Ningún cuidado
Pasaron años hasta que la volví a ver. Ahora tenía rostro de mujer y ya no traía el pelo revuelto. Aunque seguía con el desconsuelo incrustado como espina en los ojos. El juicio tardó tanto en llegar que se me había olvidado la mitad de la historia. Sin embargo, bastó un llamado de Juana para que regresaran a borbotones los recuerdos.
Busqué anotaciones y dibujos de esa época y me presenté a la citación judicial con algunas sugerencias de mi abogada. Por esas cosas de la vida, el juez era un tipo de mi edad y si bien hacía una eternidad que no lo veía, entre canas y palpitaciones, lo reconocí. Fue amable conmigo, mi calidad de testigo era una situación común para él. Juana quiso estar ahí y a la bestia lo colocaron en una pantalla, por videollamada. Justo detrás de mi silla, para que su respiración me soplara un poco de miedo y las manos se me acomodaran de golpe en un cruce suplicante. Estábamos saliendo de la pandemia y amanecía un sol de julio que iluminaba por fin la esperanza. No me hicieron preguntas. El secreto profesional estaba abierto desde las instancias previas, no había restricciones para hablar. Esa niña engrandecida, había depositado su última moneda en mis palabras. Era crucial que la psicóloga del hospital hablara. Esa era mi parte, hablar. Más que hablar, decir. Dejar claro que un padre había violado sistemáticamente a su hija desde los cinco hasta los trece años de edad. Violado sistemáticamente. Esa crueldad inenarrable era lo que tenía que poder decir como una profesional que escucha, intentando que no se le note el horror en la mirada. Tenía que decir que una madre, sin ningún cuidado, habilitó que descarnen a su hija por ignorancia y por dinero. Que lo hizo porque no tenía dónde ir, porque a ella le pasó lo mismo y porque quizás no conocía otro modo de vivir. Tenía que decir algo de la pobreza y de las infancias clandestinas. Tenía que decir que a Juana la encerraban en una casa de montaña, donde se la habían llevado sin documentos cuando quería escapar. Habrá tenido nueve años para esa época y con suerte conseguía algunos pedazos de pan. Decir, como quien dice otras cosas. Me temblaba el alma de verla íntegra, a pesar de las heridas remendadas a mano, con esa aguja estéril que alguna vez tomé sin remedio, para sanarle, aunque sea un poquito su dolor. Me acordaba de su ingreso a la guardia, semidesnuda, como escupida de un incendio, de la mano de su tía hada madrina, que la consiguió rescatar. Me aparecían las imágenes de ella, relatando quinceañera sus primeros amores, aterrada en el roce de los cuerpos y con una impúdica sensación de vomitar. Decir que se desmayaba como queriendo morir un rato, cada vez que alguna sensación erótica aparecía en su piel puberal. Decir sin saber cómo, que hay ascos imposibles de aliviar. Que no hay modo de adolecer una infancia ausente del jugar. Y ellos esperaban que dijera. Ella esperaba que dijera. La bestia esperaba que dijera. Y quise decirlo por ella, que había sorteado llagas a mansalva y también por él. Quise decirle con la nuca apuntándole la cien, todo eso que sabía y que lo dejaría en el encierro profundo de una condena ya escrita. El encierro de las rejas, pero también el de la oscuridad. Dije por él y por todos los que son como él. Aun con un vidrio cobarde que lo distanciaba para protegerlo. Le disparé haciéndolo caer en la bolsa de los inmundos. Dije y quise decir, sin piedad divina, con detalle, frenéticamente, sin comas ni puntos seguidos.
Que la hacía callar
que le tapaba los ojos
que la amenazaba con matar
que le abría la boca para morderla
hasta hacerla sangrar
que le rompía la niñez
sin derrochar ni una gota del espanto
que Juana valiente
supo tragar.
Cuando terminó mi alocución, me puse de pie, di media vuelta y miré la pantalla. No había nadie. Solo una silla y una pared blanca con una luz que se apagaba. Se escuchaban algunos sonidos. Como de puerta vaivén.
Psicóloga. Psicoanalista. Diplomada en Salud Mental y Derechos Humanos. Autora de diversos artículos publicados en diarios y revistas. Representante de Forum Infancias Sudeste de Córdoba.








