
Proponemos verbos que se animen a escapar de ciertas inclemencias de estos tiempos turbulentos: habitar, recorrer, escuchar, pensar, conversar, pausar. Que eso sea lo recurrente.
Invitamos a la osadía de la desobediencia, para que nadie quede afuera.
Por cada Agustín, por cada familia, por cada escuela.
Que habitar sea un acto de humanidad.
Bibliografía
Le Guin, Ursula (2018): Conversaciones sobre la escritura. Con David Naimon. Alpha Decay.
Nicastro, Sandra y Greco, Maria Beatriz (2012): Entre trayectorias. Escenas y pensamientos en espacios de formación. Homo Sapiens
Lic. En Psicopedagogía. Esp. En Psicoanálisis
Ex integrante del Equipo Central del Ministerio de Educación, CABA
Miembro de la Asociación Civil Fórum Infancias (Caba).
Psicopedagoga Clínica.
Docente invitada de la Universidad de San Andrés. Materia: «Las promesas incumplidas de la inclusión.
Asesora institucional. Supervisora de los Equipos de Residentes de Hospitales.
Capacitadora en Ministerios provinciales.
Autora de diversos textos, artículos y trabajos en colaboración sobre clínica y educación.
Lic. En Psicopedagogía. Psicóloga Social
Ex integrante de los Equipos de Orientación Escolar, Ministerio de Educación, CABA.
Miembro de la Asociación Civil Fórum Infancias (Caba).
Psicopedagoga Clínica.
Asesora institucional. Supervisora en clínica Psicopedagógica.
Capacitadora en Ministerios provinciales.
Autora de textos sobre Psicopedagogía.
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