Infancia y lenguaje: los cuidados amorosos como posibilitadores del lugar escuchante-hablante
Palabras preliminares
La primera infancia es un tiempo de construcción de lenguaje, cuerpo y juego entramados. Esta construcción se da en vínculo con Otros primordiales –encarnados en quienes ejercen las funciones parentales– y se gesta, se produce y transcurre en el contexto de la crianza, atravesados por lo histórico, económico y social, dentro de una época determinada. Estos Otros que donan tiempo, disponibilidad, creatividad, proveen la enorme energía libidinal que se necesita para transitar esta travesía, que implica apropiarse de un cuerpo, construir el lenguaje, conquistar la posición de escuchante-hablante, jugar, armar lazos con otros.
Acerca de la construcción del lenguaje: el devenir del sujeto escuchante-hablante
Los Meninos comparten un idioma que solo ellos conocen y que es muy complicado.
Las personas intentan aprenderlo pero les resulta difícil. No les sale por más que lo intenten. En un momento el pequeño se cansa y comienza a aprender la lengua que hablan en su casa: alemán, portugués, chino, español…
El Menino. Isol
Es con un Otro significativo –encarnado en quien ejerce las funciones de crianza– que un niño se apropia de la lengua materna y hace uso de ella al hablar, dentro de un espacio y de una situación dialógica, que es el fundamento del lenguaje.
Desde tiempos fundantes, en una relación asimétrica y libidinal sujeta a contingencias y azares con su Otro significativo, y en una situación de diálogo, el niño va incorporando y apropiándose de la lengua que lo preexiste y que le es donada. Esto no sucede de manera aislada, sino que se entrama con las características del contexto en el cual el niño está inserto, que incluye las vicisitudes de época.
En esta travesía, a la par que va construyendo su subjetividad, va conquistando los lugares constitutivos del lenguaje: lugar de escuchante y lugar de hablante. Los irá ocupando con enunciados que poco a poco lo comprometen en su decir. Primero serán sílabas, luego palabras, y por último frases para construir discurso. En este proceso, paulatinamente, empieza a nombrarse como Yo, y se dirige a un Tú –otro diferente–. Como dice Cabrejo Parra: “el yo habla para hacerse existir y poner al otro como existente, el tú se transforma en yo cuando toma la palabra para jugar el mismo juego. Y sin darnos cuenta pasamos nuestra vida jugando de esta manera con las palabras. El encuentro de palabras es el juego más sofisticado de la psique humana” (Cabrejo Parra, 2020, p 81).
Para llegar hasta acá se necesita que en un tiempo anterior el niño se encuentre con un Otro que, desde la ternura parental (Ulloa, 1995), garantice el suministro necesario mediante sus actos de crianza. Esto se da a través de la empatía y del miramiento: lo cuida, lo alimenta, lo baña, lo hace dormir, lo cambia, lo mira, lo acaricia, lo escucha, le habla, lo arrulla, le canta, lo juega, y mientras tanto lo mira (miramiento) con amoroso interés, reconociéndolo como sujeto ajeno y diferente de sí, pero a su vez como miembro de una familia que lo precede y lo inscribe en un linaje familiar.
Entonces, a través de la empatía y el miramiento, el Otro primordial lo reconoce como sujeto escuchante-hablante y le dona palabras no anónimas, escucha, espera… De este modo, los lugares de escuchante y hablante comienzan a fundarse muy tempranamente cuando, desde la empatía, el Otro significativo escucha como un mensaje, un “decir a él” las primeras sonoridades del bebé –ruidos, gritos, llantos–; esto comprende también los movimientos, el tono muscular, etc. (“me llora a mí, me pide a mí”). Es así como el Otro interpreta este mensaje, y responde con acciones acompañadas de mirada, caricias y palabras, suponiendo que escucha, comprende y entiende. Por consiguiente, le atribuye al bebé, aunque no hable, un habla y una escucha. Entonces le habla y espera, para luego volver a hablar. En esta espera deja un espacio de silencio, una pausa que habilite una eventual respuesta del niño. Esta espera se da porque desde el miramiento lo reconoce como separado y diferente de sí, tejiendo, de este modo, la esperanza de lo que acontecerá en un tiempo posterior: el hablar del niño. Este diálogo alterna con momentos de no diálogo, se pausa temporalmente cuando la madre necesita poner atención en otras tareas. “La palabra materna es ofrecida al bebé, lo envuelve y lo invoca en tanto sujeto, le atribuye algo que aún no está: la comprensión, la respuesta. Lo invita a participar de un diálogo, con el cuerpo, con la mirada, con la voz: espera algo de él” (Maidagan, C., 2020, p 85).
El modo en que inicialmente la madre –o quien ejerce la función– se dirige al bebé al hablar, es compartido por diferentes culturas. Se caracteriza por frases cortas, sintaxis simple, pronunciación lentificada, ausencia de tonos graves, predominancia de los agudos, pausas entre frases, e introducción de silencios entre los cuales la comunicación se sostiene en el rostro sonriente. Con su palabra lo acaricia verbalmente a través de su voz, una voz que lo invoca, lo cautiva, lo envuelve, y resuena en la capacidad de oír del niño. Es así como la madre inviste el agujero del oído, le proporciona placer. “El niño es sensible a la música afectiva de la palabra materna […] él debe sentirse sostenido por el contexto y la voz de su madre, y pensar constantemente que únicamente él es objeto de esa ternura y esa atención” (Le Breton, 2021, p 66). Así el oír deviene escuchar y provoca paulatinamente respuestas (miradas, gestos, sonoridades) que se irán cargando de formas y sentidos de la lengua en uso.
En esta relación vincular, el Otro lo introduce en el diálogo. Al principio es un diálogo imaginario (Stern, 1983), y devendrá situación dialógica entre dos escuchas-hablantes. Se denomina diálogo imaginario, ya que es quien ejerce la función materna quien habla, deja un espacio en silencio para una eventual respuesta del bebé, para luego volver a hablar. Este Otro monta una ilusión anticipatoria al atribuirle al bebé una condición no adquirida aún pero potencial, de auténtico sujeto hablante. Este es el preludio del diálogo que se caracteriza por una escena entre dos sujetos con lugares, turnos, espera: la alternancia entre uno que habla y otro que escucha y calla. En el “entre”, la espera necesaria. Esta conquista requiere haber pasado de la fusión con su Otro a la separación-individuación que le permite al niño saberse separado.
Hablar, entonces, no es repetir, no es solo tener un repertorio de palabras, un vocabulario, sino más bien tener algo para compartir a un otro que tenga el deseo de ser escuchado, implica buscar y obtener una respuesta de aquel a quien nos dirigimos. Por lo tanto, hablar es entrar en el diálogo. Asimismo, escuchar no es oír, sino estar disponible a la palabra-voz que viene del otro, del ajeno, con la intención de responder hablando. Por lo tanto, estos lugares de hablante y escuchante no son innatos, sino que se construyen en el vínculo temprano y libidinal con un Otro significativo en el contexto de la crianza.
Los Meninos comparten un idioma que solo ellos conocen y que es muy complicado.
Las personas intentan aprenderlo pero les resulta difícil. No les sale por más que lo intenten. En un momento el pequeño se cansa y comienza a aprender la lengua que hablan en su casa: alemán, portugués, chino, español…
El Menino. Isol
Es con un Otro significativo –encarnado en quien ejerce las funciones de crianza– que un niño se apropia de la lengua materna y hace uso de ella al hablar, dentro de un espacio y de una situación dialógica, que es el fundamento del lenguaje.
Desde tiempos fundantes, en una relación asimétrica y libidinal sujeta a contingencias y azares con su Otro significativo, y en una situación de diálogo, el niño va incorporando y apropiándose de la lengua que lo preexiste y que le es donada. Esto no sucede de manera aislada, sino que se entrama con las características del contexto en el cual el niño está inserto, que incluye las vicisitudes de época.
En esta travesía, a la par que va construyendo su subjetividad, va conquistando los lugares constitutivos del lenguaje: lugar de escuchante y lugar de hablante. Los irá ocupando con enunciados que poco a poco lo comprometen en su decir. Primero serán sílabas, luego palabras, y por último frases para construir discurso. En este proceso, paulatinamente, empieza a nombrarse como Yo, y se dirige a un Tú –otro diferente–. Como dice Cabrejo Parra: “el yo habla para hacerse existir y poner al otro como existente, el tú se transforma en yo cuando toma la palabra para jugar el mismo juego. Y sin darnos cuenta pasamos nuestra vida jugando de esta manera con las palabras. El encuentro de palabras es el juego más sofisticado de la psique humana” (Cabrejo Parra, 2020, p 81).
Para llegar hasta acá se necesita que en un tiempo anterior el niño se encuentre con un Otro que, desde la ternura parental (Ulloa, 1995), garantice el suministro necesario mediante sus actos de crianza. Esto se da a través de la empatía y del miramiento: lo cuida, lo alimenta, lo baña, lo hace dormir, lo cambia, lo mira, lo acaricia, lo escucha, le habla, lo arrulla, le canta, lo juega, y mientras tanto lo mira (miramiento) con amoroso interés, reconociéndolo como sujeto ajeno y diferente de sí, pero a su vez como miembro de una familia que lo precede y lo inscribe en un linaje familiar.
Entonces, a través de la empatía y el miramiento, el Otro primordial lo reconoce como sujeto escuchante-hablante y le dona palabras no anónimas, escucha, espera… De este modo, los lugares de escuchante y hablante comienzan a fundarse muy tempranamente cuando, desde la empatía, el Otro significativo escucha como un mensaje, un “decir a él” las primeras sonoridades del bebé –ruidos, gritos, llantos–; esto comprende también los movimientos, el tono muscular, etc. (“me llora a mí, me pide a mí”). Es así como el Otro interpreta este mensaje, y responde con acciones acompañadas de mirada, caricias y palabras, suponiendo que escucha, comprende y entiende. Por consiguiente, le atribuye al bebé, aunque no hable, un habla y una escucha. Entonces le habla y espera, para luego volver a hablar. En esta espera deja un espacio de silencio, una pausa que habilite una eventual respuesta del niño. Esta espera se da porque desde el miramiento lo reconoce como separado y diferente de sí, tejiendo, de este modo, la esperanza de lo que acontecerá en un tiempo posterior: el hablar del niño. Este diálogo alterna con momentos de no diálogo, se pausa temporalmente cuando la madre necesita poner atención en otras tareas. “La palabra materna es ofrecida al bebé, lo envuelve y lo invoca en tanto sujeto, le atribuye algo que aún no está: la comprensión, la respuesta. Lo invita a participar de un diálogo, con el cuerpo, con la mirada, con la voz: espera algo de él” (Maidagan, C., 2020, p 85).
El modo en que inicialmente la madre –o quien ejerce la función– se dirige al bebé al hablar, es compartido por diferentes culturas. Se caracteriza por frases cortas, sintaxis simple, pronunciación lentificada, ausencia de tonos graves, predominancia de los agudos, pausas entre frases, e introducción de silencios entre los cuales la comunicación se sostiene en el rostro sonriente. Con su palabra lo acaricia verbalmente a través de su voz, una voz que lo invoca, lo cautiva, lo envuelve, y resuena en la capacidad de oír del niño. Es así como la madre inviste el agujero del oído, le proporciona placer. “El niño es sensible a la música afectiva de la palabra materna […] él debe sentirse sostenido por el contexto y la voz de su madre, y pensar constantemente que únicamente él es objeto de esa ternura y esa atención” (Le Breton, 2021, p 66). Así el oír deviene escuchar y provoca paulatinamente respuestas (miradas, gestos, sonoridades) que se irán cargando de formas y sentidos de la lengua en uso.
En esta relación vincular, el Otro lo introduce en el diálogo. Al principio es un diálogo imaginario (Stern, 1983), y devendrá situación dialógica entre dos escuchas-hablantes. Se denomina diálogo imaginario, ya que es quien ejerce la función materna quien habla, deja un espacio en silencio para una eventual respuesta del bebé, para luego volver a hablar. Este Otro monta una ilusión anticipatoria al atribuirle al bebé una condición no adquirida aún pero potencial, de auténtico sujeto hablante. Este es el preludio del diálogo que se caracteriza por una escena entre dos sujetos con lugares, turnos, espera: la alternancia entre uno que habla y otro que escucha y calla. En el “entre”, la espera necesaria. Esta conquista requiere haber pasado de la fusión con su Otro a la separación-individuación que le permite al niño saberse separado.
Hablar, entonces, no es repetir, no es solo tener un repertorio de palabras, un vocabulario, sino más bien tener algo para compartir a un otro que tenga el deseo de ser escuchado, implica buscar y obtener una respuesta de aquel a quien nos dirigimos. Por lo tanto, hablar es entrar en el diálogo. Asimismo, escuchar no es oír, sino estar disponible a la palabra-voz que viene del otro, del ajeno, con la intención de responder hablando. Por lo tanto, estos lugares de hablante y escuchante no son innatos, sino que se construyen en el vínculo temprano y libidinal con un Otro significativo en el contexto de la crianza.
Infancia, lenguaje, crianza y contexto
¿Qué significa criar? Criar es cuidar amorosamente, acompañar y crear en vínculo las distintas escenas de la vida cotidiana (baño, sueño, alimentación, etc.). Es poner límites, legalidades, prohibiciones. Es ofrecer y donar presencia, disponibilidad, tiempo, palabra, escucha, juego, cuerpo. La crianza está marcada por las condiciones subjetivas, históricas y epocales de cada grupo humano y de sus condiciones de vida (Untoiglich, 2025).
¿Cómo pensar la incidencia de los atravesamientos de la época y el contexto sobre las funciones de crianza? ¿Cómo influye el neoliberalismo en la subjetividad de nuestra época? ¿Cómo pensar la construcción del lenguaje cuando las funciones de crianza se ven obstaculizadas?
El momento epocal actual, en nuestro país, está caracterizado por el individualismo, agresividad, aceleración naturalizada de nuestras vidas, las lógicas de consumo, la pobreza, la desigualdad, la falta de empleo o el pluriempleo, la ruptura de lazos soro-fraternos y la caída del compromiso con los otros. Sin embargo, se sabe que desde el nacimiento, la función de quienes reciben al bebé es incluirlo en lo social, adoptarlo como miembro de la especie en general y de ese grupo familiar en particular. Los niños, a lo largo de la crianza, necesitan adultos en disponibilidad, tiempo de otros que amparen y acompañen. Entonces, dada la necesidad estructural de los otros en la construcción de la subjetividad, la impronta de las características de la época no podría ser sin consecuencias en la estructuración de las subjetividades emergentes. Además, se atraviesa un momento signado por la circulación de información rápida, inmediata y accesible, sobre absolutamente todo. Esta hiperconectividad a la información cobra relevancia, en detrimento de los saberes respecto de la crianza que se transmiten de generación en generación. De este modo, el saber anónimo que proviene, sobre todo, de redes sociales e internet, cobra más valor que el saber transgeneracional.
En este contexto, ¿qué pasa hoy con quiénes ejercen las funciones de crianza? Si se necesita de una red para criar un hijo, ¿cómo hacerlo cuando hoy una de las características que vemos es la disolución de la tribu y la rotura de la red que sostiene y aloja? ¿Cómo criar en soledad? ¿Hay tiempos para armar hábitos, rutinas? ¿Hay tiempos para jugar, dialogar, corporizar?
En este contexto de angustia, depresión, estrés, cansancio, saturación, miedo a lo por venir, ¿cómo ofrecer el baño de lengua libidinizada –maternes– para que el niño la aprehenda y haga suya? ¿Cómo donar escucha, establecer una espera y devolver palabra? ¿Cómo propiciar el diálogo como promotor de la construcción del lenguaje? ¿Cómo demandar la aventura hablada? ¿Cómo propiciar la conquista del lugar de escuchante-hablante? ¿Cómo donar presencia, relatos, cuentos, arrullos, canciones de nuestras infancias y no pantallas que los capturan, aíslan, “hipnotizan”, “autistizan”?
Conocemos, además, que el tiempo que un niño está expuesto a pantallas es tiempo de no juego, de reducción del intercambio con objetos a los cuales puede tomar, explorar y llenar de contenido simbólico. Debemos reflexionar acerca del lugar que ocupan las tecnologías en nuestras vidas. Se observa que los dispositivos digitales se utilizan para suplantar funciones de los adultos en la crianza. Por un lado, para entretener en tiempos donde no se puede porque se está cansado, agobiado, con ocupaciones y preocupaciones de la vida diaria. En otras ocasiones, para calmar rápidamente, sin esfuerzo, en lugar de hablar con el niño como modo de establecer la comunicación necesaria. De este modo, se suplanta la pregunta ante el llanto o berrinche (¿qué te pasa? ¿qué necesitás?) por la pantalla que silencia el llanto o la protesta.
Palabras finales
Hasta aquí se intentó reflexionar acerca de la primera infancia como tiempo de transformaciones sucesivas que constituyen un proceso singular de incorporación de la lengua materna y construcción del lenguaje, de conquista del lugar de escuchante-hablante, del armado de los cimientos del aparato psíquico, del devenir sujeto histórico y cultural. Este advenimiento no se produce naturalmente. Es necesario el encuentro del niño con Otro que, en el acto de la crianza, lo ampare, y desde la ternura parental ofrezca empatía (cuidados amorosos) y miramiento (mirada, escucha y habla como otro diferente). Esta relación está enmarcada en el contexto y en la época.
Siguiendo este concepto no podemos dejar de pensar en cómo la actualidad, que nos atraviesa en un contexto de crueldad, deja marcas en los adultos cuidadores y en los niños en pleno desarrollo. Si no hay quien ampare y aloje a quienes cuidan, ¿qué marcas quedan en los niños que dependen absolutamente de ellos? ¿Cómo tejer lazos que amparen, cobijen, cuiden y den refugio? ¿Cómo armar redes?
Frente a tanta crueldad y desamparo por parte del Estado, de las propuestas neoliberales, de las lógicas capitalistas y del consumo, la ternura, la red, la comunidad, el encuentro, se tornan revolucionarios. Los terapeutas podemos ser sostén, apoyo, amparo para que quienes ejercen las tareas de crianza puedan cuidar a los más pequeños.
Bibliografía
Cabrejo Parra, E. (2020). Lengua oral: destino individual y social de las niñas y los niños. Fondo de Cultura Económica.
Maidagán, C. (2020). Estimulación Temprana. Una apuesta con los padres. Laborde.
Le Breton, D. (2021). Estallidos de la voz. Una antropología de las voces. Topía.
Untoiglich, G. y col. (2025). Territorios de infancias. Apapachando(nos) en comunidad. Ediciones Navarra.
Ulloa, L (1995). Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica. Paidós.
Lic. en Fonoaudiología por la UNR. Terapeuta del lenguaje especializada en Primera infancia. Docente de grado y posgrado. Co-Directora del espacio terapéutico y de formación en Comunicación y Lenguaje “Casa de palabras Rosario”.
Autora del libro “Clínica de los obstáculos en la comunicación y el lenguaje en la primera infancia. Una perspectiva subjetivante. La ternura como camino posible”, Laborde Editorial, 2024.
Co-autora del libro “Desarrollo infantil temprano. Cuando todo está en juego”, Editorial Entreideas, 2024.
Participación en Congresos como panelista en el campo de las problemáticas del desarrollo infantil temprano.









