Infancias y adolescencias: tesoro de lo humano Una apuesta ética por el cuidado colectivo.
Pasó el XI Encuentro Nacional del Forum Infancias Red Nacional. ¡Cuántas emociones, cuánta producción colectiva!
Fueron tres días profundamente conmovedores. Tiempo de encuentro, de escucha, de intercambio y de pensamiento compartido, pero también tiempo para mirar de frente el momento y contexto que estamos atravesando y a preguntarnos, una vez más, cómo cuidar hoy a nuestras infancias y adolescencias.
El título de este XI Encuentro Nacional de Forum Infancias —“Infancias y adolescencias: tesoro de lo humano”— fue para nosotrxs mucho más que una consigna. Fue una toma de posición. Una manera de afirmar que cada niño, cada niña y cada adolescente constituye algo valioso, único e irrepetible; que allí donde hay una infancia hay algo de lo humano que merece ser cuidado, alojado y defendido.
Y esta afirmación fue adquiriendo mucha fuerza a lo largo de las distintas actividades desarrolladas, a pesar de saber que estamos inmersxs en tiempos atravesados por la crueldad, por el individualismo, por diferentes formas de violencia y por procesos de un arrasamiento constante de los lazos sociales.
Porque cuidar las infancias también es preguntarnos qué mundo estamos construyendo para ellas.
En las jornadas se coincidió en la vivencia de estar en un momento en los que muchas veces se naturaliza el sufrimiento, se individualizan problemas que son sociales y se responsabiliza a las personas por situaciones que requieren respuestas colectivas. Tiempos en los que aquello que debería ser una preocupación de todxs puede quedar depositado en una familia, en una escuela o en un profesional.
Frente a esto, sotuvimos y sostenemos que hablar de infancias como “tesoro de lo humano” es asumir un posicionamiento ético. Es decidir que no queremos acostumbrarnos al sufrimiento. Que no queremos naturalizar la violencia. Que no queremos aceptar como inevitable que algunos niñxs tengan menos oportunidades que otrxs. Que no queremos que la pobreza, la exclusión, la discriminación, la falta de acceso a la salud o a la educación se transformen en destinos.
Frente a la crueldad, cuidar, alojar, sostener.
La crueldad aparece cuando dejamos de mirar al otrx como semejante. Cuando una persona queda reducida a un número, a una estadística, a una etiqueta o a un diagnóstico. Por eso, defender las infancias es también defender la capacidad de mirar al otrx como sujeto.
Un niñx no es un diagnóstico. Una adolescente no es un problema. Una conducta no define una identidad. Y una dificultad presente no puede convertirse en una sentencia sobre el futuro.
Desde la clínica, desde la educación, desde la justicia y las ciencias sociales compartimos que cada sujeto está atravesado por una historia, por vínculos, por condiciones sociales y culturales, pero también por posibilidades que todavía no conocemos.
A lo largo de las distintas propuestas resonó la importancia de fomentar escuchas atentas y disponibles, y miradas capaces de encontrar aun en medio del sufrimiento, la potencia de lo que todavía puede llegar a ser.
Encontrándonos desde diversas disciplinas transitamos diferentes territorios: la clínica, la educación, los vínculos digitalizados, el género y la diversidad, y las políticas públicas.
Y aunque cada campo tiene sus propias preguntas, todas parecieron conducirnos hacia una misma necesidad: no podemos afrontar la complejidad de las infancias y adolescencias desde respuestas individuales y fragmentadas.
Necesitamos construir redes y salidas colectivas Y seguir sosteniéndonos como esa Red Federal que formamos entre todxs.
Porque ninguna familia debería quedar sola frente a una situación de sufrimiento. Ningún docente debería tener que resolver en soledad aquello que excede las posibilidades de la escuela. Ningún profesional debería trabajar sin equipos, sin recursos y sin espacios donde pensar con otrxs.
Necesitamos instituciones que puedan alojar. Necesitamos comunidades que puedan sostener. Necesitamos políticas públicas que garanticen derechos.
Y aquí aparece una preocupación que no podemos eludir: cuando las políticas públicas se debilitan o están ausentes, las desigualdades se profundizan y las redes de cuidado se vuelven cada vez más frágiles.
No alcanza con decir que los niñxs tienen derechos si no construimos las condiciones concretas para que esos derechos puedan ejercerse.
El derecho a la salud necesita servicios accesibles. El derecho a la educación necesita escuelas sostenidas. El derecho a ser cuidado necesita adultxs y comunidades con recursos para cuidar. El derecho a jugar, a crear y a proyectarse necesita tiempo, espacios y oportunidades.
Por eso, defender las infancias también implica defender lo público como espacio de construcción de igualdad y de cuidado colectivo.
Nos quedamos con una imagen que, de alguna manera, atraviesa todo lo vivido estos días: la importancia de tejer redes de sostén, en los distintos lugares y/o funciones en los que estemos interviniendo con niños, niñas y adolescentes.
Una red está hecha de muchos hilos. Cada hilo es diferente, pero ninguno alcanza por sí solo.
Necesitamos pensar hoy el trabajo con las infancias como una trama donde puedan encontrarse las familias, las escuelas, los equipos de salud, los profesionales, las instituciones, las organizaciones comunitarias y las políticas públicas.
Una trama que no pretende que nadie pueda con todo. Al contrario: que nos recuerde que no tenemos que poder solos.
Una red no impide que alguien atraviese una dificultad, pero permite que, cuando esa dificultad aparece, no tenga que atravesarla en soledad.
En el encuentro también tuvimos espacio para hacer del arte un lugar para crear y para jugar(nos), para reírnos y para recuperar lo que de infancia aún conservamos, ¡por suerte!
Las conversaciones sobre educación, tecnología, género y diversidad también nos recordaron que cuidar no significa moldear.
Cuidar es ofrecer condiciones para que cada sujeto pueda desplegar su singularidad.
Que un niño pueda jugar sin que ese juego quede encerrado en mandatos.
Que una niña pueda imaginar un futuro sin límites impuestos por su género.
Que un adolescente pueda preguntarse quién quiere ser sin quedar atrapado en respuestas apresuradas. Que puedan habitar los mundos digitales con acompañamiento, pensamiento crítico y autonomía. Que puedan aprender de diferentes maneras y a diferentes tiempos. Que favorezcamos la transmisión a las nuevas generaciones de estudiantes universitarios la importancia de involucrarse y comprometerse con los territorios que lxs rodean.
En varias mesas resonó la importancia de encontrar “oportunidades”, vinculada a otra palabra que necesitamos recuperar con fuerza: la esperanza.
Así el título del encuentro fue adquiriendo sentido en las distintas actividades que pasaron por el encuentro: las disertaciones, los talleres, los intercambios de pasillo, la conversación entre “libros”, los espacios de recreos, los juegos, los cantos: Infancias y adolescencias: tesoro de lo humano.
Un tesoro no se abandona. Un tesoro no se descarta cuando presenta dificultades. Un tesoro se cuida. Se protege. Se acompaña. Se hace crecer.
Y quizás nuestra responsabilidad como adultxs sea justamente esa: crear las condiciones para que aquello que cada niño y cada adolescente trae como potencia pueda desplegarse.
En tiempos de crueldad, nuestro posicionamiento ético puede ser el cuidado.
Frente al arrasamiento, la construcción de lazos.
Frente a la violencia, la palabra.
Frente al aislamiento, la red.
Frente a las etiquetas, la singularidad.
Frente a la desesperanza, la posibilidad.
Y frente a la ausencia o fragilidad de políticas públicas, la insistencia en que los derechos de las infancias no pueden depender de la buena voluntad individual.
Necesitamos políticas, instituciones y comunidades que sostengan.
Necesitamos volver a construir aquello que nos permita decir que cuidar a las infancias es una responsabilidad colectiva.
Porque cuando cuidamos a un niño, no estamos cuidando solamente su presente.
Estamos cuidando el futuro de todos.
Por eso, quizás una de las mayores resonancias que nos deja este encuentro sea que no estamos solos y que no tenemos que poder solos.
Que necesitamos seguir encontrándonos. Pensando. Preguntando. Militando. Tejiendo redes y defendiendo derechos.
Porque defender las infancias y adolescencias es, en definitiva, defender aquello más profundamente humano que todavía podemos construir entre todos.
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